martes 16 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2307

31/Oct/2013
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre Medio AmbienteVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre PérdidasVER
Acceso libre TurismoVER
Acceso libre AniversarioVER
Acceso libre DeportesVER
Acceso libre TeatroVER
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos Disco Duro
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Acceso libre Luis E. LamaVER
Sólo para usuarios suscritos Alfredo Barnechea
Sólo para usuarios suscritos Harold Forsyth
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Turismo Primera entrega de una serie viajera sobre Marruecos: Tánger y Chefchaouen.

Los Colores Marroquíes

3 imágenes disponibles FOTOS 

Colores Marroquíes

El autor de la nota entre el laberinto de callejones celestes de la ciudad de Chefchaouen.

Salgo del aeropuerto de Tánger a la ciudad, hoy sin su luz tenaz, y recuerdo que para mi breve viaje a Marruecos tengo como tarea llevarle a Lima a una amiga, al menos tres elementos de la cultura marroquí que los tengamos presentes en el Perú, en nuestro paisaje diario, hoy. Debo dejar mis cosas en el hotel y salir a las calles de este territorio que fue internacional entre los años 1925 y 1956, que es cuando Marruecos consolida su reino, gracias al idolatrado Hassan II, padre del actual rey Mohamed VI.

Tánger, la ciudad más próxima al Estrecho de Gibraltar tiene historia desde que es el lugar en el que las Hespérides le encargan a Hércules hallar allí las manzanas de oro. Menos mitológicos en cambio han sido los intereses de fenicios, helenos, romanos (y franceses y españoles), por apoderarse de ese territorio, cosa que consiguieron Francia y España en 1912, cuando toman a Marruecos bajo la figura de un Protectorado. Para los árabes debe haber sido una extraña sensación la de haber pasado de colonizadores –ocho siglos en España no son moco de pavo– a colonia. La presión de las grandes potencias mundiales determinó que en 1925, en la Conferencia de Algeciras, el Protectorado concediera a Tánger una condición de ciudad internacional. Ello significaba para muchos europeos y americanos disidentes de la cultura que los había amamantado, en pleno desencanto de la entre guerra, pasarse a Tánger a hacer lo que se quisiera, teniendo como referente la mitología del zoco, el couscous y la jilaba, las colinas que dan al Mediterráneo y una vida local laxa y en mucho fatalista. La bonhomía y serenidad de los marroquíes debió trastornar a los millonarios excéntricos (Barbara Hutton, Peggy Vanderbildt) que se construyeron mansiones alucinadas solo por tener un jardín que bajara al Mediterráneo, espías, apátridas, poetas, pintores, tratando de asimilar seguramente un decir delicioso marroquí: “Hasta que no ocurre algo muy grave, nosotros no hablamos del tema”. Ya, por su parte, en 1832 el pintor francés Delacroix había inscrito “Preciosa y rara influencia del sol, que da a todo una vida penetrante”. Aunque quizás la síntesis de los decires sobre Tánger la haya puesto Juan Goytisolo, poeta autoasilado en Marrakesh, cuando apunta que Tánger es “una ciudad viciosa”.

Lo de “viciosa” es también parte de una de las tantas mitologías que envuelven a Tánger. Entre los años 40 y 60 esta ciudad se transforma en una meca para artistas y creadores de Occidente, gracias a que los tránsfugas neoyorquinos Paul y Jane Bowles se instalan aquí, dispuesto él a estudiar la riquísima música del Magreb, instado por Gertrude Stein, en un departamentito más bien sencillo, donde terminaría escribiendo novelas. Tánger, punto de convivencia entre las generaciones gay y beat, que establecieron una bisagra entre lo más liberal de Occidente, con una ciudad en la que aún dominaba una medina de más de quinientos años, el velo sobre el rostro de las mujeres y esas interminables terrazas de los cafés, donde solo los hombres están todo el día reunidos, vestidos con sus jilabas, bebiendo té dulce de menta, engarzados en discusiones que nunca dejan de darse a gritos.

A pesar de haber caminado la medina disolviéndome en un revuelto de olores a especería, nardos, jabones de almendras y cuero recién curtido; habiendo caminado la vía marina, escuchando los cantos a la mama África que venían de los grupos de exiliados subsaharianos que abundan en la ciudad; luego de recorrer los boulevares del centro con sus magníficos edificios art decó, pensé que no podía traerle a mi amiga como un dato de similitud el Café Grand París, ubicado en una esquina, tan parecido a nuestro Haití, por una sencilla razón: allí no se sirve alcohol ni se da factura.

Parto al día siguiente, siempre por el norte. Desde la excelente carretera en un día soleado veo las costas del sur de España al frente, el resto físico de Al Alandaluz, el fenómeno cultural más sofisticado y coherente de la primera historia europea. Olivares, bosques de naranjos, retazos de desierto pedregoso, construcciones de barro son mi ruta. De pronto surge Chefchaouen al frente, cruzando un valle profundo, levantada sobre la ladera de una colina. Una pequeña ciudad que originalmente estuvo ocupada por los bereberes pero con la Reconquista española, la tomaron los árabes y judíos que regresaron al norte de África. De ahí la similitud de la ciudad con cualquiera otra de Andalucía.

Chefchaouen fue durante siglos una ciudad sagrada, cerrada para todo aquel que no fuera musulmán. Pero las manos de estibador de los españoles la abrieron en 1920 y le quitaron su sacralidad; sin embargo, también permitieron que el mundo viera lo que es una medina en pendiente, con los primeros pisos concedidos a la venta de una excelente artesanía, sobre todo textil. La ciudad antigua es un laberinto de callejones que se enredan entre sí, con espacios eventuales aireados por árboles de almendro y buganvillias, y puertas talladas con infinitos signos en árabe. Toda entera la ciudad está pintada de celeste, mientras que los marcos de las ventanas, de blanco. Fue en un punto de ese zoco impecable que intuí el primer encargo para mi amiga. La similitud con el centro histórico del Cusco no era ninguna forzada analogía. Lo único que en Chefchaouen en lugar de los muros líticos inca de base, hay dúctiles tapiales de barro. Pero me convenció esa sensación de estar caminando por una ciudad que quizás ya tendría que haber dejado de existir, tomar una esquina y darte de narices con un tapiz enorme pegado a una pared, hecho de un algodón teñido en un degradé que va del siena al morado, mientras su tejedor mira indiferente fumando un cigarro. Y al costado un cafetín un tanto turístico pero no estúpido, donde te ofrecen todos los tés del mundo, el delicioso café marroquí y los dulces de pasta de almendras, dátiles y turroncitos de leche endurecida.

En Chefchaouen un grupo de niños juega Kor, canicas; dos niñas se me acercan con timidez a preguntarme en francés qué cosa soy. Tomo mi libreta de apuntes y les dibujo un planisferio en el que ubico a Perú y a Marruecos. Cuando termino, levanto la mirada y las encuentro declarando ante un equipo de la televisión japonesa.(Continúa)

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista