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Crónica Por RODOLFO HINOSTROZA

‘Diles Que Fue Verdad’

Hinostroza
Herman Cherry no era exactamente su nombre, pero sí el que le puso el aduanero americano cuando emigró de Rusia, con su familia, allá por los años 1910: “Tú te llamas Cherchenko? No, muy largo, algo más corto, que suene a americano, Cher, cherr… Cherry! Ya está, tú te vas a llamar Herman Cherry!... Sello y firma! Que pase el siguiente!” y así fue como el joven de origen ruso Germán Cherchenko, que era chiquito y colorado como una cereza, fue bautizado al llegar a Nueva York.

Lo conocí gracias a nuestro común amigo el pintor Fernando Maza, en París, aquella vez que Herman estuvo de paso, y nos lo llevamos al “Chais de la Abbaye” a catar vinos franceses, con resultados espectaculares, porque él sabía más de vinos franceses que Fernando y yo.. A mi paso por Nueva York, meses más tarde, me devolvió la cortesía, invitándome a su vez a una gran exposición del legendario pintor De Kooning en la Municipalidad de East Hampton. Esto debió ser a fines de los 70, y ya por ese entonces De Kooning era considerado como el más grande pintor vivo de Estados Unidos, último sobreviviente de una generación por demás talentosa, la del Action Painting, con Rothko, Motherwell, Pollock. “Todos eran genios, menos yo… Qué iba yo a hacer? Me dediqué a a la enseñanza, para no hacer el ridículo” como Herman me lo explicó un día. Era pues un gran homenaje que la comuna le rendía a este pintor extraordinario, de origen holandés, pues residía en el distrito de Easthampton, Long Island, NY, a pocas cuadras de su amigo de toda la vida, Herman Cherry, quien había tomado parte activa para organizar la gran exposición. Yo me había presentado por casualidad en el taller de Herman, Mercer Street 127, N.Y. y había estado encantado de invitarme porque justamente mañana era el gran día y él con su mujer alemana me iban a llevar a esa gran exposición.

Y efectivamente al día siguiente estábamos en una inmensa y atiborrada Municipalidad de uno de los distritos más caros de la Costa Este, refugio de pintores millonarios, actores millonarios, empresarios millonarios, y si todavía no había millonarios-billonarios es porque todavía no se habían puesto de moda. La Municipalidad, una inmensa mole rojiza, llena de cuadros valiosísimos y de gente muy vestida, estaba toda acordonada por docenas de carros policiacos, barreras desmontables, un camión de bomberos, decenas de periodistas de prensa y tv, y desde luego centenares de curiosos.

Yo, después de haberme dado una primera vuelta de esa fabulosa exposición, me estaba tomando un trago en el jardín, fumándome un cigarro, saboreando todavía la serie “Women” que nunca había visto completa, pero no tenía con quién comentarlo, porque Herman y su mujer se habían desaparecido y yo no conocía bicho viviente en ese pueblo, aparte de ellos. ¿O si?

¿Por qué una chica perdida en la masa me estaba haciendo señas? ¿Sí? ¿Era posible eso? ¿Eran a mí que se dirigían esas señas, cada vez más desesperadas? Me acerqué un poco más en dirección de la chica que me hacía señas, y pude escuchar que gritaba algo… ¿qué?... “¿La Palette?” “La Palette, así, en francés: “Oui, La Palette, rue de Beaux-Arts, París! On se connait de lá!” dijo una linda chica salida de ninguna parte dirigiéndose a mí, detrás de la barrera policial. Miré a la chica con atención y le encontré efectivamente cara conocida. “¿Tú vives en París?” le pregunté. “Sí!” me repuso con vehemencia. “Soy holandesa, estudio Bellas Artes en París, y he hecho un gran esfuerzo para venir a esta exposición, que es histórica… pero no me dejan entrar…” se lamentó la chica, que estaba vestida como uno lo espera de una estudiante de Bellas Artes, y era rubia y bonita…”Voy a ver qué puedo hacer, espérame un momento…” le dije y fui a buscarlo a Herman, y le conté un tango… Que la chica se había pagado el pasaje desde París para venir a esta exposición, y no la dejaban entrar, que yo la conocía de Bellas Artes porque estudiaba con Patrick, el primo pintor de mi mujer y que patatí y que patatá… “¿Quieres que entre?… me dijo muy francamente el americano. “Claro!”, mentí, “es mi amiga”.

