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Internacional Llegada al trono de Felipe VI será el advenimiento de la décima generación de la dinastía francesa de Borbón. Un reto real.

Tradición y Transición

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Familia Real- Felipe VI

Felipe V.- Duque de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, fue rey de España entre 1700 hasta 1746. Fue el primer rey de la Casa Borbón.

Es un hecho casi absolutamente seguro que el Senado español dará en los próximos días su aprobación al proyecto de ley orgánica formulado originalmente por la Presidencia del Gobierno, que hace efectiva la abdicación al trono del Rey don Juan Carlos I de Borbón. El pasado lunes 2 de junio, en un mensaje leído con emotividad ante las cámaras de televisión, el monarca comunicaba su voluntad de poner fin a su reinado de casi 39 años, al que calificaba como “un largo período de paz, libertad, estabilidad y progreso”.

Pero, ¿se puede aceptar sin mayor problema tal calificación? A decir verdad, los primeros tiempos de este reinado, cuando el país salía de la prolongada dictadura de Franco, estuvieron signados por la incertidumbre y las dificultades. En los años de la llamada transición española se dio primero el referéndum para la reforma política (1976), que supuso la liquidación del régimen franquista, se legalizó al Partido Comunista y se estableció un modelo de concertación a través de los Pactos de la Moncloa (1977), que sellaron acuerdos sobre los programas de saneamiento y reforma de la economía y de actuación jurídica y política. Y por encima de todo, se logró la aprobación de la actual Constitución española (1978), que establece un marco de libertades, perfectamente equiparable a las democracias occidentales.

En febrero de 1981, don Juan Carlos consolidó de manera vigorosa y notable su rol de Jefe del Estado, enfrentándose a un infame golpe militar. Así quedó a salvo la frágil democracia española e inició su andadura, bajo la forma de monarquía parlamentaria, un período de más de treinta años de estabilidad política. No fue de poca importancia el triunfo logrado por el PSOE en las elecciones generales de 1982, con mayoría absoluta, que dejó el gobierno en manos de Felipe González y dio paso a la plena integración de España en la Comunidad Europea.

Sin embargo, una profunda crisis económica ha atacado a esta nación en los últimos años, dejando serias cicatrices en el tejido social y abriendo la posibilidad de “hacer un balance autocrítico de nuestros errores y de nuestras limitaciones como sociedad”, según manifestaba el propio rey en su mensaje de despedida. Ello ha venido acompañado de una mella en la imagen de la Casa Real, a causa de denuncias sobre malos manejos financieros y muestras de derroche inútiles y repulsivas hacia la ecología (como la cacería de elefantes emprendida por el soberano en África).

Mi buen amigo Alberto Rivera, editorialista del diario El Tiempo de Piura, ha señalado con acierto que el desenlace no podía ser otro. Juan Carlos I ha tenido que abdicar para “salvarse” a sí mismo, y a la vez preservar la imagen y la estabilidad de la institución monárquica. Ha sido providencial ceder el paso a una generación más joven, la del príncipe Felipe, que deberá emprender las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y afrontar con intensidad y dedicación los desafíos del mañana.

El heredero de la corona posee aparentemente la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesarios para asumir la jefatura del Estado en este momento crucial de la historia española. Su llegada al trono significará el advenimiento de la décima generación de la dinastía francesa de Borbón, aquella que llegó a la Península en 1700 y tuvo como primer representante a Felipe V, duque de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Para garantizar la continuidad del régimen monárquico, será prioritario que el nuevo soberano tome acciones que “sean prudentes, firmes, austeras y transparentes”.

En verdad, el acto de renunciar al trono no tiene nada de extraordinario en la prolongada trayectoria de la monarquía hispánica, ni tampoco de otras casas soberanas en Europa. Más exenta de la regla fue la decisión que asumió en febrero del año pasado el papa Benedicto XVI, renunciando al ministerio de obispo de Roma, en virtud de la acusada disminución de su vigor, “tanto del cuerpo como del espíritu”.

Nos hallamos, en definitiva, ante un proceso de transición marcado por la voluntad de asegurar la continuidad de un viejo régimen político, que hunde sus raíces en la teocracia más fanática y el despotismo propio del mundo feudal. Hoy en día la monarquía ha tratado de aggiornarse, de remozar su apariencia permitiendo la incorporación de nuevos cuadros sociales y tomando la forma de una casta eficiente y funcional, lo que haría en cierto modo descaminado el planteamiento de una disyuntiva (referéndum) entre monarquía o república. Tal vez el secreto se encuentre en una feliz declaración que el rey Felipe VI de Borbón hizo el 2003, en la entrega de los premios Príncipe de Asturias: “La monarquía no puede justificarse por lo que era en el pasado, sino por lo que hace en el presente”. (Escribe: Teodoro Hampe Martínez *)

(*) Historiador

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