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Actualidad Le traen grandes problemas y merecerían menos esfuerzo.

Las Causas de Alvarito

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A fuerza de criticar el chauvinismo de sus connacionales termina por morderse la cola.

Espero que la gente me vea como alguien movido estrictamente por convicciones. No hago las cosas buscando provecho personal porque generalmente salgo perdiendo”.

Eso le dijo Álvaro Vargas Llosa a CARETAS hace diez años, cuando estaba cercado por tres juicios de difamación presentados por colaboradores del entonces presidente Alejandro Toledo, encabezados por el empresario Adam Pollack.

Las mismas palabras podrían aplicarse hoy.

Álvaro suele abrazar causas que le traen grandes problemas y merecerían mucho menos esfuerzo.

Su pelea con Toledo en el 2001, seguro que en parte motivada porque el candidato no accedió a que sea su Svengali particular, terminó con su inútil campaña por el voto en blanco cocinada con Jaime Bayly.

Ahora, su carta abierta a la Cancillería peruana publicada en portada en el suplemento Reportajes del diario chileno La Tercera fue alabada por Juan Gabriel Valdés, ex ministro de Relaciones Exteriores de ese país, “por su audacia y el momento elegido para enviarla”.

Qué duda cabe. Desde Washington, Alvarito se vuelve a poner como blanco de indignadas críticas en su país en aras de honrar, como dice, “el derecho de opinión” que ampara a todo ciudadano.

Pero las ansias de figuración por vía de la controversia caminan en una cuerda muy floja. A veces terminan en sonoro panzazo.

Su liberalismo desprecia toda antigualla que huela a nacionalismo y declara que ha llegado “un cambio de mentalidad” para Torre Tagle, que debe superar sus traumas incubados en el siglo XIX.

El problema es que AVLL parte de una premisa que, a fuerza de ir tras ese supuesto chauvinismo trasnochado en sus connacionales, termina por mirarse equivocadamente al ombligo. Lo que su liberalismo critica con tanta vehemencia, nada menos.

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Falta dominio del concepto de equidistancia.

Una característica de la globalización del derecho internacional es la definición de límites marítimos no resueltos. El presidente de la Corte Internacional de Justicia, Peter Tomka, lo recordó hace poco en su discurso ante Naciones Unidas. Tomka describió 14 procesos de ese estilo en los últimos años.

En los alegatos peruanos, que de modo elegante Allan Wagner le recomendó revisar, no hay ninguna referencia a la Guerra del Pacífico.

Y cuando recita los argumentos chilenos para decir que el paralelo es la medida de uso en los límites marítimos del Continente, pasa por alto que el de Colombia y Panamá se forja por la bisectriz (CARETAS 2262).

El concepto de equidad todavía no es dominado por el coautor del Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano.

Álvaro ya se había referido en términos similares a un “doble trauma histórico” que afecta al Perú en su relación con su vecino del sur. Lo hizo en el 2005 cuando, igualmente a través de La Tercera, criticó el pedido peruano de pedir una investigación sobre la venta de armas de Chile a Ecuador en el contexto del conflicto del Cenepa.

Cinco años más tarde, la Corte Suprema de ese país archivó el caso por prescripción. Pero en la prensa chilena trascendió que la venta de armas había quedado acreditada.

Hoy Álvaro se refiere al lastre “decimonónico” de Torre Tagle. ¿Y acaso no sabe más bien que fueron los “halcones” de la diplomacia chilena los que empujaron la demanda peruana con su insistencia en alterar el punto de inicio del límite terrestre? (ver nota de apertura).

“Supongo que me da la ‘nevada’ arequipeña de vez en cuando”, reconocía recientemente a Ellos y Ellas, a pesar de ser limeño. “Soy muy impaciente y me entrego a mis causas con total devoción”. Y añadía con honestidad que “de niño era testarudo y me dejaba caer de espaldas si no me daban mi gusto”.

Respuesta a Álvaro VLL


Carta de un diplomático en el ajo.

Señor Vargas:

Procuraré ser breve, pues no dispongo de espacio ilimitado, no tengo una cancillería ni un periódico a mi servicio ¿o es al revés?

En todo caso, los febles argumentos esgrimidos en su carta son un mal refrito de la plataforma expositiva chilena.

Estos denotan no sólo desconocimiento, sino un propósito desinformativo con fines que supongo inconfesables.

Le respondo porque sus afirmaciones están dirigidas a desalentar y generar desconfianza entre mis compatriotas, pues usted sabe que ellas no harán mella alguna en los jueces de La Haya.

Ellos no son lo que se llamaría legos.

Sostiene su escrito que Torre Tagle debe experimentar “un gran cambio de mentalidad”, debe dejar atrás una forma de entender las relaciones exteriores “propia del pasado” que estaría concentrada en la definición de las fronteras y en nuestra identidad republicana.

Usted ignora que desde los años 60 la Cancillería peruana lideró, dentro del aparato del Estado, la apertura al comercio exterior y la integración regional, tópicos que, luego de años y bajo su conducción, pasaron a nuevos despachos ministeriales creados con tal propósito.

