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Dueño de Nada “La selva tiene alma, no existe ningún elemento natural que carezca de energía espiritual…”.

Desmayo de Circunstancias Improbables Pero Reales

Rafo León - Canabis
SALVACIÓN, 12 DE DICIEMBRE DE 2014

La selva es la degeneración del espíritu humano en un desmayo de circunstancias improbables como reales”. Dura sentencia redactada a mediados del siglo XIX por el misionero capuchino Francisco de Vilanova, desde lo que vio. La Amazonía solo puede ser juzgada como lo que no es apelando a sus apariencias, por quienes no entendemos que en el caos hay un orden con cadenas de vida no atisbadas por los científicos y cosmólogos que quieren explicar el esquema cósmico. Que una mariposa se pose por horas en el ojo de un caimán porque así collpea, es decir, extrae de las lágrimas del saurio los elementos que requiere para equilibrar su alimentación, carente de minerales. Y que la caquita de la mariposa se relacione a través de una larva con la del pelejo, un animal inclasificable, lento como una beata que regresa de misa, y que solo baja del altísimo árbol una vez al día, para defecar, y luego sube de nuevo. Es que sus heces en tierra, juntas, componen un factor del que se prenderá otra especie para continuar la existencia de ese bosque, “…un desmayo de circunstancias improbables pero reales”.

La selva tiene alma, no existe ningún elemento natural que carezca de energía espiritual y es la norma que cada clan, familia o comunidad tome como tótem a una especie: la sachavaca, el mono, el loro, la guangana. No el jaguar, el coto mono ni las serpientes. Son animales crueles, que nunca antes fueron humanos. Los demás, en cambio sí lo fueron, de ahí la posibilidad de dialogar y llegar a acuerdos sobre cómo cazar, pescar, colectar, talar, por medio de manejo; es decir, sin afectar la sostenibilidad de la especie.

Esta visión animista que sostiene el hombre amazónico con su hábitat, no tiene nada del new age ni menos, de las emputecidas formas como se negocia hoy con los turistas a los que, en Cusco y en Pucallpa, se les lleva a tomar ayahuasca. El australiano Michael Taussig, que se sumergió en el piedemonte de Caquetá, en Colombia, para experimentar hasta el fondo el ayahuasca, concluye en que lo que hoy se ofrece a los jóvenes “inquietos existencialmente”, es una suerte de sesión de rave, tan desacralizada de su fondo ritual como lo está la vacua vida religiosa de Occidente...

Estoy trabajando en le selva sur del Perú; y estoy tratando con pueblos amazónicos como los harakmbut, los matziguenka y los yine. En una zona donde ocasionalmente, en las orillas del Alto Madre de Dios, aparecen “los calatos”, es decir, los indios que huyendo de los horrores del boom cauchero, se refugiaron voluntariamente en las cabeceras de los ríos. Ahora bajan, necesitan machetes, cambian cabezas de plátano por cítricos y luego se esfuman. Pero también se defienden. El arco y la flecha fueron creados para atravesar el corazón del invasor.

La etnia wachiperi, familia lingüística harakmbut, está situada en la selva cusqueña cerca del puerto de Salvación y cuyas comunidades Queros y Santa Rosa de Huacaria son ya casi un barrio de la dinámica ciudad de Pillcopata, donde abundan las tiendas de chucherías chinas, los restaurantes, los hoteles baratos para los turistas que entrarán al Manu, los sucuchos para recargar celulares. Los wachiperi no tienen tabú de casarse con persona de otra etnia, y como Pillcopata está llena de serranos que desde las sequías del 25 bajaron en masa a colonizar la selva, abundan los matrimonios mixtos, que en medio del amor, generan una amenaza: ¿qué pasará con esta lengua, wachiperi, hablada por no más de 390 personas, la mayoría en trance de partir a Cusco, o de alinearse a trabajar en los proyectos petroleros? La escuela de Qeros no da educación bilingüe, pero la señora Maruja y su amiga, ambas nativas, se las han arreglado para dictar al menos dos horas semanales de wachi a los chicos, por supuesto sin cobrar nada. Eso es algo que se agradece desde las cámaras inferiores del corazón. (Escribe: Rafo León)

 


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