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Bicentenario A casi 170 años de su muerte en Lima, la historiadora Carmen McEvoy analiza el legado integrador del libertador chileno y su estadía en la capital peruana.

Rumbo al Bicentenario: O’Higgins en Lima

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Un impedimento para el retorno a Chile del libertador Bernardo O’Higgins fue la oposición de Diego Portales.

En 1864, a casi cuarenta años del decreto que dictaminó lo que se dio en llamar el ostracismo de Bernardo O’Higgins, (1778-1842), el Congreso de la República de Chile dejando de lado los inconvenientes de un largo proceso que estuvo preñado de tormentas políticas decidió reiniciar los trámites de su repatriación. Cabe recordar que la renuncia de O’Higgins a la primera magistratura de la nación chilena se originó en una verdadera crisis constitucional la cual desembocó en su exilio forzado al Perú donde falleció. Los intentos de repatriar sus restos se remontan a la ley del 13 de julio de 1844. Sin embargo, por una serie de desencuentros políticos aquel acto no logró concretarse. Fueron esos mismos desencuentros los que imposibilitaron el regreso en vida de Bernardo O’Higgins a Chile. El crimen de los Carrera del cual fue acusado ensombreció por varios años su prestigio político. Dicha acción, junto con el ajusticiamiento de Manuel Rodríguez, nunca le fueron perdonados por los círculos carrerinos, aún muy vitales e influyentes entre las logias masónicas santiaguinas. El otro impedimento para un retorno anticipado de O’Higgins a su patria fue la reticencia de Diego Portales, quien percibía en la figura del héroe de la Independencia los resabios del personalismo y del caudillismo que su proyecto político intentaba erradicar.

El mayor obstáculo fue, a no dudarlo, el orgullo del propio O’Higgins, quien reclamó, como condición previa, la rehabilitación de su grado militar y de los honores que se le habían sido arrebatados. A pesar de la tenaz defensa hecha a lo largo de varios años por sus seguidores, quienes tuvieron que enfrentar, además de las indecisiones de los gobernantes de turno, a los embates de una prensa hostil, O’Higgins jamás regreso a ese Chile que dejó en 1823.

A lo largo de su prolongado exilio en el Perú, un país que generosamente lo acogió en su momento más amargo, se dieron momentos de acercamiento que parecían preludiar el reencuentro de O’Higgins con la patria añorada. Ello ocurrió cuando el héroe de Maipú acogió en Lima a Manuel Bulnes, jefe de la expedición chilena que derrotó a los confederados en Yungay, o cuando ilusionado ante la noticia de la reintegración en 1841 de su título de Capitán General preparó su uniforme y las proclamas de agradecimiento al Congreso chileno y de despedida a sus anfitriones peruanos. Su corazón enfermo no le permitió emprender ese regreso tantas veces postergado. El 23 de octubre de 1842 luego de redactar en Lima su testamento, en el que señalaba su deseo de ser enterrado en Concepción, el ilustre huésped del Perú pidió ser levantado de su lecho y vestido, sabiendo de antemano que su final había llegado. “Magallanes, Magallanes” fue, de acuerdo a algunos testigos, la última frase que pronunció. Fue tal vez su último intento por abrazar al menos de manera simbólica a la patria ausente a la cual retornó ya cadáver, 45 años después de su dramática partida.

Los nuevos acuerdos, especialmente el que condujo a la fusión liberales-conservadores, el fallecimiento de muchos de los enemigos más acérrimos, unidos a esa tendencia chilena de cubrir el pasado con lo que Brian Loveman y Elizabeth Lira han denominado “las suaves cenizas del olvido” permiten entender el hecho que Manuel Blanco Encalada, el mismo que en 1823 pidió al Congreso que O’Higgins fuera declarado fuera de la ley, iniciase el viaje para recuperar sus restos. El deseo de Pedro Demetrio O’Higgins de erigirle a su padre un mausoleo en Lima provocó la preocupación entre los congresistas chilenos de que los restos del general permaneciesen “desterrados para siempre” en tierra extranjera.

