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ARTES & ENSARTES 20 de enero de 2005
Por LUIS E. LAMA

Crossover
n
Obra de Miguel Aguirre en galería Wu Ediciones.  

UN par de años atrás, en una visita al Louvre, compré un video sobre "las primeras películas coloreadas", que reunía dos de mis pasiones: el cine y la pintura. Los autores se habían encargado de pintar cuadro por cuadro a cada película, haciendo evidente que desde su nacimiento el cine -como la fotografía- miraba a la pintura intentando nutrirse de ella. Con los tiempos las disciplinas se fueron independizando e influyéndose recíprocamente hasta llegar a la actualidad, cuando en materia de arte es imposible definir con precisión manifestación hegemónica alguna.

Así, por ejemplo, en los años 50 el cine, al igual que la pintura, se volvió abstracto con películas experimentales de Brakhage y Mac Laren. Posteriormente Aaron Siskind hizo de las pintas de Lima la más coherente serie sobre expresionismo abstracto que haya visto en fotografía alguna. La actual interacción no sólo se aprecia en la relación entre pintura fotorrealista y fotografía pictórica, pues en cuestiones de cine las cosas no son tan distintas. Si bien éste ha servido de partida a innumerables pintores, las películas a su vez se apropian de la historia del arte para hacer citas cada vez más explícitas para un público visualmente entrenado.

Es necesario admitir que el grado de vampirismo interdisciplinario ha ido variando con los tiempos. Recuerdo que en 1955 Minnelli filmó "Lust for life", en la que intentaba recrear con "creativa" fidelidad la vida y obra de Van Gogh. 35 años después Robert Altman hizo Vincent & Theo marcando considerables distancias de Minnelli al evitar la reconstrucción de un cuadro, para dejar en cambio que su fotografía se dedicara a capturar la atmósfera, la luz y el paisaje. Si se comparan ambas películas se apreciará cómo ha variado de manera sustancial la aproximación al arte en menos de medio siglo. Basta ver cómo Godard, en "Pasión", abandona pudor alguno, se enfrenta a lo que entonces hubiera podido considerarse kitsch y se dedica a hacer "cuadros vivos" de Delacroix et al. para representar los conflictos de la vida y del cine en una visión, digamos posmoderna, tan cercana a su biografía.

Nos referimos a pintura-cine-fotografía a propósito de dos muestras (Aguirre-Patrucco) directamente ligadas a una integración multidisciplinaria, tan notoria, que hoy sólo es posible hablar en términos de artes visuales, relegando lo plástico a una tradición sin regreso. La primera de estas muestras, Miguel Aguirre en Frances Wu, es Road-movie, en la que reitera ese apego al cine ya demostrado en "Film Noir", una serie sobre carteles que le mereciera ser incorporado en una edición española sobre los artistas de mayor interés del siglo XXI. La obra de Aguirre aún mantiene una fuerte carga autobiográfica como ocurriera prácticamente con todas sus propuestas anteriores, como esos fotomontajes en los que él, unos 30 años después, acompañaba a sus padres en plena luna de miel.

Road-movie puede dar testimonio de la trascendencia de Aguirre. Su pintura hoy es aún más espléndida. A contracorriente con la imperante manipulación digital, él se reafirma en el acto de pintar, y si bien en sus cuadros -como bien sostiene Trivelli- hay resonancias de Rothko por las franjas que dividen la superficie, hay también una mirada contemporánea a un impresionismo decimonónico que permite una lectura melancólica sobre este desplazamiento hacia el no lugar. Es una muestra que pudiera estar formada por film stills que al congelar la velocidad difuminan la imagen, dejando apenas contornos y sugerencias. Son cuadros brumosos que envuelven al espectador, que sólo regresa a "su" realidad a través de algunas gotas de lluvia o un reflejo impredecible que hace anclarnos en ese mundo en el cual el pintor habita.

Aguirre es un artista de rigores y renuncias que en Barcelona, lejos de la molicie limeña, ha logrado una madurez inusitada que hace lejana la obra que mereciera el premio Telefónica que lo llevaría a España. Como pocos, él se desplaza con sensibilidad e inteligencia entre la pintura, el cine y la fotografía, para hacer una obra altamente emotiva en la cual todo puede tener cabida. Es un artista del tiempo. Un crossover que le llaman.

 


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