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Edición 1976

17/May/2007
 
 
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Testimonio Inicio del primer capítulo de las memorias televisivas de César Hildebrandt.

La Cámara del Terror

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Hildebrandt en Pulso, destacando como panelista de Alfonso Tealdo.

La primera vez que estuve en un set de televisión fue en el programa de Juan Sedó. No tenía edad para saber que era un programa espantoso y nunca supe por qué estuve allí junto a otros niños idiotas que hacían fila para presentarse, pero allí estuve y es hora de admitirlo. Nunca me tentó, sin embargo, llevar a alguno de mis hijos a hacer lo mismo con el tío Johnny, el del vaso de leche, el saco a rayas y la sonrisa a la plancha dental, sucesor de Juan Sedó en Canal 4 y antecesor de Yola Polastri, la que llegaría a ser hermana, madre, abuela y tatarabuela inmortal de los aterrorizados niños del Perú. La segunda vez fue muchos años después, cuando el viejo Alfonso Tealdo me invitó a formar parte de su panel en el “Pulso” original, no el adefesio que en estos tiempos se transmite, a manera de remedo, por lo que queda de Canal 5: una pandilla de sobrevivientes, bustos 36B parlantes y debedores de deudas eternas con pistola al cinto. Éramos un montón en esa escuadra y el asunto era esmerarse en hacer la pregunta más fregada, más vistosa y más corta. Estaban, entre otros, Ricardo Müller –un tipo buena gente siempre y cuando no estuviera bebiendo o inhalando–,que era de los mejores preguntando; Manuel D’Ornellas, un colega entrañable y talentosísimo que terminaría su carrera desfigurado por la lepra del fujimorismo y que en ese “Pulso” hacía las preguntas más noticiosas; César Arias, que a veces aburría como un rosario murmurado y que en otras ocasiones la achuntaba con un gancho al hígado; y, bueno, estaba este escriba que era jefe de redacción en “Caretas” y se esmeraba todo lo que podía en documentarse para acuchillar con recortes de declaraciones antiguas y contradictorias al invitado de la semana. Grabábamos en un estudio caluroso y el asunto era hacerse talquear la cara antes de hablar para no salir dando náuseas. A veces, sin embargo, a Müller, que trabajaba para Baruch Ivcher, le brotaban gotas gordas de estirpe bíblica que le daban al negro de su piel un cierto aspecto de beduino en marcha. Cuando eso sucedía, Tealdo llegaba a interrumpir la grabación, ordenaba secar y empolvar a Müller y mandaba continuar con la misma voz de pito que siempre tuvo y que parecía tan aguda como su inteligencia.

Tealdo fue un maestro del periodismo porque jamás quiso enseñar, que de eso se trata con los verdaderos maestros.Había sido un escritor de polendas, un bohemio irreductible, un borracho perdido y siempre, sin importar cómo estuviera, un periodista que olía la trufa blanca así estuviese a un kilómetro. Fue uno de los nuestros y de los más brillantes y pasó de la prensa escrita a la radio y de la radio a la tele sin perder la compostura ni el brillo. Terminó los años que le tocaron en la ruina, maltratado por Panamericana Televisión, olvidado por la envidia y ninguneado por el país que lo había exprimido sin recompensa alguna.

Pero en esa época Tealdo era el capitán de la tele y nosotros, los del panel de “Pulso”, su marinería. Un día nos avisaron que el invitado era Raúl Ferrero, un abogado buenmozo y de éxito que acababa de fundar un partido político que, según se decía, pretendía heredar la clientela de Acción Popular. Era un hombre sin pasado político que publicaba artículos de connotaciones jurídicas en el diario “Expreso” y que nadie sabía por dónde agarrar. Faltando un día para el encuentro, me llegó un sobre de la oficina de Manuel Ulloa, mandamás de Acción Popular y custodio financiero del partido de Fernando Belaunde. Dentro del sobre había un libro y dentro del libro una página señalada con un marcador y varios párrafos pintados con un resaltador. El libro venía acompañado de un artículo que Raúl Ferrero había publicado en “Expreso”. Bastaba leer los párrafos marcados en el libro y compararlos con los del artículo para darse cuenta de que se parecían como una fotocopiadora se parece a otra fotocopiadora de la misma marca y modelo. El asunto era que el libro se había publicado diez años antes que el artículo: Raúl Ferrero acababa de morir como un nonato más de la política peruana.

