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Por: Luis Jochamowitz |Saldos y retazos de una quincena de contrastes.

Las Debutantes y los Guerrilleros

Policía caídos en Púcuta

Largo cortejo en el entierro de los policías caídos en Púcuta.

Hay épocas que parecen más ingenuas que otras, como si ciertas señales que más tarde serán parte de la obvia realidad, no terminan de mostrarse y resultan invisibles para mucha gente. 1965 parece uno de esos años bisagra, entre lo viejo que se cae de decrépito, y lo nuevo tan inmaduro que nace abortado. Hacia mediados de ese año, en el curso de una quincena, unidad mínima de la historia, ocurren dos hechos sin conexión aparente.

Una noche de sábado en la Plaza San Martín, en una esquina frente al Club Nacional, comienza a formarse una multitud de curiosos. Arriban “las debutantes” a la fiesta largamente planeada de “presentación en sociedad”. Fiel a su divisa, el Club ha creído que nunca es tarde y ha organizado la primera “fiesta de debutantes” de su larga historia. Para eso ha conseguido la película de una fiesta de hace diez años realizada en España, han ensayado entradas y coreografías, y han enviado a la casa de cada una de las 72 debutantes, una “coronita”, que no será de diamantes pero que vale lo suyo.

Debutante ingresa al Club Nacional

Miradas hostiles, una “debutante” ingresa al Club Nacional antes del baile.

Llegan las chicas de quince años, vestidas y peinadas como señoras de la corte de Catalina, mientras frente a la puerta de Club Nacional crece la multitud que comienza a ser hostil. También llegan los universitarios de San Marcos, la juventud demócrata cristiana y belaundista, los pequineses, los moscovitas, hasta los muchachos de Liborio Estrada llegan. Cuando la música comienza a sonar ya hay grupos vociferantes y cartelones de protesta. El Club, fiel a otra de sus inveteradas costumbres, actúa como si nada ocurre. La orquesta interpreta el inmortal vals “Sobre las Olas”, del mexicano Juventino Rosas, en el preciso momento en que revienta un petardo que rompe los vidrios y descuadra dos ventanas de la fachada. La orquesta se detiene definitivamente.

Más tarde, bajo la luz alarmante de los patrulleros, el Presidente del Club, Felipe de Osma, declara a la prensa:

“Acá todo el mundo tiene trabajo, tiene qué comer, y quien no lo tiene es porque aborrece el trabajo. Las fiestas promueven el trabajo, son ingresos para las joyerías”.

Poco antes, a unos 500 kilómetros de distancia, un destacamento de la Policía cae en una emboscada de la guerrilla en la que mueren siete guardias civiles. Ocurrió en un lugar que desde ese día tiene nombre, Púcuta. El hecho revela definitivamente la existencia de columnas guerrilleras, hasta entonces consideradas “abigeos”.

Protestas frente el Club

Protestas frente a la puerta del Club.

En medio de un gran hermetismo, el Ejército inicia sus operaciones. En una reacción histérica, la coalición Apra-Uno en el Congreso, legisla la pena de muerte para quien se levante en armas. Surgen nombres que hasta entonces eran desconocidos para el gran público como Guillermo Lobatón, Máximo Velando, Luis de la Puente Uceda. En carta pública Hugo Neira, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro escriben: “aprobamos la lucha armada iniciada por el MIR”. En la prensa se habla de operaciones de cerco, bombardeos con napalm, lanzamientos de paracaidistas.

Poco después todo termina. Los focos guerrilleros son aplastados sistemáticamente. Luis de la Puente Uceda muere famélico y desgreñado, organizador y víctima de una guerrilla sin apoyo, sin logística, sin conocimiento del terreno. Como al Presidente del Club Nacional, aunque con más graves consecuencias, le falló el sentido de la realidad.

Caretas, Ilustración Peruana, edición 315, julio de 1965.

 


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