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Historia Con su muerte, la historia del Perú se detuvo por un instante. El último histórico aprista dejó un legado de batallas democráticas y marcó la vida política a zapatazo limpio.

Armando Villanueva: La Huella de un Siglo

8 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Alan García y la dirigencia aprista encabezaron el homenaje en el aula magna de la Casa del Pueblo el martes 16.

Lúcido y activo, el último de los líderes históricos apristas se fue a los 97 años. Luego de un velatorio privado en su casa, sus copartidarios se volcaron a recibirlo en la Casa del Pueblo el martes 16. Al día siguiente recibió honores en el Congreso. Como Haya de la Torre, Armando Villanueva del Campo fue uno de esos pocos personajes que ejerció una influencia profunda y de largo aliento a pesar de no alcanzar la Presidencia de la República.
La permanencia de décadas le imprimió el sello patriarcal del que se mueve por encima de las coyunturas. Pero Villanueva se pasó la vida inmerso en tormentas políticas y luchas de ideas. La democracia que ahora puede ser tomada a la ligera no se conquistó con frases de cajón.

En los últimos años había que colarse entre sus bravos insomnios para poder conversar con él.

Armando Villanueva del Campo se pasaba la noche en blanco y bajaba a su estudio de Chacarilla del Estanque después del almuerzo.

Allí, entre montañas de papeles meticulosamente clasificados y la compañía inquebrantable de su esposa Lucy, se entregaba al ritmo de trabajo que no abandonó hasta el final.

El que tenía suerte lo escuchaba declamar poesía con la misma memoria de su tortuga Gertrudis, que reaparecía de los helechos y se metía por los zapatos igual que un perro.

Era el virus del primer aprismo, que lo inoculó desde que era un niño convertido a la lectura por fuerza del asma.

Sus intereses de los últimos tiempos seguían expresando la inusual templanza de su trayecto vital. Primero, se confirmaba la definitiva influencia paterna con la preparación de un nuevo libro sobre Pedro Villanueva, quien fuera diputado leguiísta.

También alistaba un extenso volumen de su correspondencia con Haya de la Torre y el diario de las primeras 27 sesiones apristas celebradas entre 1920 y 1931.

Finalmente, como para sustentar su posición a favor del indulto de Alberto Fujimori, compilaba sus artículos críticos contra ese régimen.

“Los combatientes no nos rendimos pero sí perdonamos”, explicó a CARETAS hace un año, en uno de esos titulares que nos regalaba a los periodistas.

Villanueva encarnó como pocos los partos de la política peruana en el último siglo.

Al historiador Pablo Macera le explicó en 1980 que su padre llegó a Leguía más bien por anticivilista. Luego tomó distancia del culto desaforado al líder y era su médico de cabecera cuando murió encarcelado, atrapado en ese péndulo del que a veces la política peruana no puede escapar.

Hizo el colegio en la Recoleta y los Maristas. Desde ese hogar de clase media donde se cultivaba la discusión es que escuchó, muy pequeño, los tiroteos de la jornada de mayo de 1923, cuando Haya lideró la oposición a la consagración del Perú al Sagrado Corazón.

A diferencia de otras vehemencias, su entraña anticlerical no cedería con los años. “Después no hay nada”, aseguraba hace poco a esta revista al reflexionar sobre su mortalidad. “Creo en el dios de la ciencia”.

Su padre trajo a casa la primera revista APRA y posteriores conversaciones con su compañero de carpeta Hugo Otero –cuyo hijo a su vez es el publicista– terminaron de matricularlo.

A partir de entonces, Villanueva vive en carne propia la historia de su partido: prisión, destierro y clandestinidad interrumpidos por interregnos democráticos. Consideraba la satanización del APRA “parte de la normalidad biológica” y defendió toda la vida la necesidad democrática de realizar coaliciones, por más desconcertantes que pudieran parecer.

En 1934 fue el primer secretario general de la juventud aprista, la famosa JAP. En noviembre de ese mismo año fue arrestado por primera vez acusado de participar en el grupo que intentó capturar el Cuartel Militar de Barbones para apoderarse de armamento e iniciar una revolución.

El estigma de petardista lo acompañó desde entonces. “La juventud de mi tiempo insurge en momentos que podríamos llamar heroicos”, interpretó al respecto y admitió el uso de la violencia en esos primeros años. “Pero esta violencia, que tampoco tuvo la dimensión que se cree, era en respuesta a la otra” (CARETAS 1942).

También en esta revista le confesó a César Hildebrandt que “muy rara vez usé arma. Y no la llevaba conmigo porque me molestaba lo aparatosa que era y porque siempre pensé lo ridículo que me tomaran preso con el arma sin haberla disparado”.

Eran una sociedad que se politizó como reguero de pólvora, y por contraste. “Admiro más a los jóvenes de hoy”, comparaba en el 2006. “Mi opción fue más sencilla. Debí escogerla entre Sánchez Cerro y Haya de la Torre”.

Sin embargo, luego de decantarse entre democracia y militarismo quedaban otras importantes encrucijadas.

