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Política El segundo episodio del Tucán: por qué se debe derogar la revocatoria y memorias de la comuna en los tiempos de dictadura.

Calado de Alcalde

3 imágenes disponibles FOTOS 

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En abril de 1969 CARETAS apuntó que era “el principal político que aún ostenta poder en el cargo para el que fue elegido”.

Su estudio de abogados es Miraflores en estado puro.

El despacho de Luis Bedoya Reyes tiene salida al típico patio-jardín.

Es una de esas viejas casonas con techos a dos aguas y ambientes amplios. Su modernidad remodelada se interrumpe con el cuchicheo femenino que viene de la cocina.

Conversar con el fundador del Partido Popular Cristiano recuerda el porqué son importantes los políticos.

Más específicamente, también evidencia lo que le ha faltado al PPC en décadas recientes.

Para empezar, el sentido del humor propio de un mocoso de Chucuito que terminó la primaria en una escuela fiscal.

“Según la tradición escolar, la manera más fácil de tener un espectáculo de trompeadera, era decirle a fulano, bellaco al final, oye dice tal que te soba la babita. Y no preguntaba más, había trompeadera en la puerta del colegio”.
El carbón lo trasplanta a la política: “lo más fácil es despertar esa especie de emulación en la que el sujeto se siente humillado, agredido, ofendido o simplemente mariconeado, que no es lo suficientemente macho para trompearse. No importa si perdiste. Oye, pero pegó ¿ah?”.

Para Bedoya la revocación de la que se acaba de salvar Susana Villarán con el apoyo de su partido es una figura que explota la dispersión del voto. “Hoy los alcaldes no alcanzan en muchos casos ni el 20%. Quien se va derrotado se va despechado, y peor todavía en los pueblos chicos. Entra en confrontación la saña y las ganas que tiene esa persona para, no diré vengarse, pero sí para demostrar que es algo. Igualito que las cowboyadas. Quien es la primera pistola del pueblo, ¡pa, pa!”.

Poco tiene que ver, dice, con la confrontación de ideas.

“Es eso de no aguantar al que había ganado porque apenas si lo hizo por unos cuantos votos. Había que derrumbarlo y había la opción de poder sustituirlo, de manera que la tentación para derrocar a un alcalde es grande”.

El Tucán cree que se trata de una institución que está “fuera de tiempo. No hemos avanzado tanto como para poder soportar un sistema como el de la revocatoria sin que fácilmente se caiga en excesos. Para que los municipios puedan funcionar sin caer en la barbaridad de la politización partidarizada, la ley indica que si sobrepasas el porcentaje de votos que la ley exige, que en mi tiempo era 30 y tantos por ciento, de 40 posiciones de concejal tienes 21. Eso aunque por votos solo te tocaran 13”.

La “barbaridad de la politización partidarizada” es una premisa central sobre la labor municipal en la que Bedoya ha insistido por medio siglo.

En las memorias de su período como alcalde publicadas en el Concejo municipal en 1969 ya reiteraba que “he sostenido públicamente en las campañas electorales municipales de 1963 y 1966 que la elección y la acción municipales deberían despartidirizarse mas no necesariamente despolitizarse”.

El riesgo iba en dos direcciones. Primero en el acento ideológico.

“En los municipios es poca la filosofía e ideología que se pueden desarrollar”, dice hoy. “Podrán discutirme si el mercado lo ubico acá o allá. Pero de ahí no pasan los problemas. La incidencia ideológica y partidarizada dividen y enfrentan los ánimos”.

En segundo lugar, “tienden a convertir el municipio en un pequeño parlamento, lo cual es un absurdo porque su función es ejecutiva. Hay tareas que cumplir, problemas que resolver, modos de vida que proteger”.

Algo de ese problema detecta en la experiencia de Villarán cuando lamenta que “incluso la composición de su propia mayoría era heterogénea”.

Recuerdos de Artola

Paradójicamente, Bedoya vivió como alcalde tiempos en los que sí se vio obligado a alternar el papel de gestor abrumado de urgencias con un delicado juego de presión por el retorno de la civilidad.

De hecho, en el mencionado texto del Concejo municipal aboga abiertamente por el retorno a la democracia.

En abril de 1969 CARETAS apuntó que era “el principal político que aún ostenta poder en el cargo para el que fue elegido”.

La guerra emprendida con el poderoso ministro del Interior Armando Artola se expresaba a través de notas periodísticas que no identificaban a su fuente. Una provocó que Artola monte en cólera en el Consejo de Ministros y narraba cómo, supuestamente, su peluquero del Club Militar lo persuadió de utilizar peluca y bigotes falsos cuando quería pasar de incógnito.

En las memorias que hoy corrige serán centrales los pasajes de su discurso en la inauguración de la Plaza Castilla, en mayo de ese mismo año, donde después de una odisea de presiones ofreció un discurso-bomba en homenaje, no al caudillo militar, sino al presidente que aceptó por primera vez en la historia nacional que el Congreso le censure un ministro e integró a sus adversarios liberales en el gabinete.

“Me has jodido, pero has estado brillante”, lo felicitó a viva voz el dictador Juan Velasco.

En esas cosas de la política, tanto impacto como el discurso tuvo una foto de CARETAS, que sería aprovechada por adversarios como Armando Villanueva para ridiculizarlo.

“Llegó el momento en que Velasco saca un cigarro para fumar. Me ofrece y digo no porque no quería perturbar mi garganta antes de tirar mi discurso de sorpresa. Dice, me he venido sin fósforos y yo no uso encendedor. Por esos automatismos se lo prendo. Y todos estos miserables (señala al reportero gráfico) agarraron foto”.

La famosa carcajada solo puede pertenecerle a un político más curtido que pepinillo.

“¡Era yo encendiéndole el cigarrito a Velasco!”. (Enrique Chávez)

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