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Historia Después de 40 años el golpe militar sigue dividiendo a los chilenos.

La Traición de Pinochet

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Célebre foto del holandés Chas Gerretsen en el Te Deum, a ocho días del golpe.

José Rodríguez Elizondo era el Fiscal de la Corporación de Fomento de la Producción del gobierno de Salvador Allende y fue dado por muerto en una balacera entre “las fuerzas del orden y los extremistas”, el 11 de septiembre de 1973. Afortunadamente no fue así. Vivió 18 años exiliado, ocho de aquellos años, las pasó editando la sección internacional de CARETAS, labor por la que mereció el Premio Rey de España en 1984. Luego sería diplomático y embajador de Chile en Israel. Hoy es un connotado analista independiente que se autodefine como “extremista de centro”.

El gobierno y la oposición centroizquierdista conmemoraron en forma separada el 40 aniversario del golpe de Estado en Chile, unidas por la petición de la verdad, pero divididas sobre la responsabilidad que cada bloque tuvo en el trágico desenlace. El presidente del país, Sebastián Piñera, en un acto celebrado en La Moneda, y dos horas antes Michelle Bachelet, ex presidente (2006 – 2010) y candidata presidencial, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, escenificaron la brecha entre ambos bloques.

¿Dónde estaba cuando ocurrió el golpe de Pinochet?
–Vivíamos, con mi esposa Maricruz, en un departamento céntrico y esa mañana del 11-S creímos que los disturbios habían comenzado más temprano. Se escuchaban las mismas explosiones de las últimas semanas pero, vistos desde la ventana, los desplazamientos de los supuestos manifestantes eran de otro tipo. No corrían para reagruparse en nuevas posiciones, sino para alejarse en un movimiento uniformemente centrífugo. Más curioso, aún, no había carabineros persiguiéndolos ni se escuchaban gritos a favor o en contra de Salvador Allende y la Unidad Popular. Me enteré por la radio de lo que ya había comenzado a suceder. Yo entonces era Fiscal de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) que controlaba la banca estatizada y más de 400 empresas. Absurdamente –visto con “ojos de después”– tomé mi vehículo del servicio y partí rumbo a mi oficina, que quedaba a cuatro cuadras de la Moneda. Por cierto, semanas antes había tomado tres precauciones mínimas: usar una credencial de la Contraloría General –mi empleo anterior–, borrar los distintivos fiscales del vehículo y deshacerme de mi conductor. Mi autoservicio de inteligencia me decía que era más bien mi vigilante. No pude llegar a destino. En la primera barrera militar me detuvo un militar metralleta en ristre, revisó mi insospechable credencial y me ordenó “vuelva a su casa, señor”. Creo que esa orden validó mis precauciones y me salvó la vida.

–¿Cuáles fueron sus consecuencias en un nivel personal?
–Como a todos los chilenos, el golpe trastornó mi vida. Maricruz se vino a esperarme a Lima y yo me refugié en casa de una valiente amiga. Ella me trajo la noticia de mi muerte en la Corfo, en una balacera entre “las fuerzas de orden y los extremistas”. Fue una sensación rarísima. Así estuve hasta que mi amigo Arturo García, embajador del Perú, me consiguió un “cupo” en la embajada suiza. La Junta, quizás para castigar mi resurrección, retuvo mi salvoconducto durante cinco meses. Fui el último en abandonar la residencia diplomática y subí al avión del exilio como si fuera un tipo peligrosísimo, escoltado por soldados armados hasta los dientes. Lo que vino fue un itinerario largo y movido: reunión en Lima con mi esposa, invitación de la Universidad Karl Marx de Leipzig, tres años y un día en la RDA, estrategia para fuga de ese país, recalada inolvidable en CARETAS y contratación en la ONU de Pérez de Cuéllar.

–La hija del general Matthei es candidata de la derecha a la Presidencia. ¿El pinochetismo sigue fuerte?
–El pinochetismo ya no existe como opción política. Hay pinochetistas pero son como los viudos (as) de Franco o Stalin. Les molesta más el tema de los dineros ocultos de Pinochet que su violación sistemática de los derechos humanos. Matthei fue una opción por default de la Unión Democrática Independiente (UDI). A esta derecha dura ya se le habían caído dos candidatos: el outsider Lawrence Golborne y su dirigente Pablo Longueira. Se optó por Matthei para dar una buena batalla perdida.

–El régimen de Pinochet tuvo tensiones con el Perú. ¿Encuentra alguna diferencia entre las perspectivas de la izquierda y la derecha, a propósito del fallo en La Haya?
–Digámoslo sin eufemismos: con Pinochet y Velasco vivimos un período de guerra psicológica, con epicentro en Arica, que bajó su diapasón con la llegada del general Morales Bermúdez. Luego, en el tiempo de Charaña, la tensión remontó. Un informe de Itamaraty, de 1977, llegó a definirlo como “estado de preguerra”. Hoy vivimos la etapa distensiva de un conflicto judicializado, pero también amenazante. En uno de mis libros consigno lo que me dijo, en 2008, mi distinguido amigo el general Edgardo Mercado Jarrín: “vivimos uno de los momentos más críticos de la relación, desde la guerra de 1879”. Por otra parte, este tipo de crispaciones es relativamente independiente de la dicotomía derecha-izquierda. Aquí juega, más bien, la lucha entre los distintos tipos de nacionalismos, siempre más emocionales que razonantes. Ojalá que los jueces de La Haya tengan esto en cuenta y no se manden un despanzurro. La paz posfallo debe ser más fuerte que la Corte, para poder transformarse en amistad con cooperación.

 


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