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Testimonio Testimonio acerca de la existencia de un territorio humano que se hace común entre Chile, Perú y Bolivia.

Arica Altiplánica

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Arica

Autor de la nota ante la ariqueña iglesia de Parinacota. Construcción del siglo XVII, reconstruida en 1789.

Los sábados son iguales en todas partes del mundo, no importa que te encuentres en Tacna o en Arica: la gente se ve más relajada, va de compras, hace deporte. Aquella vez apenas llegué de Lima a Tacna corrí hacia el Teatro Municipal, un imponente edificio de piedra levantado en 1870, que está en pleno uso y no solamente su escenario. Permanentemente hay en sus distintos salones, talleres para niños y adultos, de marinera, de cajón, de oratoria, de títeres… Me habían dicho, “tienes que ver a los niños que vienen de Arica a aprender a bailar marinera”, y a eso fui. Integrados a una manchita de chicos y chicas de Tacna, “cabros chicos” y niñas chilenas se esforzaban en el cepillado, en la resbalosa, en el coger el pañuelo, sin importarle a nadie si la pareja que le había tocado para la clase era de por acá, o del otro lado de la frontera. Finalizada la clase, los padres chilenos recogían a sus niños y se iban a meter ciclópeas empanzadas de cebiche, de ají de gallina, de parihuelas y de arroz con mariscos y en sus caras se leía el “no me quiero ir de aquí”, que expele quien está ahíto y contento en un lugar que sin ser suyo, ya lo empieza a sentir como tal.

Se calcula que desde hace ya varios años no son menos de mil los chilenos que ingresan diariamente a Tacna, para pasar el tiempo disfrutando de la comida peruana, del pisco, de los postres. De paso, van al oculista, van al cirujano plástico, van al dentista. Dejan en promedio 24 millones de dólares mensuales en una ciudad apapachante como Tacna, donde no hay más esfuerzo estratégico por captar turismo chileno que la silvestre vocación por ofrecer cosas buenas. “Mire, yo en Chile tengo el oculista cubierto por el seguro, pero nunca me van a tratar con la simpatía y la delicadeza de los médicos privados peruanos”, me dijo una señora joven a punto de enrumbar hacia su casa en Arica.

Desde hace ocho años se desarrolla cruzando la frontera, un promisorio festival de cine llamado Arica Nativa, dedicado a promover la promoción y la producción de películas que tengan como tema central el campo, la alternativa al vacío urbano. Su lema es “feliz aquel que salió de las ciudades”. La idea es de un equipo liderado por Cristian Heinsen, un muchacho de ascendencia alemana, hiperactivo y muy inteligente, que ama su región, la Primera Región Arica Parinacota, que al decir de los propios ariqueños, siempre ha sido el patito feo para los gobiernos centrales chilenos. Y así, Heinsen y su gente le han dado la vuelta al hecho de que Arica sea una ciudad pequeña, dominada por un puerto en decadencia y una cordillera reseca, y está promoviendo el Altiplano chileno, un territorio agreste y salvaje en el que se despliegan lagos salados, el Parque Nacional Lauca, pueblos fantasmas, comunidades nativas aimara y 31 pequeños templos coloniales de valor extraordinario, de cuando la plata salía de Potosí hacia Arica y los puertos de Arequipa, gestando las mayores riquezas de todo el imperio español..

El festival de cine empezó chiquito, realizadores locales presentaban sus cortos pero siempre tenían un invitado destacado, chileno o extranjero. Poco a poco, Cristian y su equipo fueron agarrando pista y el año pasado se celebró la octava edición del evento, con una lista de poderosas películas en la nómina de concursantes, además de talleres de cine, mesas redondas y –algo que es un verdadero logro– proyecciones de filmes en las plazas de los pueblitos altiplánicos, donde se alojan los participantes y luego de las funciones al aire libre bajo uno de los cielos más bellos del planeta, se arman unas sonoras fiestas hasta el amanecer. Luego, otra vez en la ciudad, se realiza una gala para dar a conocer los filmes premiados y se concede además un reconocimiento llamado el Tropero del Año, a un personaje, chileno o no, que se haya distinguido por viajar para engrandecer territorios culturales y minar fronteras y muros mediante el contacto y el intercambio. El Tropero del Año de 2013 fue Pancho Lombardi. El de 2012, yo. Tengo en mi escritorio el trofeo, que replica en madera una geoglifo ubicado en un cerro en las estribaciones de la cordillera, el retrato del hombre que iba y venía con sus tropas de camélidos, comerciando y comunicando, en zonas muy altas de Chile, Perú y Bolivia cuando a nadie se le había ocurrido que los hitos fronterizos podrían ser el freno a los afanes de los militares territoriales del país de al lado.

Pero, ¿qué hacía yo ahí metido, tomando vino en el hermoso bar al aire libre, vecino al cine Colón, un cine inmenso como fue acá el Metro, y orgullo de los ariqueños porque siempre está activo? A través de World Monuments Fund, el año anterior se me invitó para realizar un par de programas de la serie Tiempo de Viaje en esa Arica que esta nueva generación de creadores está promoviendo: la de la cultura rural, el rescate de los pueblos y templos coloniales (a través de la Fundación Altiplano, que dirige Magdalena Pereira, bajo el concepto de la Ruta del Barroco), la belleza siempre estática del paisaje altiplánico, ya sea porque es un desierto brutal, o una cordillera exhausta que de pronto se abre con lagunas quedas cubiertas de parihuanas rosadas, cuerpos de agua que en sus orillas inmensas son aún salares. Hicimos entonces dos programas: uno sobre la propuesta de conservación y rescate que lleva a cabo la Fundación Altiplano, para la puesta en valor de las tierras altas y sus recursos para un turismo exquisito y aventurero, y el otro sobre el descubrimiento de este festival, que en Chile cada año suena más, en gran medida porque sus organizadores se ocupan de invitar a personajes chilenos públicos destacados y queridos, como Abdullah Ommidvar, creador del mayor archivo audiovisual que existe sobre el país; a la actriz Celine Reymond, que hace de animadora los tres días, a Camila Moreno, destacadísima cantante del género alternativo, respetada en Chile por gentes de “todos los códigos postales”.

Pues bien, grabamos para los dos programas, fuimos a la proyección en el apartado pueblo de Belén donde exhibimos algunos programas nuestros sobre turismo rural comunitario, que a los aimaras del pueblito les pusieron las pilas de inmediato. Los dos programas fueron muy exitosos acá, en el Perú, llamaron la atención por la apertura de Arica a Latinoamérica, en una visión que conjuga lo rural con la modernidad festivalera y el riguroso proyecto de conservación patrimonial, sin tener en cuenta pasos fronterizos ni cortes arbitrarios. El Altiplano es uno solo.

La sorpresa vino al año siguiente, cuando me escribe Christian invitándome esa vez como jurado del festival, además de pedirme que fuera de la muestra, proyecte en la gala final la edición de Tiempo de Viaje que habíamos realizado doce meses atrás, sobre el evento. Además, me nombraban Tropero del Año, con un afecto y un respeto que muy pocas veces he sentido acá, en la magra profecía de mi tierra. Recuerdo que la noche de la gala el Colón reventaba de gente. Ese año se había conseguido invocar a los mejores realizadores de cine del país del sur… y yo ante ellos, y más de un millar de personas, tenía que presentar mi programita de televisión. Pero nada, nunca hay que sacarle el poto a la jeringa. Yo, de pie en el podio, observaba durante la proyección los rostros de la gente, congelados de la emoción al ver que su iniciativa era interpretada a la vez igual y diferente a como ellos la estaban planteando, y que en esa dialéctica había una visión de buena vecindad. Al terminar los 24 minutos del programa se arrancó un aplauso sostenido que yo sentí, duraba siglos, con gente de pie, con los realizadores chilenos más reputados haciendo gestos de aliento y triunfo en distintos puntos de la platea.

Cuando terminó todo y yo regresaba a Tacna en el viejo ferrocarril, que aún funciona, no podía dejar de pensar en que ese altiplano que nos une a los tres países, al que cada uno aporta algo extraordinario (Perú, el Titicaca, Bolivia el salar de Uyuni, Chile la Ruta del Barroco), podría ser un imponente producto viajero/tropero de aventura culta, o de cultura aventurera, al mismo nivel que la Patagonia o el Mundo Maya. Estamos hoy más que nunca, de cara a esa oportunidad. (Escribe: Rafo León)

 


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