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Pérdidas 1930 - 2015

Manuel Acosta Ojeda

Manuel Acosta Ojeda
Escribió don Miguel de Unamuno que “no basta pensar, hay que sentir nuestro destino”. La vida de Manuel Acosta Ojeda es el testimonio de quien supo recoger esa invitación.

No se consideraba a sí mismo un poeta sino un “versificador”, y tampoco se pretendía un compositor, sino un “inventor de canciones”. ¿Quién fue entonces MAO? Contemplando su propia fotografía de los años finales, señalaba con ironía: “¡Carajo, parezco un perfecto Cromagnon!”

Sin más armas que la palabra, ni títulos académicos colgando de ninguna egolatría, fue un maestro que transmitió con rara generosidad entre los criollos, todo cuanto supo, sin reservas ni falsos secretos. En un país inoculado por mutuas desconfianzas entre cholos, zambos, blancos y amazónicos, MAO nos congregó a todos para entendernos en el diálogo de la música.

Mientras la canción criolla revivía calesitas en una Lima imaginaria de farolas y adoquines, MAO fue el canto rebelde de Unidad: “¿A quién defiendes, soldado, cuando disparas al pobre?/ ¿A nuestro Perú explotado o al dinero de tu sobre?” Y también los versos de amor: “Déjame reposar en tus orillas/ y descansar mi fe bajo tu sombra/ y besaré tu tierra de rodillas/ mientras mi voz, en su oración, te nombra”.

Escribió en CARETAS y otros medios decenas de artículos sobre el criollismo y la canción andina; fue conductor de radio en defensa de la canción popular por más de 40 años; organizó en SAYCOPE (**) a los compositores que no se alineaban con “la voz del amo”, como decía; encendió vivas polémicas, como cuando declaró que la canción criolla había muerto. Entonces todos protestaron, menos sus colegas que, como él, vivieron marginados por una industria discográfica proclive a la replana y el jaranón. “El hombre –decía– está hecho para conquistar la belleza. Yo soy un comunicador, no un divertidor”.

Viajó dos veces a Europa entre los 60 y 70. El famoso compositor Khachaturian lo tentó a quedarse a estudiar música en la URSS, cuando descubrió unas partituras que anunciaban la elevada condición musical de MAO; pero él declinó con tristeza porque no quería permanecer lejos de su terruño. Tocado por la nostalgia, escribió “Por las mañanas, despertaré las campanas/ y cuando duermas, tus duendes ahuyentaré/ Toda mi vida procuraré tu alegría/ por verte libre, tu muerte me beberé/ Patria mía, Chola Linda, nunca te abandonaré”. Y regresó.

Esperó con entera dignidad que el Estado le otorgue una pensión que lo ayude a afrontar sus crecientes necesidades de salud. La pensión nunca llegó y se convirtió, a su muerte, en arreglos de flores y cartas de pésame firmadas con trazos inútiles. Expresó su deseo de ser velado en la Casona de San Marcos, pues siempre mantuvo amistad con los jóvenes de esa universidad y sus intelectuales. El rector Cotillo se opuso, cuestionando los méritos académicos de MAO. Esa misma tarde, cuando quiso reparar la vergüenza de su estatura, ya Manuel era recibido entre aplausos, lágrimas y flores vivas en el Museo de la Nación por miles de amigos que llegaron de todo el país.

Aunque una antigua dolencia lo acechaba desde hacía años, en cada visita afirmaba, con fe conmovedora, que pronto estaría mejor para visitar a sus amigos de todos los confines. Quería vivir, y lo decía con la mirada enternecida del niño vivaz que nunca dejó de ser.
“Yo creo que algún día se morirá la muerte”, cantó. Canción de fe para un hombre irrepetible que ha partido. (Escribe: Marino Martínez Espinoza*)

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(*) Músico, investigador cultural y autor del libro Manuel Acosta Ojeda, Arte y sabiduría del criollismo, Ed. Escuela Nacional de Folklore J. M. Arguedas, Lima, 2008.

(**) Sociedad de Autores y Compositores del Perú.

 


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