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Edición 1976

17/May/2007
 
 
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Testimonio Arde la pantalla con La Cámara del Terror, las incendiarias memorias televisivas de César Hildebrandt.

No Toque su Televisor

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“Cuando pudo ser poder, el APRA siempre tuvo un discurso de izquierda y un accionar de derecha.”, cree Hildebrandt. “El APRA de hoy se ha reconciliado con su historia”.

“¿Qué es esta carcasa?”, pregunta César Hildebrandt al desplomarse sobre su sillón. “Debe ser La Ventana Indiscreta”, sugiere mientras extiende sus piernas sobre la máscara del televisor y abre un libro. Se acomoda y lee a voz en cuello unos versos chilenos contra el Perú. La biblioteca de Hildebrandt incluye todo Basadre y todo Mariátegui. Mucho Rilke y Javier Heraud. Los ensayos de Antauro y los cuentos de Garrido Lecca –ideales para leer en Marcahuasi–. Hai excomunión contra cualesquiera personas enagenaren algun libro de esta biblioteca sin que puedan ser absueltas, reza la reproducción de una placa medieval que resguarda su librero. De pronto, la carcasa se abre en dos.

–¿Qué advertencia le daría a quien quiere entrar en la televisión?
–Que entrar a la tele es pasar por Mendocita. O sales vivo con lesiones o sales pastrulo sin lesiones. Sales muerto, herido o contuso, pero no ileso. Hemos permitido que el concepto de televisión privada sea entendido como algo arbitrario.

–¿Cuál ha sido el mejor broadcaster con el que ha trabajado?
–Nicanor González Urrutia. Un tipo liberal, decente al menos conmigo. Un maravilloso playboy de los cincuentas. Irresponsable, coleccionista de arte, hedonista: fue nuestro Porfirio Rubirosa. Fue tan irresponsable que se quedó sin el canal que le dio su padre.

–¿Y el resto? Son de la misma especie.
–Exacto. Es complicado escoger. Son clones, son ídems, son repetipuá, como decía Guido Monteverde.

–Usted es pariente de la viuda de Monteverde.
–Claro, soy primo de Paquita. De muchacho fui negro literario de Guido Monteverde. Lo ayudaba a hacer sus columnas de espectáculos. En otra ocasión, cuando cerraron CARETAS, hice taxi. Son mis dos únicas gestas heroicas, además de aguantar una balacera en San Salvador y entrevistar a Yasser Arafat en Beirut.

–¿Quién fue su maestro como entrevistador? Alfonso Tealdo, ¿no?
–Sí, claro. Y de todos los de mi generación. Murió en malas condiciones. Murió como se muere en el Perú.

–¿No le teme a la muerte peruana?
–He sido menos temerario que Alfonso, quien era un anarquista de sí mismo. Un maravilloso personaje bohemio, escritor, preguntón e insaciable. Él inventó la entrevista impertinente en televisión, cuando antes Raúl Villarán ensayaba cuatro rodeos y dos circunloquios sólo para preguntarle a Luis Banchero cuánto dinero tenía. Si la hubiese patentado, Tealdo hubiese ganado mucho dinero. Fue nuestra Oriana Fallaci con voz de pito.

–Pero eso fue en Pulso. Usted llegó a la televisión primero como libretista. ¿De ahí le vino la vena libelista?
–Sí, fui libretista clandestino de programas cómicos. Y es cierto, tengo una vena libelista –más bien Hidalguista– que a veces hace un golpe de Estado y me gobierna. En mi libro hay una sección que actualiza las Biografías Lapidarias del diario Liberación. También incluyo mis Historias Kafkianas. Los ajustes de cuentas, si los hay, estarán en esas dos secciones. Finalmente existe una sección de mis aforismos o frases estúpidas llamada Tiro Al Blanco, un poco en la clave de las greguerías de Gómez de la Serna o los sinlogismos de Sofocleto. Esos tres apartados, además del relato principal, forman la estructura del libro.