Ahora que las pasiones ideológicas son piezas de museo es casi un lugar común identificar al ‘Zapatón’ con el ala izquierda del aprismo.

Pero sobre el rugoso terreno de la política esto se tradujo en conflictos que en su momento escindieron al partido.

Ningún momento más grave cuando toma el control del partido a la muerte de Haya en 1980 y pierde las elecciones presidenciales ese mismo año.

Dos años después, Andrés Townsend, que encabezó el cisma, le reclamaba desde estas páginas sus “veleidades desviacionistas. Me parece cosa de política ficción que se diga ahora que el partido es marxista, entendido en su acepción vulgar, o que somos una especie de primos hermanos de los comunistas”.

“Andrés no representa ninguna ideología”, había concluido Villanueva. “Él sueña un desarrollo político al margen de la revolución… No sé lo que Townsend subraye (del ideario de Haya), quizá aquello que aproxime a una alianza con las derechas”.

Hoy Haya es venerado dentro del partido y observado desde fuera como una figura polivalente, genial pero a la larga muy adaptable al pragmatismo necesario de los tiempos que corren.

Si bien se apresuraba en recordar la inaplicabilidad de las tesis comunistas en América Latina, Villanueva siempre se cuidó en reivindicar el origen de izquierda –sí, de tronco marxista– del APRA.

El enfoque originario de frente de clases impulsado por el Alfonso Ugarte –con proletarios, campesinos y profesionales en alternancia–nutrió permanentemente su razonamiento político.

Las oligarquías definidas como el adversario común más allá de las fronteras facilitaron la proyección regional de la ideología aprista en detrimento del tradicional recelo con los vecinos. Así también se entiende que en años recientes, luego de expresar simpatía por Ollanta Humala, lo calificara como un exponente del “nacionalismo conservador”.

En las conversaciones con Macera –editadas el 2011 en el libro Arrogante Montonero– expresaba su frustración por la crisis de identidad que el gobierno militar provocó en su partido.

“Siempre dije que el general Velasco, al no extraer desde sus raíces el árbol oligárquico, había resultado un buen jardinero: podó el viejo tronco que hoy renace con renovada vitalidad plutocrática y, eso sí, con la misma gusanería”, espetó entonces.

No dudaba en explicar su propia derrota de 1980 por caer en el juego de conjurar “el miedo al APRA” y no decir con todas sus letras que se requerían cambios en la estructura de la propiedad.

Tampoco callaba que “las condiciones objetivas” obligaron a Haya a ser “frecuentemente tolerante y pedagógicamente clemente”. Villanueva se atribuyó el bloqueo de “presiones derechizantes” a lo largo de los años.

Por entonces sus críticos le reclamaron barajar insólitas combinaciones para asegurar la continuidad partidaria, como los supuestos acercamientos al expresidente Francisco Morales Bermúdez.

Y llegó el debutante Alan García como un tren de sierra.

Mirko Lauer ha explicado que el novel constituyente era “un joven con ideas no muy distintas” a las de Villanueva.

En el análisis que García ha hecho para explicar el fracaso de su primer gobierno mantiene que el velasquismo impregnó a los apristas de una suerte de hayismo radical, lo que explicaría el desorbitado voluntarismo populista del quinquenio 1980-1985 (CARETAS 2021).

Las convulsiones políticas habían determinado que Villanueva solo ocupara un cargo de elección popular, el de diputado, entre 1963 y el golpe de 1968.

Es en el primer gobierno de García cuando se batió en todos los flancos, como figura central pero ya sin posibilidades presidenciales, cercado por la violencia e hiperinflación.

Además de presidente del partido (1985-1987), estuvo frente al Senado y ocupó las carteras de la Presidencia e Interior. Finalmente, entre mayo de 1988 y mayo de 1989, fue primer ministro.

Volvió al Senado hasta el autogolpe de 1992 y desde entonces se atrincheró en defensa de la democracia.

Dedicado a sus libros, y como el gran sobreviviente histórico, en los últimos años dirimía cada tanto como la voz de la conciencia aprista.

Era seguramente a su pesar. Se declaraba libre de rencores y en la búsqueda permanente de la felicidad. Pero no se inhibía para recordar que “la derecha en este país ha sido tan estúpida, tan concentrada en sus propios intereses mezquinos, que no ha reivindicado igual que nosotros a grandes figuras como Riva Agüero y González Prada”.

Durante su segundo gobierno, García lo llevó algunas temporadas a Palacio para que pase sus convalecencias. Como era de esperarse, no accedió a fotografiarse en la oficina que le acondicionaron.

“Intenté tomar Palacio por la fuerza y por elecciones”, caviló irónico antes de reprimir sin éxito la aguda carcajada con sus dedos puntiagudos. “Ahora llego asilado”.

Exactamente treinta años atrás le reconoció a esta revista que aún no estaba contento consigo mismo. Que le faltaba mucho por hacer.

Pero últimamente las cuentas ya estaban todas saldadas.

“Ha sido una sorpresa vivir tanto tiempo”, se asombró con genuina satisfacción.

 


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