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Deportes Roberto Carcelén vuelve a los Juegos Olímpicos de Invierno, con nuevos objetivos y nuevos riesgos: ¿quién está seguro en Rusia?

De Sacsayhuamán a Sochi

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Sochi

El Estadio Olímpico de Fisht recibirá las ceremonias de apertura (07/02) y clausura (23/02), y será sede del mundial Rusia 2018.

¿Qué pasa por la cabeza de un atleta en 15 kilómetros de esquí de fondo? “Pienso en cosas que anulan la sensación de estar trabajando muy fuerte: en cosas que haré después, en la ceremonia de clausura, en las entrevistas”, cuenta Roberto Carcelén (43), representante peruano en los Juegos Olímpicos de Invierno. Hay suficiente tiempo para pensar en media hora de travesía por la nieve. En el caso de Roberto, el camino hacia la meta se hace corto en comparación al que antecedió su llegada al deporte.

Hace 15 años, Roberto tenía una empresa de impresión, corría olas por diversión y se preparaba para correr maratones en Estados Unidos. Fue en ese ir y venir que conoció a su esposa, Kate, y decidió mudarse con ella a Seattle. Pasó un tiempo estudiando software management, entrenó dos meses en el Cusco, abrió una empresa de turismo deportivo por los caminos incas, pero siempre se resistió al frío de los deportes de invierno –solo había visto nieve en Ticlio–, hasta que, en el 2006, su esposa lo convenció de ir a esquiar. Pocos días después, Roberto compró todo el equipo necesario y se puso a entrenar.

“Tres semanas después empecé a ir a un ritmo muy rápido. Entré a mi primera competencia y quedé cuarto”, cuenta. El sueño olímpico nació cuando unos amigos le preguntaron por qué no fue a Torino 2006. Tres años después, clasificó a Vancouver 2010. Fue el primer peruano en unos Juegos Olímpicos de Invierno.

ÚLTIMA CURVA

Roberto se ríe cuando le comentan que su pico de rendimiento atlético ya había pasado cuando decidió ir a Vancouver. “¡Hacía rato! Pero todo fue mental, y me sentía fuerte física y anímicamente para empezar de cero a los 36”.

Con la madurez deportiva de quien ya domina la técnica del esquí de fondo –esta vez le tomó solo seis meses clasificar– y menos presión que hace cuatro años, Roberto competirá en los 15 km estilo clásico, e intentará ubicarse entre el primer y segundo lugar a nivel latinoamericano. Después de Sochi, planea retirarse de la competencia, terminar su autobiografía y dedicarse a la promoción del deporte de invierno, con un proyecto a mediano plazo apoyado por ADO y el Comité Olímpico Peruano (COP).

ENCIERRO EN SOCHI

A diferencia de lo que ocurrió en Vancouver, Roberto aún no tiene idea de lo que encontrará en Rusia: ¿qué calidad de nieve se puede encontrar en un clima subtropical? ¿Cómo será el recorrido? ¿Qué tan protegidos estarán los atletas? Lo primero se responderá solo, cuando viaje de Innsbruck a Sochi el 3 de febrero. La seguridad probablemente siga siendo un misterio, por eso ha preferido que su esposa y su hija de seis años permanezcan en Seattle.

A pesar que las amenazas terroristas preolímpicas son comunes desde hace varias décadas, la ciudad de Sochi, a orillas del Mar Negro, parece estratégicamente posicionada en el centro del conflicto. Además de su cercanía a Osetia del Sur –con la guerra del 2008 aún fresca–, Sochi se encuentra a 500 kilómetros de la región separatista musulmana de Chechenia. A inicios de este mes, uno de sus rebeldes exhortó a atacar los Juegos Olímpicos, pero las fuerzas rusas aseguran que el terrorista ya fue eliminado.

El presidente Vladimir Putin, que se ha tomado los Juegos como un proyecto personal, ya dispuso la vigilancia de 100,000 agentes de seguridad –entre policías, militares y hasta patrullas de cosacos–, enorme despliegue para 6,000 atletas y unas decenas de miles de turistas. Estados Unidos ha emitido una alerta de viajes, está movilizando dos buques de guerra al Mar Negro y planea compartir su sistema de detección de bombas con el país organizador, oferta que Rusia todavía no ha aceptado. Fuera del deporte continúa la competencia. (Liliana Michelena)

 


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