Y, en efecto, murió en el set de “Pulso”. Confrontado con el plagio, se puso verde retama, primero, y amarillo desvaído, después, balbuceó una respuesta que contenía las frases “demasiadas ocupaciones” y “omisión de cita” y entró con todos los honores al panteón de las jóvenes promesas interrumpidas por un hallazgo perverso. Al terminar la grabación, Tealdo se me acercó y me dijo: -Lo mataste. ¿De dónde sacaste el libro? -Me lo dio alguien pero no te puedo decir quién. En efecto, Manuel Ulloa me había hecho prometer que jamás diría que fue él quien me envió el misil que mató al que hubiera podido ser el otro Belaunde. Después me enteraría de que Ulloa había contratado a un equipo de sabuesos para que rastreara todo lo imaginable de aquel enemigo expectaticio. Dos meses después de hurgar en todas partes, alguien de la jauría gritó ¡Eureka! -bueno, algo mucho menos académico que eso, algo así como “lo tenemos cogido de los huevos”- al tropezarse con la copiandanga. Y meses después, Belaunde Terry ganaría las elecciones para ejercer por segunda vez el mando del país. A la hora de morir de lesa fama, Raúl Ferrero tenía el 5% de intención de voto. ¿Hubiera cambiado la historia si hubiese seguido en carrera? ¿Habría aprovechado el hirsuto Villanueva del Campo la división del centro en dos candidaturas? Nadie puede decir nada al respecto, pero lo cierto es que Manuel Ulloa me convirtió en asesino y que yo estuve muy a gusto apretando el gatillo. ¿Lo haría de nuevo? Sin duda, porque, más allá del hecho de ser utilizado, estaba el hecho pétreo del plagio y de lo que eso implicaba como demostración de deshonestidad.

(...)

Los bonos de este escribidor, entonces, subieron como la espuma. Y de resultas de ese homicidio figurado y de algunos otros asaltos exitosos a diversas reputaciones, me llamaron del Canal 4.

Querían que dirigiera la cobertura de la jornada de 1980 y que me dedicara a la producción de un programa político. La propuesta me la hicieron, a dúo, Mauricio Arbulú y Nicanor González en aquella oficina alargada que olía a humo de cigarrillo y frente a la cual hacían cola, con sus peticiones bajo el brazo, los gerentes de todas las áreas. Pero aceptar la propuesta de América Televisión suponía cortar mi vínculo con “Caretas”, la revista a la que le debía casi todo.

Tiro al Blanco

Aforismos y dardos venenosos del autor para algunos personajes.
- Bryce es muy severo cuando hace valer su copia-right.
- A García casi se lo lleva la corriente del niño.
- Era tan rastrero que se hizo subterráneo.
- La única santa cerca de Laura Bozzo es Santa Mónica.
- Cuando se encierran con el productor, las novatas de Hollywood siempre ven estrellas.
- La poesía es el verdadero tigre de papel.
- Nadie estudió tanto para ser nada como la Chichi Valenzuela.
- Los criminales nazis siempre tuvieron argumentos gaseosos.
- El mayor peruanismo revelado por Martha Hildebrandt es su oportunismo.
- Los Picasso siempre tuvieron la cartera pesada.
- Si José Martí resucitara mandaría fusilar a Fidel Castro.
- Hay diarios a los que les vendría muy bien venderse menos.
- Mónica Delta estuvo a punto de casarse con un teleprompter.
- Quien a yerro mata a yerro muere.
- Chirinos es un feo contumaz.
- Fujimori volaba en un avión a propulsión a choro.
- Magaly Medina nació en el barrio de la Boca.
- Cuando la dictadura de Castro caiga Pablito Milanés dirá que su apellido era en realidad un gentilicio.
- Para los pobres el erotismo consiste en parar la olla.
- A la silla de ruedas de Pinochet debió ponérsele un enchufe.
- Parecería que los Mercedes inventaron las autopistas.
- La experiencia es el premio consuelo del éxito.
- Alan Wong no es un nombre: es un dilema.
- Si la mala uva se cosechara el Perú sería una potencia vitivinícola.
- Las putas tienen un punto de vista.
- Mónica Lewinsky era una santa: siempre creyó en los puros.
- La pequeña historia contada por los grandes bribones: el resumen de cierto periodismo.
- Las vírgenes siempre están dispuestas a renunciar.
- El fracaso es la última escena.
- Cuando los negros se violentan prefieren el arma blanca.
- Hay poesía que parece mala traducción.
- Los huevos revueltos deberían estar prohibidos.
- Fernando Botero sigue diciendo que Beatriz Merino es escultural.
- A Alvarito Vargas Llosa se lo comieron los gusanos de Miami.
- Con Luis Giampietri el PBI ha crecido enormemente.
- Los países más desarrollados tienen caja de cambios.
- Cipriani fue al teatro y se quedó maravillado con la Obra.
- “Pienso, luego existo” es lo que dice la manada.
- Los perros siempre van decididos a ninguna parte.
- Los críticos odian lo que no entienden y reverencian aquello que creen haber podido escribir.
- La filosofía consiste en decir en difícil lo que de todos modos resulta incomprensible.
- Se llamó prensa amarilla por el Chino.
- Detrás de una gran lesbiana siempre hay un gran hombre.
- Las ninfómanas son una variante de la cacofonía.
- La depresión consiste en conocerse.
- Laura Bozzo es un virus en cualquier programa.
- Gisela Valcárcel es rubia en edición pirata.
- La nada sólo asusta a los que son parte de ella.
- Fujimori no tenía mouse en su computadora porque no quería a la competencia cerca.
- Las mujeres frígidas muerden el polvo de la derrota.
- Los locos siempre están de vacaciones.
- El buen divorcio empieza con un entendimiento.
- El sashimi tiene algo de autopsia.
- Montesinos ganó la pelea en diez asaltos agravados.
- A un tirano con Parkinson todo el mundo le tiembla.
- Algo me dice que, en el amor, Madonna gime en play back.
- El infinito no debería fijarse en tanto idiota. (César Hildebrandt).

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