–¿Qué personajes incluye en sus memorias?
–Existen biografías en clave sobre personajes de la televisión actual. Hay, por ejemplo, el relato de una llamada telefónica pundonorosa. Me dará mucho gusto cuando ella se identifique. Está también Baruch Ivcher en una biografía que es, además de no autorizada, absolutamente irresponsable.

–Desaparece de los medios y escribe un libro. Sucedió algo similar con su anterior libro Memoria del Abismo.
–Ahora practico la literatura a escondidas. Nunca más publicaré sin estar satisfecho. Ahora trato de cumplir mi compromiso con Planeta. Estoy fuera de fecha por más de 30 días. Aquella vez me largué porque no me gusta mendigar. Se me cerraron todas las puertas, tenía que comer. Ahora las puertas también se me han cerrado. No sólo en la televisión, sino también en buena parte de la prensa escrita. Yo debo ser un muerto civil para los intereses de muchos. Yo necesito morir, yo debo morir.

–En su libro, ¿qué personaje es protagónico?
–Un personaje central del libro es Laura, nuestra Laura Bozzo. Porque el libro tiene un propósito: recordarnos el fujimorismo. Recordarle a la gente cuán miserable fue ese gobierno, cuán repugnantes fueron sus voceros, y cómo envileció la democracia. Existe una amnesia colectiva. Es momento de recordar quiénes fueron los que contribuyeron mediáticamente a esa plasta, desde Carlitos Álvarez el imitador hasta algunos muertos ilustres que no por muertos dejan de ser canallas, como Miguel Aljovín.

–¿Los pseudónimos implican unas memorias noveladas?
–No son ficcionadas, no habrá nada inventado. Son unas memorias libres en el sentido en que la memoria lo es. Siempre es un recuerdo arbitrario, selectivo y por lo tanto narcisista. He tratado de evitar el narcisismo, cosa que me cuesta mucho, como usted comprenderá. He intentado hacer un recorrido por mi vida y muerte en la televisión.

–¿Una muerte con resurrección? Ya tiene un libro, volvió a la radio, quizás también a un diario…
–No hay ninguna relación con La Primera. Ese diario lo ha comprado Martín Belaunde, un hombre muy próximo a Ollanta Humala. Yo no podría ser director de un periódico de Humala, no soy humalista ni reservista. Es absurdo, es una noticia errática. Lo que sí existe es un proyecto de diario con gente plural, como el secretario general de Acción Popular (N. del R. Alberto Velarde), Javier Diez Canseco y alguna otra gente que desea un diario que se aparte de la partitura central de los periódicos.

–Que se aparte de la derecha anchoveta, digamos…
–Sí, de quienes en vez de hacerse el sueco se hacen el suizo. Es una prensa que pretende hacer del programa de la derecha un mito inamovible, casi un decálogo. Es decir, junto a Newton está casi casi mi amigo Aldo Mariátegui. Mientras sale lo del diario está la radio, donde espero ya no haya problemas comerciales ahora que compré el espacio. Espero que tampoco haya represalias políticas.

–Imagino que espera sacar el diario con ansias. En su libro de entrevistas, Cambio de Palabras, asegura que su medio siempre será el escrito.
–Siempre. La televisión es una mascarada, no le guardo nostalgia. ¿Sabe? Sólo echo de menos su sueldo. A nivel de cobertura y potencia es lo mejor, pero ese mejor es cada vez más cuantitativo y menos cualitativo. Los últimos 15 años han sido los peores de su historia. Podrida por Montesinos, acobardada por sus intereses. Mientras Montesinos podría a la prensa que podía, ¿qué hacía la que no visitaba el SIN? Pedía en un editorial del año 2000 una tregua para que Fujimori asumiera su tercer mandato en paz social. No nos hagamos los tetudos. La prensa está en manos de pi-ra-tas que la han convertido en lo que Hollywood sería si Troma Producciones –la mayor fábrica de películas B– se apoderara de sus estudios. ¿Acaso el dueño de Bavaria tiene algo que ver con la prensa? Y sin embargo su peso es decisivo en América. ¿Alguien cree que Ángel González, dueño de Canal 9, no es sino un Francis Drake contemporáneo?

