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Dueño de Nada “La gente de la ciudad daba por hecho que en cualquier momento habría de ocurrir un 11-S”.

Arde París y el Atentado del Remicade

Dueño de Nada - Canabis
Lima, 15 de noviembre de 2015

Nuestro verdadero pecado original es el engaño, el que nos inoculan nuestros padres y el cura sobre la pila bautismal. El filósofo francés André Glucksmann, quien murió hace dos semanas, lo escribió mejor que yo: “He dedicado mi larga vida como adulto… a combatir el optimismo beato de los dogmáticos, de los idealistas, de los ideólogos dichosos que confían en el progreso insoslayable de la Historia. He tratado de desbaratar la engañosa benevolencia de los estafadores que prometen el paraíso en la tierra como en el cielo, y nos llevan al infierno”. El pecado original es una creación religiosa. El otro lado de la moneda, el político, es aquel que nos sigue ofreciendo a cambio de algo –un voto, una adhesión– el acceso a un mundo perfecto, carente de conflictos, en el que reine la paz.

París, hace una semana. Debo señalar que en medio de la lectura del horror quizás lo que más me impresionó fue enterarme de que la gente que vive en la ciudad daba por hecho que en cualquier momento habría de ocurrir un 11 – S, como consecuencia de la intervención armada de Francia en Siria y las vísperas de la COP 21, una reunión de altísimo nivel en la que los personajes más relevantes de la arena política occidental se ofrecen como pavos en Navidad. Y me impactó tanto o más enterarme de que desde hace tres años, cuando revienta la “primavera árabe”, más de tres mil jóvenes de nacionalidad francesa habían viajado a Siria a enrolarse en el EI o en movimientos similares.

Esa normalización de la violencia extrema, que no tiene ejército sino solamente armas y un alma inquebrantable, eso es terrorismo. Y la Historia a la que alude Gluksmann está plagada de episodios de barbarie, aunque la palabra “episodio” en este caso esté mal empleada: se trata de un continuo de violencia generada en el afán de imponer un modelo de civilización sobre otro, algo que ya se aprecia como inherente a la condición humana. Un contínuo que nunca cesó de funcionar, como una correa de transmisión, como una cinta Moebius, como una macanche mordiéndose la cola.

Vuelvo a Glucksmann. Este filósofo, que pasó por todo en 78 años de vida, en su última obra (Voltaire contraataca), apunta que el pensamiento occidental ha llegado a un punto en el que cualquier acción, construcción mental o institución valen igual que sus contrarias, porque existe un miedo reverencial “a hablar mal del mal”. Discípulo de Foucault, Glucksmann ponía al frente de ese respeto al no juicio moral, la imposibilidad de que las personas seamos capaces de reunirnos en torno al bien. Porque es precisamente en nombre del bien que se cometen las peores atrocidades. El bien de las religiones, de los imperios, de la defensa de las civilizaciones, de la salud pública.

Hace unos días leía con un ojo una excelente nota sobre Glucksmann en El País, y con el otro, en un tabloide nacional la horrorosa noticia del medicamento Remicade. Para hacerla breve, se trata de un fármaco para combatir los estados avanzados de la artritis reumatoide. El laboratorio norteamericano Johnson and Johnson tiene la patente del Remicade, y gracias a ello cada ampolla cuesta alrededor de 2,400 soles. El MINSA compra el medicamento mediante licitación, y solo en el 2014 invirtió dieciséis millones de soles en adquirirlo para una demanda de unos trescientos mil pacientes.

Existen medicamentos biosimilares producidos en Corea, en Egipto, autorizados por la EMA (European Medicines Agency), que se expenderían a precios mucho más bajos de llegar a nuestro sistema de salud. Sin embargo, el laboratorio gringo, amparado en la ALAFARPE, que agrupa a las grandes farmacéuticas peruanas, bloqueó la posibilidad de que otras opciones entraran a la licitación del MINSA, para permitir que Johnson and Johnson fuera el único postor.

Alguien dijo que a estas alturas del partido ya no estamos combatiendo la ilegalidad sino, con las justas, administrando la anarquía en la familia, el barrio, la escuela, la oficina. Porque esa legalidad, por ejemplo, la de Johnson and Johnson, es tan letal para la humanidad como los aguerridos y fanáticos ataques suicidas de los jóvenes enrolados en el Estado Islámico. No nos hagamos ilusiones, el pecado original no lo borra un puño con agua bendita, porque desde un lado y su contrario, cualquiera daña a otro. (Escribe: Rafo León)

 


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