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Edición 1957

28/Dic/2006
 
 
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2do Premio

Mala Pata

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Cuando escupiste el último enjuague, unos hilos de sangre coagulada salpicaron el lavatorio. Buscaste en el espejo un reflejo de tu cara y sonreíste al no ver cortes o hematomas. Habías prometido a tu vieja nunca tener una cicatriz en el rostro, porque era una cara bonita y a ella le gustaba, igual que prometiste dejar las andadas y aplicarte en los quebrados, pero como eso último siempre te pareció de otro planeta, la cara intacta es tu mejor homenaje. Te estás haciendo viejo, tigre. Una costilla rota, un tajo en el vientre… ahora tus saltos son más cortos, esa zurda no es la misma, de veras, ya estás viejo; pero recuperaste la pose de cowboy y saliste tragándote las ganas de llorar.

El capitán Rivas Santander repasó tus últimos arrestos, esa vez habló con un tono distinto, siempre con esa voz aguda de trompeta desafinada, con ese timbre como de niñita que contrasta con su fornida contextura, pero amable, con cariño. Entonces comprendiste que no hablaba como capitán, que había recuperado su voz de primo y eso te gustó. Era el único pariente que valía la pena, que no hacía preguntas, y si te trataba como a los demás desocupados era por cumplir con su trabajo. Siempre fue un chancón. Aunque a veces te hubiera gustado que más tarde, a solas, se sentaran a conversar de las cosas de antes, de los goles de Cubillas, de los veranos en Ancón… ¿Viste? Ya estás viejo, tigre. Igual que tu primo capitán, tu primo el Nano, que de pronto soltaba un recuerdo para hilarlo con algo trivial; lucía acalorado, nervioso, como cada vez que lo agarraban de punto en el colegio y comprendiste que estaba en problemas. Cuando al fin habló, supiste lo del coronel. Qué pendejo, ¡nadie le dice en público “voz de marica” a tu primo capitán y menos cuando no se puede responder! El Nano había luchado para llegar a la final del campeonato interno, para volver a verle la cara y ajustar cuentas como hombres, pero su equipo no daba para más. Por eso era importante que estuvieras, por eso dijiste sí y él te atrasó.

Te dejaron a solas en el baño, con jabón de pepa, champú en sachet y desodorante de bolita. El agua no corría por tu piel, se quedaba estática formando unos gotones sobre la grasa acumulada, pero la escobilla hizo su trabajo y así recuperaste las pecas y la barba, que era roja, y así se fue por el drenaje tu traza de pordiosero maloliente. Cuando cambiaste el apósito del abdomen, el tajo te pareció una sonrisa cachacienta. Nadie debía notarlo, esa noche ibas a jugar. Improvisaste vendas con la ropa sucia para asegurar la costilla rota y cuando te dieron el uniforme de teniente, la gorra caló perfecta.

Pronto estuvo listo el resto del equipo: un sargento regordete, tres cabos enclenques y el vendedor de chupetes, repentinamente convertido en alférez de primera. Al llegar les asignaron un camerino salpicado de aserrín. El amoniaco de los retretes perforaba hasta las sienes, pero nada de arrugar. El Nano dijo que serías armador y la expectativa te pegó en el rostro, ese rostro ahora limpio, como le gustaba a mamá.

Unos reflectores iluminaban aquello que podía ser el patio de una cárcel o un gran hoyo en cualquier sitio. Estallaron fuegos artificiales, sonó la banda militar y apareció el coronel Castañón: los brazos en alto, las piernas fofas, velludas, varicosas. Desde su idiotez les dedicó una mirada de desprecio y tú le devolviste un gesto parecido, como hacías siempre que tu viejo te pegaba, como cuando te trompeaste con dos gringos por burlarse de la voz de tu primo en Disneyworld. ¡Qué día! Un guardia tuvo que parar la gresca, parecías una fiera desollando a sus presas. El incidente decidió que Nano entrara a la Policía y fue la primera vez que te arrestaron. Bueno, te confinaron a una esquina del galpón de niños, que para efectos penales es más o menos lo mismo. Caray, qué tiempos… Luego vino la univerisdad. Te espantaba la idea de ser como tu viejo, respetable, con secretaria e hipertensión. Odiabas la corbata, las sonrisas de diseño y cuando mamá murió, perdió sentido resistir. Sí, ella te entendía, te apañaba, pero tus hermanos no, tu viejo tampoco, así que los mandaste a la mierda y te mandaste mudar. Por ser blanco y tener cara bonita te jodieron duro los zambos de Surquillo, pero el abandono también tiene sus reglas y te abriste camino con patadas, con botellas, con pelea. ¡Imagínate, un Rivas Santander! Fregado, pero dueño de tus días.

El sonido del silbato te sacó de los recuerdos. Cabeza fría, pelota al ras. En el primer corner te dieron un codazo en las costillas, pero quedaste quieto, sin chistar. Preferiste la venganza robando balón, esquivando a uno, a dos. El túnel de ida y vuelta al coronel no lo planeaste, pero mereció murmullos en la hinchada y pronto cayeron dos para patearse. Antes serviste para el alférez, que la dejó pasar, y el Nano disparó tremendo cañonazo. ¡Gol, carajo! Pero siguió un penal en contra sin chance a discutir. Te dolía todo, ¿verdad? Igual empezaste a arengar, seguiste jugando en pared, entendiéndote con Nano, indicándole al alférez y todos te veían sangrar, teñido de rojo hasta las piernas. Que el tajo se las arregle, dijiste, no querías salir. Cuando burlaste al coronel, un sacudón te dejó aturdido. Te había estampado un puño en la cara y ahora lucías un pómulo entreabierto. Entonces pensaste en mamá y un arrebato enajenado infló las venas de tu cuello, el incendio de mil ciudades crepitó en tus ojos. Qué miedo, tigre… Avanzaste en pared con el sargento regordete, con el Nano, con el cabo, con el vendedor de chupetes y les pasaron por encima hasta quedar solo frente al arco. Sólo tenías que empujarla y anotar, pero viste al coronel que llegaba iracundo y malgeniado. Giraste sobre los talones, reuniste toda la cólera del cielo y en ángulo perfecto le estampaste el balón contra la cara. Sus ojos se entornaron y Castañón quedó tendido, sin sentido y sin respeto en ese asfalto gris lleno de flemas.

Un grito feroz estremeció la cantera. El tajo se abrió como una flor y caíste de rodillas. Primero hubo silencio, después una revolución. En medio del vacío que dormía tus sentidos, en medio de la niebla que se lo llevaba todo, alcanzaste a oír al Nano y su voz de fiero capitán: ¡Que saquen a la gente, que traigan un doctor! Y los guardias acataban su rugido de león. Qué bien comanda tu primo capitán. Tu primo que lloraba al verte así, con lágrimas en los ojos, con aire de campeón, y en un instante recobraste los feriados bonitos, los días con mamá, los dolores subieron a la cabeza y fue como estallar. Mala pata, tigre. Te fuiste de costado, despacito y sin permiso, con el humo en el cañón, con el alma en los zapatos, como se iban del pueblo los cowboys. (Giancarlo Cappello)

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