La cuadrilla formada por las corbetas O’Higgins, Chacabuco y Esmeralda zarpó de Valparaíso con dirección al Callao el 9 de diciembre de 1868. Sobre la popa de la O’Higgins se elevaba un “templete fúnebre” destinado a encerrar los restos mortales del padre fundador de la república de Chile. El viaje del “convoi fúnebre” al Callao, cuya partida se retrasó cuatro años por motivo de la Guerra contra España, fue percibido por algunos de sus participantes como parte constitutiva de un festival patriótico. De ese momento casi mágico en el que de acuerdo a Alessandro Falassi el tiempo mundano desaparece para dar paso al tiempo mítico. Uno de los miembros de la expedición señaló que el 14 de diciembre, después de cinco días de navegar por las frías aguas del Pacífico con rumbo al Callao, los costados de la nave empezaron a iluminarse. El día 15 el mismo testigo anotó que “la fosforescencia del mar” había sido esa noche superior y, por ello, el océano presentaba el aspecto de “una ciudad inmensa espléndidamente iluminada”.

El 19 de diciembre las corbetas chilenas acoderaron en el Callao. El 21 de diciembre, luego de una visita privada de Blanco Encalada al presidente José Balta, el gobierno del Perú autorizó al Prefecto de Lima. La exhumación que tuvo lugar el 28 de diciembre y que fue certificada por la Beneficencia Pública de Lima se inició a las 11 a.m., cuando la comisión chilena reunida en Palacio de Gobierno con los ministros de Relaciones Exteriores, de Guerra y de Culto del Perú enrumbó al Cementerio General de Lima. Allí, en el Cuartel Santo Toribio se procedió a abrir el nicho y luego el cajón que contenía los huesos de O’Higgins. Los que aún permanecían envueltos en un sudario descolorido por la acción del tiempo. Sus restos mortales fueron trasladados con cuidado a un cajón que se había preparado para tal efecto. De la interesante descripción de cómo lucía el cadáver, hecha por un testigo de excepción, se recoge la idea de su expiación, un tema crucial en las exequias que se llevaron a cabo en Santiago. El Capitán General había pagado con creces sus culpas y por ello sus despojos mortales eran la metáfora de cómo la fe religiosa logró transfigurar su voluntarismo político y sus ímpetus de guerrero en un símbolo de unidad nacional.

La figura de O’Higgins trascendía, sin embargo, el espacio nacional de la ex capitanía sudamericana. De ello dio cuenta el discurso de José Antonio Barnechea, Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, cuando señaló: “vuestro Capitán General nos pertenecía; pero él era ante todo vuestro. Por eso os lo devolvemos. Sin embargo, esas cenizas os dirán que están naturalizadas en el Perú. Ellas son el glorioso recuerdo de su gloriosa unión” con el pueblo peruano y con la causa americana.

A través de un apoteósico funeral de Estado, realizado el 13 de enero de 1869 en Santiago, O’Higgins fue convertido en signo y significado: hombre, héroe de Rancagua, padre fundador, exiliado liberal, soldado de la república y depositario de todas las virtudes republicanas. Pero principalmente se convirtió en síntesis de Chile-Nación. En el marco de una ceremonia nacionalista de semejante envergadura, como fue el último adiós del pueblo chileno a un exilado que regresaba en gloria y majestad del Perú, llama la atención el proceso cultural mediante el cual la memoria colectiva fue reconfigurada. Así, el O’Higgins que se enfrentó con la Iglesia, aquel que desafió al Congreso, el que amenazó abiertamente la hegemonía de los pelucones o el que decretó la muerte de los Carrera y de Manuel Rodríguez, fue borrado sutilmente de la memoria de los miles de chilenos y chilenas que por vez primera tomaron contacto con un ancestro que, de acuerdo a Vicuña Mackenna, era tan sólido como una roca. Así, O’Higgins, el hombre complejo y controversial, fue no solo rehabilitado políticamente sino elevado a una condición sobrehumana por los encargados de organizar sus funerales de Estado. (Escribe: Carmen Mcevoy)

 


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