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Crónicas Marcianas Por: RODOLFO HINOSTROZA

La Feria de Guadalajara

Rodolfo Hinostroza
El año 2005 el Perú fue el País Invitado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México, que es la segunda más grande del mundo después de la de Frankfurt. Fuimos más de 40 escritores peruanos de todas las edades y de varias generaciones, que sería muy largo nombrar, y en lo que a mí respecta, fui programado con mi viejo amigo el poeta Toño Cisneros, para presentar nuestras publicaciones más recientes. Él presentó su poemario “Un crucero a las Islas Galápagos”, y yo una antología de poesía, cuento y teatro, editada en México por Aldus, que contenía mi pieza de teatro inédita “Guamán Poma, Camina el Autor” que trata sobre el legendario cronista indio de tiempos de la conquista, el más grande héroe cultural del Perú, si no el único, según mi criterio. Esta antología, llamada “La Extensión de la Palabra” compendiaba tres géneros literarios, poesía, cuento y teatro. Su título era ya de por sí bastante explícito, y si el libro no abarcaba ni ensayo ni novela era por cuestión de volumen.

Me he preguntado muchas veces qué es lo que me llevó a alejarme de la poesía cuando era el género literario tradicionalmente más difícil, y en el que había ganado mis mejores logros. Si rememoro el momento en que esto ocurrió, me doy cuenta que por entonces yo sentía que no podía ir más lejos de lo que había llegado con “Contra Natura”. Tenía 29 años, había ya ganado un prestigioso premio internacional en España, y la verdad es que me sentía vacío de poesía, me las había jugado entero en este último libro, y estaba síquicamente agotado. Estaba jugando con la idea de volver a escribir cuentos, que había abandonado por la poesía, y de pronto me vino a la idea un tema para cuento fantástico que era lo mejor que se me había ocurrido jamás, y me lancé a escribir uno que terminó llamándose “Memorándum” que se inspiraba en las Artes de la Memoria del filósofo Giordano Bruno, que a causa de ello había terminado en la hoguera de la Inquisición. Me salió bien, y eso me impulsó a escribir otros cuentos, y en general a trabajar mejor mi prosa, que la tenía dedicada al periodismo y no tanto a la literatura. Y a ello me dediqué, obstinadamente, durante varios años, hasta que logré un estilo fluido y dúctil con el que podía escribirlo todo, o casi todo: novela, ensayo, crónica… Y como yo venía arrastrando desde muy lejos mi pasión por escribir teatro, que me había sido transmitida por mi padre, que era poeta y dramaturgo, me di cuenta que, potencialmente, yo podría abarcar todos los géneros literarios canónicos. Y a ello dediqué todos los años de vida que tenía por delante, y no únicamente a la poesía. Y con mi libro de cocina, que se publicó en el 2005 y es un ensayo histórico, ya se cerraba el círculo, pues el ensayo era el único género que aún me faltaba.

En la inauguración de la FIL ocurrió un bochornoso incidente gastronómico que serviría para demostrarnos que uno nunca termina de aprender en cuestiones culinarias. Se suscitó en el almuerzo de rigor, al que todos los invitados asistimos: yo llegué un poco tarde a fin de ahorrarme el discurso de Eliane Karp y me senté al lado del crítico Ricardo González Vigil, cuando ya habían servido la entrada, que era una Ocopa de Camarones si mal no recuerdo, bastante buena. El cocinero que habían traído especialmente del Perú tenía ya su reputación y trabajaba en un conocido restaurante limeño. Su siguiente plato fue un Adobo a la Arequipeña, que se veía bonito pero que casi no toqué, porque al probar la salsa noté de inmediato que tenía un acentuado sabor a aluminio…

No lo podía creer, porque esto solo sucede cuando la maceración de la carne en un adobo de chicha de jora, que es característica del plato, se realiza en un recipiente de aluminio, que al ser atacado por la acidez de la chicha malogra la carne y la vuelve indigesta. Por eso era increíble que un cocinero experimentado incurriese en un error garrafal, que toda ama de casa conoce y evita por sus desastrosas consecuencias. Me recordaba a un abominable “Cebiche de Pollo” que probé nada menos que en el Costa Verde, cuyo dueño tenía uno de los mejores paladares de Lima. Pero como “al mejor cazador se le escapa la paloma” dejé pues el plato íntegro, y me consolé con el excelente Suspiro a la Limeña que sirvieron como postre.

Al día siguiente yo andaba con un amigo por el Hotel Hilton, donde la mitad de la delegación se alojaba, y de pronto vi que, al lado del ascensor, un grupito de gente me hacía señas. Me acerqué, y reconocí a Mario Vargas Llosa con su esposa Patricia, acompañados por sus inseparables amigos el pintor Fernando de Szyszlo y el crítico José Miguel Oviedo con sus respectivas esposas. Apenas los hube saludado, cuando Patricia me espetó muy combativa: “Qué te pareció el almuerzo de ayer?” “La verdad es que comí muy poco…” repuse con cautela. “Y por qué?” se extrañó ella, “Porque le encontré un sabor a aluminio, y ni lo toqué… el postre sí que estuvo bueno..” “Qué paladar!” exclamó Patricia, asombrada. “Nosotros nos hemos pasado la noche vomitando, con diarrea, horrible, intoxicados…O sea que no hemos dormido nada y estamos yendo a echarnos una siesta…” concluyó apretando el botón de llamada del ascensor. (Por: Rodolfo Hinostroza)

 


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