–La prensa está desprestigiada. Para muchos, usted es un periodista respetado en un país donde no se respeta a los periodistas. ¿Es un triunfo pírrico?
–Corporativamente hablando somos un descrédito institucional. Estamos muy infiltrados. No se olvide que periodistas han sido Pepe Olaya, Moisés Wolfenzon, Owen Castillo. Toda la morralla que sirvió a Bresani y Borobio. Es un gremio infestado de tiburones y rémoras. Por eso, como a todos, se nos debe juzgar uno por uno. Sobre todo en televisión.

–¿Ve televisión? ¿Otea el televisor?
–Hojeo la tele, para decirlo con melancolía textual. La hojeo siempre con la defensa del control remoto en la mano, como aplicando DDT en spray. La tele que veo no me gusta. No me gusta ese periodismo que nos hace creer que los patrulleros y la sirvienta de la Canchaya son la agenda. Es interesante entre comillas, pero finalmente banal.

–Supongo que le pica la mano por escribir sobre temas como ése, Epopeya, los plagios o el TLC…
–Claro, pero he tenido que callar. Recuerdo haber descubierto el plagio de Fernando Iwasaki, pues me mandan muchas tesis. Pero él tuvo la dignidad de irse. En otros funciona la ecolalia: si Alfredo Bryce niega, Alonso Cueto niega. La cofradía literaria es como la cofradía periodística. Son los chicos de La Trattoría. Por supuesto que espero sus comentarios sobre mi libro. Uno publica para ser acribillado. Uno publica como San Sebastián, para ser asaeteado. En este país, todo lo que hagas será materia de emboscada.

–Seguramente le habría dedicado una columna a José Watanabe.
–Es sin duda el mejor poeta de su generación. Pero, ¿por qué lo decimos cuando muere? Ya le pasó a Paniagua. Quizás Vallejo se murió para ver si en el Perú lo querían un poco más. Cuánto beneficia la muerte en el Perú. Qué solicitada es la muerte por algunos.

–Ahora que dice haber muerto en televisión, ¿con cuál de sus programas se queda?
–Todos fueron mis pseudónimos. Me quedo con uno de Canal 9 llamado Hora 25. Ahí entrevisté a tenores, músicos, escritores. Gente que escapa a la coyuntura y que pasará el test del óxido. Probablemente lo que quede de mi paso por la tele es una manera de decir “no”. Esa debería ser una cátedra en las facultades de periodismo. Estaría satisfecho si alguien me recuerda así: como ese señor que dijo “no” muchas veces. (Carlos Cabanillas)

Magaly vs. Gisela

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A propósito de la libertad de prensa, la privacidad y los ampays.

“En una maratón de 8 mil personas no puedes reclamar privacidad. Si además te llamas Gisela Valcárcel, e ingresaste a la fama luciendo tus virtudes en un programa cómico absolutamente arrabalero, entonces ese derecho se hace aún más cínico. La señora Gisela, quien transmitió su matrimonio por televisión, no tiene autoridad para reclamar privacidad. Es cómico. La señora Bolocco no reclama privacidad ahora que está calata. Y Menem, convertido en un toro Miura, tampoco reclama privacidad. La privacidad tiene el lindero físico de tu dormitorio. En mi opinión, casi todo es de relevancia pública. Si el príncipe Harry está borracho –como estuvo– y lo publica The Sun, ¿acaso la casa Windsor puede esgrimir la palabra “privacidad”? Emborracharse es un acto privado, pero de consecuencias públicas. Ahora, que un fotógrafo saque un carné caduco y no uno vigente dice mucho de la revista donde trabaja, y del mismo fotógrafo. El programa de Magaly no tiene escrúpulos ni barreras, y nadie se las pone. No le doy la razón a ninguna de las dos partes. Si fuera juez, castigaría a ambas”.

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