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10/Jul/2014
 
 
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Alemania dio una lección a domicilio a la canarinha en un 7-1 que no olvidará. La final es una incógnita.

Paliza Mais Grande Do Mundo

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Brasil Mais Grande Do Mundo

Brasil abandonó a su arquero en un córner y dejó a Thomas Müller (24) marcar su décimo gol en mundiales.

"¿Dónde estabas el 8 de julio del 2014?”, será la nueva pregunta obligada entre los hinchas del fútbol. Quienes vivieron en tiempos del Maracanazo todavía recuerdan los detalles con claridad y sus memorias han recorrido generaciones. El nuevo Scratch volvía a casa dispuesto a exorcizarlas, pero acabaron engendrando una nueva tragedia nacional: el Mineirazo. En 1950, la camiseta cambió de blanco a amarillo por mucho menos.

Después de un inicio lleno de shocks, donde muchas certezas previas salieron volando por la ventana, la realidad pisó el freno. Luego de los sustos en octavos de final, los favoritos de las apuestas pensaron más en el resultado que en nuestro disfrute visual y –salvo Holanda– apostaron por la defensa después de un gol de vestuario. Pese al aburrimiento –los excesos previos tenían un precio–, el pragmatismo era comprensible: solo hay un mundial cada cuatro años y la oportunidad merece todos los cuidados.

El freno se soltó el martes en Belo Horizonte.

El 7-1 propinado por Alemania a los locales parece fuera de lógica, pero tiene todo el sentido del mundo y todo el sentido de esta Copa del Mundo en particular. Por caótico que haya parecido, Brasil 2014 ha expuesto diversas realidades del juego: que la brecha de talento entre ‘grandes’ y pretendientes se ha reducido, que no hay modelo futbolístico sin huecos ni depresiones, y que la convicción colectiva y la disciplina pueden hacer maravillas. Sin mucho talento ni creación futbolística, empujada apenas por Neymar y por su localía, Brasil había tentado a la suerte demasiadas veces. La realidad le respondió una patada en la cara.

SAMBA PA TI
Criticada universalmente por defensiva y pegalona, la selección brasileña podría haber sido todavía más defensiva en esta ocasión; por lo menos les habría ahorrado la vergüenza. El jogo bonito murió hace décadas y el rodillazo de Zúñiga acabó con el último remanente, pero un plan de juego limitado a anotar rápido y aferrarse al resultado era inédito y muy peligroso. El ímpetu inicial se encontró con una defensa de verdad. Al otro lado de la cancha, cinco camisetas amarillas se fueron con Klose en un tiro de esquina. Müller, solo, anotó el 1-0. La resistencia brasileña duró 10 minutos más.

En el ’23, Klose rompió el récord histórico en casa de Ronaldo y empezó la hemorragia. Tercer, cuarto y quinto gol llegaron inmediatamente y de jugadas muy parecidas: robo de Alemania en la salida, camote dentro del área y remate a la red. En menos de media hora, la alegría brasileña se transformó en llanto y la torcida empezó a abandonar el estadio. En medio del silencio amarillo, sonaron con fuerza los cánticos que se oirían, por ejemplo, en el Allianz Arena.

En adelante, Alemania se lo tomó como un entrenamiento. A la alemana, claro: salvo Neuer, todos quienes jugaron el partido completo corrieron más de 10.5 km (Schweinsteiger corrió casi 13 km); en conjunto, 11 km más que Brasil. Tocaron la pelota, guardaron a sus muchachos más frágiles, anotaron dos goles más y se distrajeron de vez en cuando, como en el descuento de Óscar.

Por eso el partido se resiste al análisis. Sabemos que Alemania está cosechando los frutos de un proceso de 10 años y que Löw tiene suficiente plantel para jugar a la Alemania antigua, a la del 2010 o la del nueve falso. Sus jugadores saben a lo que juegan, se comprenden muy bien en el campo y se adaptan a varios sistemas como lo haría un club que juega junto todo el año. ¿Pero interpretar el partido en función a la final? Imposible. Cada duelo táctico es una nueva historia.

¿A quién se encontrarán en el Maracaná? Cuando esta edición llegue a sus manos, Holanda o Argentina habrán pactado la cita. Los eternos subcampeones confían en Van Gaal –graduado en intimidación en el partido ante Costa Rica– para ordenar las piezas y anular a Messi+10. Robben y Van Persie tienen suficiente espacio para explotar en defensa; un poco menos ‘La Pulga’ del otro lado, pero hasta ahí llega nuestra clarividencia. Ver para creer. (Liliana Michelena)

Radiografía del Hincha


Encuestas premundialistas diagnostican epidemia sudamericana: la locura por el fútbol.

¿Qué no daría un peruano por ver a la selección en el Mundial? ¿Dejaría de usar su celular por un mes? ¿Ofrecería su sueldo? Esas son algunas de las medidas utilizadas por la encuesta de ING para encontrar a los hinchas más apasionados entre las selecciones presentes en Brasil 2014.

El reporte indica que chilenos y argentinos estarían dispuestos a sacrificar la mayor cantidad de dinero relativo a su PBI por ver a sus equipos campeones (€ 526 y € 429, respectivamente). Italia, un latino entre europeos, ocupa el primer lugar de su continente, con € 464 euros. Los tres países, junto con Rusia, también lideran la tabla en gasto en camisetas y demás adornos alusivos, y en voluntad para dejar sus celulares por un mes si el gesto ayudara a sus equipos a ganar el mundial.

LA DOCE
Además del sacrificio hipotético, es la entrega a la experiencia del fútbol lo que define a un hincha de verdad. Procter & Gamble intentó precisar lo que sería un “fanático ferviente” a través de una encuesta a 1,500 hombres y mujeres de Brasil, Argentina, México, Chile y Colombia.

Si se tratara de ir al estadio, brasileños, colombianos y mexicanos ganan el premio al más hincha. Pero aún cuando no alcanza para ver a la selección in situ, los hinchas latinoamericanos tienen rituales alrededor del partido: reciben en casa a sus amigos, preparan una comida especial y se reúnen a gritarle a la tele. Según el informe, 6 de cada 10 no aguanta la emoción y se va de boca (7 de cada 10 en Chile y Argentina).

La pasión por la selección altera hasta los hábitos de limpieza. Si bien 8 de cada 10 latinos lavan la camiseta después de cada partido, una porción significativa de argentinos y chilenos lo hacen solo al final de una serie de partidos. Quizá esa sea la explicación para que 2 de cada 10 haya encontrado el amor viendo fútbol: feromonas.

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