De inmediato Herman habló con alguien, y luego se acercó hacia mí con un uniformado: “Indícale quién es la persona que va a entrar” me dijo, yo lo hice y ya se pusieron en contacto y un policía la hizo pasar. “Johanna! Te presento a Herman, Herman, Johanna!”, porque había que decir algo y para mí todas las holandesas se llamaban Johanna y las alemanas Gerda”. Nos conminaron a callar, porque el alcalde comenzaba su discurso….

Fue bacán, porque después de las pomposidades ya servían el vino y los bocaditos, y luego la cosa se fue desordenando, y era una cosa muy mundana, con celebridades para mí desconocidas por aquí y por allá, que Herman se esforzaba por presentarnos…Y sobre todo esa exposición de verdad fabulosa porque nunca se había presentado “Women” completa en ninguna retrospectiva, cosa histórica, muchacho…

Pero hacia la medianoche ya la cosa estaba muriendo, había además mucha gente de edad entre los invitados, a comenzar por el propio De Kooning, que ya frisaba los 85 años, pero seguía trabajando como un loco, y la vejez era generalmente el período de mayor productividad de un pintor, quienes además suelen ser longevos, de modo que no es muy raro que en sus últimas décadas pinten más de lo que han pintado en su vida entera. Y este era precisamente el caso de De Kooning, según me fue explicando Herman cuando los sobrevivientes de la noche, que éramos una quincena, nos dirigimos, a pie, a la gran casa-taller que De Kooning tenía en aquel pueblo. Herman nos hizo visitar el taller, a Johanna y a mí, donde el pintor desarrollaba series sobre temas dados. “Aquí hay un millón de dólares” nos dijo señalando una decena de cuadros puestos a secar.

Éramos, pues, De Kooning con Elianne, su mujer, Herman con su fotógrafa alemana, una señora muy elegante que resultó ser Anita Gibson, la hermana de Doris Gibson, fundadora de la revista CARETAS donde hasta ahora colaboro, con su pareja el pintor italiano Conrado Marcarelli, un poeta y crítico de arte americano, la holandesa y yo, y habría unas pocas personas más, pero todos decían conocerse muy bien. Después de unos whiskies del estribo, Johanna, que había hecho muy buenas migas con Elianne, se quedó en un cuarto de huéspedes, y yo me fui a dormir a la casa de Herman donde me quedé todo el día siguiente. A eso de la medianoche recibí una llamada de Johanna. Me dijo: “Sabes dónde estoy? En el piso 25 de un edificio de Manhattan, cerca de las Naciones Unidas, donde los De Kooning tienen un gran apartamento y Elianne me ha invitado a quedarme… La vista es fabulosa… ¿No quieres venir a tomarte un trago?” “No, linda, lo siento pero estoy bastante lejos, y no me fascina la idea… Será en otra ocasión… Que lo disfrutes…” repliqué.

Unos meses después, en “La Palette” de París yo estaba en la barra, conversando ruidosamente con un par de amigos sudamericanos, cuando vi a Johanna, la holandesa, conversando con un par de chicos que tenían pinta de estudiantes de Bellas Artes, y echando miradas furtivas hacia mi grupito. Ella les explicaba algo que ellos no podían creer, de modo que la esperé a pie firme, y a poco ella llegó flanqueada por sus acólitos. Cuando me tuvo delante, la rubia estudiante me dijo simplemente: “Diles que fue verdad” con una mirada a la vez incrédula y suplicante… “diles que fue verdad…” Yo ya tenía preparada mi respuesta: “Te refieres a la Retrospectiva de De Kooning en East Hampton, hace unos meses?” Y encarando a sus acompañantes continué: “Después fuimos al taller de De Kooning, a la exposición que nos hizo el viejo, y allí fue que comenzó tu amistad con Ellianne, su mujer……Claro que lo recuerdo querida Johanna, esas cosas solo pasan una vez en tu vida…” y vi cómo sus ojos se iban iluminando porque nada de eso había sido un sueño, sino la pura y simple verdad…”. (Por: Rodolfo hinostroza)

 


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