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Deportes Pompilio Falconí, peruano en Juegos Paralímpicos Londres 2012, entrena en la vía pública.

El Atleta del Parque

3 imágenes disponibles FOTOS 

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“El Perú me ha dado tanto que lo que yo hago parece poco”, asegura Falconí, que guarda las felicitaciones del Ejército con tanto cariño como sus 135 medallas. Un accidente en servicio lo dejó discapacitado.

Su primer lanzamiento alcanza aproximadamente 25 metros de distancia, lejos de su mejor marca. A los 55 años, Pompilio Falconí puede lanzar el disco hasta 35.40 metros, registro que lo ubica 11 del mundo en su categoría F36. Pero, a diferencia de quienes están por delante de él, no entrena en un complejo deportivo. El único deportista paralímpico peruano en Londres 2012 se prepara lanzando un disco de caucho en el patio del complejo habitacional donde vive en Ica con su esposa y sus hijos. “Este es mi centro de operaciones”, afirma, y señala el espacio entre los bloques de departamentos. Solo deja de ser suyo cuando los niños del colegio colindante salen al recreo.

Pompilio viaja esta semana hacia Inglaterra para competir en sus segundos Juegos Olímpicos. A diferencia de sus primeros Juegos, en Atenas 2004, esta vez no competirá en jabalina –evento en el que logró el séptimo puesto y un diploma olímpico– por falta de competencia en su categoría, sino en disco, el lanzamiento que menos le gusta.

Sus condiciones tampoco son las mismas que hace ocho años. La esclerosis múltiple que padece le dificulta cada vez más la movilidad –ya le impidió acudir a Beijing 2008–, y para la temporada 2012 le han bajado la categoría de F42 a F36 (“gran involucramiento del tren superior, baja coordinación, problemas de equilibrio al correr, sin dispositivos para caminar”, según el Comité Paralímpico Internacional). Sin embargo, las circunstancias no merman las ganas de competir de este increíblemente longevo atleta.

UNA NUEVA OPORTUNIDAD

No muestra problemas hasta que intenta caminar. “Antes competía en categoría máster. En discapacitados recién comencé en el 2001, porque había la mentalidad de que uno tenía que estar en silla de ruedas. Parece que no tuviera nada, pero de cerca tengo una discapacidad tremenda”.

Atleta de competencia desde 1974, en 1977 ingresó al Ejército peruano, y en 1984 cayó de ocho metros de altura mientras trabajaba en Tumbes, en la vigilancia de la frontera con Ecuador. Pese al dolor en las piernas –que más tarde resultaría ser una fractura de tibia y peroné–, Pompilio permaneció en el puesto de Los Limos. “Me quedé para evitar que dijeran que tenía temor de quedarme, y el mal se convirtió en crónico e irreversible”.

La lesión afectó el nervio ciático y, más tarde, derivó en la esclerosis múltiple que hoy apenas le permite competir. Retirado de los másters, desde hace unos años solamente compite en los torneos para discapacitados, por el peso de los equipos. El disco reglamentario de los atletas “convencionales”, como los llama Pompilio, pesa 2 kilogramos; el suyo, solamente un kilo, como el disco de las mujeres. Una de las muchas cosas que cambian con la discapacidad. “Como atleta convencional, en jabalina lanzaba 70 metros y ahora 42, 43. En bala lanzaba 14 metros con una bala más grande, y ahora 11.72 con la pequeña. Cuando eres un atleta convencional y tienes una discapacidad, te quedas en el estado anterior y dices ‘esa no es mi marca’. Algo queda un poquito amargo”, confiesa.

“YO NO TENGO NADA”

Pompilio saca sus mancuernas, sus conos y su disco de caucho por la ventana y sale al patio a entrenar sus cuatro horas diarias. Para entrenar en el IPD necesitaría 10 soles diarios de pasaje, 300 soles mensuales que no se puede dar el lujo de pagar. Además, la poza donde entrenaba malogra el material, asegura. “Como Phelps, que se entrenaba en Baltimore en lugar de estar con la selección, yo entreno en mi parque”. La preparación para la competencia del 3 de septiembre se concentra en los hombros, el pecho, la espalda y los abdominales, que trabaja sobre una banca de cemento. “Soy el atleta más veterano de la prueba compitiendo con muchachos de 18, 20, 25, 30 años, que están en su plenitud. Por eso me entreno fuerte. En el Ejército aprendí que se entrena en la paz para no sufrir en la guerra”.

Gianlucca y Giuliano, sus mellizos de 5 años, llegan del colegio al poco rato y lo ayudan en su entrenamiento, recogiendo el único disco que su papá tiene para lanzar y colocando los conos para medir la distancia. “Después saco la jabalina, que tiene 2.52 m y, como no tengo wincha, mido jabalinas, agarro la calculadora y saco la distancia”, explica.

Tal vez le hace falta, pero Pompilio no pide nada más del Instituto Peruano del Deporte (IPD). “Es una cuestión de adaptarse. Recién desde los Guadalajara 2011 nos están apoyando con los costos de viaje, y es un avance”. Además, tiene un entrenador en Lima con el que se comunica telefónicamente, repasa la técnica del lanzamiento en YouTube y tiene a su lado a su esposa Marcia Zanelli (enfermera de EsSalud), la única que trabaja en casa y la que le da fuerzas para continuar.

¿Hasta cuándo? “Si llego a Río puedo decir que cumplí”. Uno podría creer que a los 55, el pico deportivo ya pasó, pero Pompilio piensa distinto.

La meta es una medalla, como la de su ídolo Óscar Pistorius –“¡corre los 400 metros tan rápido como Acevedo!”–, como la de la lanzadora de disco cubana Liiudys Beliser, a la que conoció en Atenas. “Ahí aprendí mucho porque dije ‘soy el pobrecito’, pero me encontré con personas que no tenían piernas y nadaban o saltaban 7 metros en largo, saltadores de alto de más de 2 metros con prótesis. ¡Yo no tengo nada! ¡En absoluto!”, afirma. Premisa de ganador.

 


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