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Tauromaquia A sus cortos 18 años, Andrés Roca Rey se juega la vida en Las Ventas.

El Niño Bravo

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Andrés Roca Rey

El sopresivo puntazo le cortó la corbata al matador.

Un “diamante casi pulido”. Así está escrito en los diarios y portales, dice Jaime de Rivero, crítico taurino de CARETAS. “La prensa española ha sido unánime en reconocer su valiosa actuación, incluyendo a los opinólogos más ácidos y también los desquiciados”, amplía el conocedor. La gesta se vivió el 18 de mayo en Las Ventas, en Madrid, en la undécima de la Feria de San Isidro. Fueron seis novillos de Conde de Mayalde.

Aquella vez, a sus 18 años, Andrés Roca Rey volvió a jugarse la vida, coqueteando temerariamente con la muerte. Ya había hecho historia el pasado 19 de abril al ser el primer novilllero en abrir la Puerta Grande de Las Ventas en 4 años. En esa ocasión cortó una oreja y recibió tres puntazos. Supo erigirse como el primer peruano en 66 años en lograr tal hazaña. Esta vez, aunque no cortó trofeos, ni volvió a abrir la puerta de Las Ventas, el heroísmo fue acaso mayor. “Era una tarde muy importante para mí”, recuerda Andrés Roca Rey a la distancia. “Era Las Ventas: la plaza más importante del mundo. Tenía que pasar algo que la gente recuerde”. Y vaya que lo recordaron. “Se fue de vacío, pero su cotización ha crecido tanto como si hubiese cortado orejas”, precisa De Rivero. “Estuvo a merced de la tragedia, sobre todo en ese hachazo final del sexto, que felizmente terminó su ciego derrote cuando el pitón empezaba a tocar el cuello del torero”. A la distancia, Andrés recuerda el momento. “Sentía mucha responsabilidad mezclada con ganas y, a la misma vez, disfrutaba cada momento porque había soñado mucho con ese día desde que comencé a ser torero”, concluye. “Guardo mis sensaciones, esa sensación de tarde importante en la que tienes que tirar la moneda al aire y cuando llegas al hotel a quitarte el traje te sientes vaciado, aunque siempre queden cosas pendientes por hacer”.

Ahora la expectativa es grande. El próximo 4 de junio, en la Fiesta del Corpus Christi, Andrés toreará en la legendaria plaza de La Maestranza de Sevilla. La historia de este mozo se va escribiendo como la de los grandes.

Andrés toreó su primer becerro a los 7 años de edad. El ejemplar fue un regalo de cumpleaños, cortesía de Rafael Puga. Nada inusual considerando la legendaria estirpe torera de los Roca Rey. La leyenda se remonta a su bisabuelo, Bernardo Roca Rey García, quien, junto con su hermano Carlos, tuvo una pequeña ganadería de toros de lidia, “Chacrasana”, en Huachipa, Lima. Décadas después, su tío “Tuco” Roca Rey sería el torero “señorito” –novillero que viste de corto– que alternó plaza en Lima con el propio ‘Manolete’ y Miguel Espinosa ‘Armillita’, entre otras glorias. De la década de 1960 en adelante, los Roca Rey serían infaltables empresarios y grandes animadores de la fiesta brava de Acho.

Andrés es hijo de María Mercedes y Fernando Roca Rey. Además, es hermano menor de Fernando (29), también torero. Estudió en el Carmelitas hasta que decidió dejar el colegio en cuarto de media. Tuvo que completar sus estudios por exámenes a distancia del Liceo Naval. Estaba convencido: iba a ser torero. Fue entonces cuando viajó a España. Fue allí donde se entrena con José Antonio Campuzano en las afueras de Sevilla.

Campuzano lo había visto torear en México, en el festival de escuelas taurinas en Aguas Calientes. En ese entonces, Andrés solo tenía 10 años. Campuzano fue testigo de su triunfo en la categoría correspondiente. Luego, le ofrece a la familia encargarse de Andrés cuando este cumpla 16 años. Y así fue.

Imposible no comparar la historia de Andrés con la de Sebastián Castella, otra gloria del toreo apadrinado por Campuzano. Hoy, el maestro se ha convertido en el apoderado del peruano.

Algo diferencia y une a Andrés Roca Rey con la larga historia familiar. Andrés es el primero de la estirpe en torear en Las Ventas.

Su padre Fernando vio la dramática última corrida por televisión, desde Lima. La madre prefiere no verlas. Cuando el hijo recibió el puntazo en el cuello y cayó a la arena, el padre dejó escapar un grito de espanto. “Pensé lo peor”, confiesa.

“Se sufre mucho con un torero en la famlia”, admite el padre. “Con uno basta y sobra, y yo tengo dos”.

 


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