La generación a la que pertenezco fue precisamente la que produjo el gran cambio que usted reclama con 50 años de atraso.

Mi generación nunca estuvo obcecada con las fronteras, concluidas por ilustres diplomáticos y juristas que nos precedieron. Y si tuvimos que atender estos temas, compartiendo el tiempo que dedicábamos a la inserción del Perú en el cambiante mundo de la globalización, fue porque algunos de nuestros vecinos pretendieron desconocer los tratados vigentes o distorsionar compromisos que no tienen alcance delimitatorio.

Sostiene usted que la cuestión del límite marítimo con Chile está “resuelta”, para lo cual repite tesis chilenas que no vale la pena traer a colación.

Baste decir que en la Corte de La Haya ha quedado sólidamente demostrado por el Perú que no existe tratado que haya fijado tal límite.

Vimos en La Haya a los abogados chilenos con dificultad para absolver la pregunta del juez marroquí, Mohamed Bennouna, pues no explicaron convincentemente cómo en 1952, cuando el Derecho Internacional sólo reconocía un mar territorial de 3 millas, los tres países del Pacífico Sur hubiesen podido pactar sus fronteras marítimas proyectándose hasta 200 millas.

La Declaración de Santiago fue adoptada para proclamar al mundo, precursoramente, que los tres países solo extendían su soberanía y jurisdicción marítimas hasta dicha distancia para conservar, proteger y aprovechar sus recursos naturales, no para establecer límites laterales entre los tres países.

Sobre el término del límite terrestre en el Océano Pacífico, punto llamado Concordia por el Tratado de Lima de 1929 y la Comisión Mixta de Límites de 1930, de manera ligera afirma usted que la Corte de La Haya no está facultada para fallar sobre la frontera terrestre, por lo que “le es indiferente la eventual diferencia…” Olvida usted que Chile pretende modificar unilateralmente ese Tratado –lo que no es posible–, para desplazar el término de dicha frontera terrestre más de 200 metros al norte, valiéndose del Hito 1 que está a 264 metros del mar y desde este punto seco trazar el límite marítimo.

Ese procedimiento es totalmente irregular.

Y a la Corte sí le compete establecer desde qué punto de la costa debe proyectarse la línea que separe ambos dominios marítimos.

De otro lado, no quiere admitir usted que el Perú y Ecuador suscribieron, recién en 2011, su tratado de frontera marítima en seguimiento de los acuerdos prácticos y provisionales establecidos en 1952 y 1954 para los estados vecinos que tuviesen islas en sus zonas marítimas adyacentes.

Asimismo, pretende asegurar que la línea del paralelo ha sido el criterio seguido por todos los países sudamericanos para delimitar sus mares.

Eso no es cierto.

Sólo veamos la frontera marítima entre Panamá y Colombia para percatarnos de la realidad.

A guisa de predicción enterada, pronostica usted una “remotísima” posibilidad que la Corte conceda al Perú el triángulo exterior, como compensación por un eventual fallo en favor de Chile respecto del paralelo.

Como todo especialista conoce, el triángulo exterior es aquel ubicado dentro de las 200 millas peruanas, pero que es intersectado y separado de ellas por una línea del paralelo extendida mucho mas allá de las costas chilenas siguiendo la proyección de un imaginario “mas presencial” que ese país ha proclamado hasta las Islas de Pascua y que nadie en el mundo le reconoce.

En este caso, buena parte de dicho triángulo le será reconocido por derecho propio al Perú y no solo cuando la Corte determine la línea equidistante o media como frontera marítima entre ambos países.

Le respondom además, por qué no le vendemos gas o electricidad a Chile.
Primero debemos abastecer prioritariamente el mercado doméstico, y destinar energía barata al desarrollo industrial y petroquímico de nuestro país.

El gas es un recurso agotable, y la naturaleza lo ha dado para nuestro beneficio, no para financiar economías ajenas, como está ocurriendo con países de ultramar por falta de previsión.

No estoy en contra de la integración económica cuando hay equilibrio y reciprocidad en el intercambio de factores, pues debemos hacer más competitiva a nuestra economía.

Pero, ¿lo debemos hacer cuando, gracias a nuestros recursos, esa mayor competitividad la adquieren los países vecinos?

Por último, debo rectificar su equivocada afirmación de que el Perú siempre ha sido obstáculo o ha vetado toda solución a la mediterraneidad de Bolivia, repitiendo una monserga chilena.

Desde 1989, cuando el Presidente Alan García visitó oficialmente Bolivia, y a lo largo de los sucesivos gobiernos peruanos, es posición oficial del Perú apoyar las tratativas boliviano-chilenas que posibiliten una solución justa y definitiva del enclaustramiento boliviano, con arreglo al Derecho Internacional y los tratados vigentes.

Y debo informarle que en 1976 el Perú aceptó el corredor para Bolivia con la inclusión de un polo de desarrollo tripartito en Arica, propuesta que hoy es vista con añoranza por líderes de ambas naciones, 36 años después que la misma fuera vetada por el dictador chileno.

Hernán A. Couturier Mariátegui

 


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