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Por: Luis Jochamowitz | Comentarios en privado de una persona con excelentes modales.

Borges en el Perú

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges del brazo del rector Mario Samamé Boggio.

Cuando Borges quería ser amable con algún peruano le mencionaba un juego de platería colonial que tenía en casa. Esa herencia familiar le permitía hablar del Perú que más le interesaba, el de su bisabuelo el coronel Manuel Isidoro Suárez y la famosa carga de caballería en Junín. En cambio, confesó que se había aburrido en Machu Picchu, aunque le dedicó una línea en un poema (“una vasta reliquia de piedra en la montaña”). Otros Perú no le atraían y hasta le disgustaban, como sucedía con la mayoría de las repúblicas sudamericanas. En privado, en sus tiempos de mayor malignidad verbal, entre los años 50 y 60, Borges tenía opiniones devastadoras después de sus viajes por la región. Al Perú viajó tres veces, en 1963, 1965 y en 1978, cuando la marea de admiración universal ya se había vertido sobre su abrumada figura y resultaba imposible ser tan mal hablado como antes. En cambio, escribió un poema titulado “El Perú”.

Una década antes, después de un viaje al Perú, le contó a su amigo Bioy Casares: “En Perú encontré gente antipática, muy convencida de que el Perú es un gran país, con una gran tradición y grandes novelas. La India debe ser otro país pretencioso, persuadido de su propia grandeza”. *

Sus relaciones con la literatura peruana fueron prácticamente inexistentes, en su obra solo figuran citados dos poetas peruanos, Eguren, que le gustaba, y José Santos Chocano, citado de Vargas Vila, como objeto de “la injuria más espléndida que conozco: ‘los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonre el patíbulo. Ahí está vivo fatigando la infamia’”. Por lo demás, consideraba “triste” que alguien se especialice en “literatura peruana, boliviana, paraguaya”.

Jorge Luis Borges en el Café de Los Huérfanos.

Jorge Luis Borges en el Café de Los Huérfanos durante su visita en 1965. Entre otros, Luis Jaime Cisneros, Juan Mejía Baca, Francisco Bendezú.

Esa falta de simpatía era en parte correspondida. A César Lévano, que trabajaba en Caretas, no le gustó un comentario sobre la utilidad del castellano que nos libraba de hablar en dialectos: “Yo en lunfardo y usted en quechua”. “Como si se pudiera comparar la jerigonza de los compadritos, con ese idioma en que se expresan seis millones de peruanos herederos de una antigua cultura viva”.

En realidad, en el mundo de sus lecturas y experiencias, el Perú casi no aparecía. En el colosal libro de Bioy Casares, repleto de escritores, apenas se mencionan tres peruanos, y solo dos son escritores. El primero es Alberto Hidalgo, que vivía en Buenos Aires y era un dilecto enemigo de Borges. El otro escritor es Ricardo Palma, citado en el argumento de un cuento que nunca se escribió, acerca de un autor disparatado que llega al clasicismo leyendo a Ricardo Palma, lo que sería algo así como tomar el camino más contrario posible. El tercer peruano es el insospechado ‘Negro Bomba’ (“un negro peruano”), que jamás escribió una línea pero que en boca de Borges adquiere efectos casi literarios, como el autor de un desastre, alguien que desata de una vaga tragedia en un estadio lejano.

* *“Borges”, Adolfo Bioy Casares, 2012, p 993. “Caretas, Ilustración Peruana”, edición 311, mayo de 1965.

 


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