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Opinión “Cada vez que voy a Puno pienso que la condición humana es como la del escorpión: tarde o temprano suelta el agujión”.

¿Pepita de Oro o Grano de Café?

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LIMA, 18 DE AGOSTO DE 2012

A Paolo Gabrielle, quien fuera secretario de Ratzinger hasta hace unos meses, no le fue suficiente con sustraer documentos secretos de Su Santidad y regarlos entre la prensa. Había que hacer la cosa más florentina, robarle al Santo Papa algunos de los invaluables regalos que había recibido de personajes insignes de todo el mundo. Así, en la requisa realizada por la Policía en el departamento de Gabrielle se encontraron exquisiteces entre las que destacaban una edición de la Eneida del siglo XVI y una enorme pepita de oro, obsequiada por el empresario puneño Guido del Castillo. La pepita probablemente haya sido extraída en Sandia, más exactamente en Ananea, aún más específicamente en el cerro Rinconada, donde dicen que está el infierno en la tierra. Un campamento donde trabajan más de treinta mil personas a las que sumando las prostitutas y los comerciantes se llegan a las cincuenta. A seis mil metros de altura sobre el nivel del mar, esta mina se enclava en un nevado, uno de los lugares más fríos del planeta para la vida del hombre. Un nevado cuyo entorno urbano es tierra de nadie, allí no entra la Policía ni ninguna otra institución. La bala corre. Un pedazo de infierno donde cada vez que se inicia una nueva explotación, se realiza un sacrificio humano que todo el mundo ve pero nadie reconoce.

Cada vez que voy a Puno pienso que la condición humana es como la condición del escorpión: tarde o temprano te terminará hundiendo el aguijón. Es que Puno es un territorio de dimensiones extraordinarias, cuna de una de las seis civilizaciones de la humanidad, sede del lago navegable más alto –y bello– del mundo, lugar para la expansión de antiquísimas culturas que han dejado expresiones vivas de una sofisticación única. Desde los waru waru para crear microclimas y sacarle cultivos a la pampa, hasta los putucos de Taraco, construcciones piramidales de adobe, sin cimientos ni estructura. Puno es lugar de domesticación de especies de flora y fauna, de elaborados textiles (los de Taquile tienen categoría de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad otorgada por Unesco), de complejas técnicas para la seguridad alimentaria, de un repertorio inacabable de música y danzas que en ciertas fechas del año se desatan por las calles de las ciudades como ríos de color y creatividad. Pero Puno más tarde o más temprano te pone por delante lo más dramático de la ilegalidad, la informalidad, el malditismo.

Cuando en el año 2009 el Perú incrementaba su PBI en 0.9% en relación al año anterior, Puno lo hacía en 3.4%. Las actividades más potentes de la región, según el BCR, son la agricultura, el turismo, la minería. Pero claro, en estas cifras no figuran la verdadera minería, el narcotráfico ni el contrabando. No existe manera de calcular cuánto dinero mueve la culebra en un periodo determinado. Para quien no lo sabe, la culebra es una hilera de sesenta, setenta, cien camiones que se desplazan los miércoles y los sábados por la carretera que une Juliaca con Tilali, en la frontera con Bolivia. Esta culebra lleva como adelantados, grupos de camionetas 4X4 ocupados por individuos armados hasta los fondillos con AKM y metralletas. La Policía tiene dos opciones frente a la culebra, o la coimea o se deja coimear. Un cálculo reciente estima que el sueldo de un policía se cuadruplica si es que lo mandan a vigilar la carretera Juliaca, Huancané, Moho, Tilali. Los citados datos del BCR parecen tomados de Suiza, sobre todo si tenemos en cuenta que el 96% de los 72 millones de dólares que exportó Puno el año pasado, corresponden a una minería que en los papeles no existe.

A seis horas trepando monte desde Putinapunku, en Sandia, estuve en el cafetal de don Raúl Mamami. Él es uno de los cinco mil socios de Cecovasa, la central de cooperativas que agrupa a pequeños productores de café y que hace poco se dieron a conocer porque su producto Tunki fue catalogado como el mejor café del mundo. Don Raúl, sus tres hijos y su mujer se desloman trabajando en las dos hectáreas que tiene su fundo. Aparte de Tunki, don Raúl está produciendo con la marca Uchuñari, hoy por hoy el café más caro del mundo, el kilo se vende a treinta dólares. La rutina laboral de Mamami y su familia resulta monumental, pero ellos ya están capitalizándose con unos quince mil dólares al año. Cerca, en el Bajo Inambari, los cocaleros producen una hoja que según se comenta, es el insumo para la mejor cocaína del mundo, la juliaqueña. ¿Qué hace el productor? Siembra, cosecha cuatro veces al año y espera. El sistema hasta le pone al comprador en la chacra. El escorpión levanta la cola. (Escribe: Rafo León)

 


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