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ARTICULO 18 de noviembre de 2004
Paginas 88 y 89 de la edición impresa.


Dylan lo que Dylan
Bob Dylan, reclusivo icono generacional, decide desnudarse
el mismo y escribir su propia historia.

HAY dos cosas que nadie imaginó que Bob Dylan terminaría haciendo. La primera fue prestar su imagen para vender lencería femenina. La segunda escribir su autobiografía después de décadas de evadir la luz pública. A inicios de este año, Victoria´s Secret anunció que por la compra de un súper combo irrenunciable para cualquier mujer sensata —cinco calzones por 10 dólares— te regalaban una compilación de diez éxitos del troubadour: La campaña

irrumpió en todos los televisores estadounidenses con un spot publicitario: en un palazzo italiano, la alargada y bien dotada modelo brasileña, Adriana Lima, armada sólo de tacones y alas de plumas, desfilaba frente a un Dylan sesentón y desentendido, mientras el tema Love Sick (Harto del amor, la primera canción de su disco Time Out of Mind) sonaba al fondo. Aun así, y quizás por eso mismo, su imagen resultaba de lo más viril.

Pero este libro sorprende más que el anuncio televisivo. En una entrevista concedida al periodista David Gates, publicada el 4 de octubre en la revista Newsweek, Gates le confiesa a Dylan que éste era la última persona de la cual hubiera esperado escriba su autobiografía. "Si, igual yo", respondió el músico. Y es que, paradójicamente, uno de los iconos vivos más influyentes en la cultura norteamericana (y en incontables personas alrededor del mundo) nunca quiso que lo conocieran a través de su historia personal. Sus letras están llenas de simbolismos y metáforas. Su libro no tiene disfraces: "Cuando se escribe un libro así, uno debe decir la verdad, y ésta no puede ser malinterpretada". Hasta el 5 de octubre de este año, fecha en la que Chronicles Volume One (Simon & Shuster) se puso a la venta en los Estados Unidos, su imagen pública siempre estuvo construida sobre el misterio y la inaccesibilidad a su vida privada. Muchas cosas se inventaron entonces. Muchas de ellas las inventó él mismo. Hasta el nombre de Robert Zimmerman fue parte del juego donde al artista no le quedaron rastros de ser humano común y corriente: su verdadero nombre era y es Robert Allen.

Pero fuera de este tipo de revelaciones, lo que queda claro es que ahora Bob Dylan dice la verdad, pero no lo cuenta todo. No habla de sus encerronas con Joan Baez (quien por cierto, templadaza, ha afirmado públicamente que es un honor el que Dylan le rompiera el corazón) ni de otros romances (durante todo el libro se refiere a "mi esposa", cuando en realidad la narración atraviesa tres matrimonios). Tampoco cuenta mucho sobre el sonado desplante a Woodstock. Escribe algo como que no fue porque no le dio la gana y punto. Habla de lo que quiere y lo hace bien. Chronicles… es una conversación deliciosa, de esas que se dan cuando nadie lo planea y en la que el músico mira a su alrededor para terminar explicándose él mismo. Como en sus mejores canciones, este Dylan se va por las ramas pero vuelve siempre a la raíz de todo: la música.

n n
Frank Sinatra, la totatildad melódica. n Roy Orbison, el rockero ecléctico.  

"Cuando Frank cantaba esa canción (Ebb Tide), podía oír todo en su voz -la muerte, Dios y el universo, todo".

 

"Trasciende todos los géneros ...Con él no sabes si escuchas mariachi u ópera... Su voz estremece a un muerto".

 
   

DEL CAMPO AL CONCRETO

Todo empieza con un escenario familiar: Nueva York. Un Dylan menor de edad da un portazo al sedan Impala del 57’ que lo llevó a través de tres estados, 24 horas de viaje, hace adiós con la mano y se queda parado solo en la nieve. Era el invierno del 61 pero en Greenwich Village el mundo ardía. "Al fin estaba ahí, —escribe— en Nueva York, una ciudad tan intrincada de entender que yo ni siquiera pensaba intentarlo. Estaba ahí para encontrar cantantes, aquellos a los que había escuchado en los discos —Dave Van Ronk, Peggy Seeger, Ed McCurdy, Brownie McGhee y Sonny Ferry, Josh White, The New Lost City, Reverend Gary Davis y otros tantos— pero sobre todo, quería encontrar a Woody Guthrie. Nueva York, la ciudad que moldearía mi destino. La Gomorra moderna. Estaba al inició de todo pero no era, en sentido alguno, un neófito. " (1)

La admiración por los predecesores y el aplomo del joven Dylan se mantienen intactos durante toda la autobiografía. Habla de libros, fiestas llenas de personalidades cuando su anonimato era un lujo; recuerda los bares en los que tocaba para ganarse una porción de papas fritas; cuenta cómo descubrió a Fellini o Harry Belafonte, leyó a Tácito o Tucídides, y se encerró en la Biblioteca Pública hasta aprenderse —casi de memoria— los microfilmes de los diarios norteamericanos de 1861 a 1865, los fatídicos cuatro años de la guerra civil norteamericana. "Uno se pregunta —escribe refiriéndose a ese sangriento periodo— cómo personas tan unidas por ideales geográficos y religiosos pueden convertirse en tan ácidos enemigos (…) Todo no es mas que una larga marcha fúnebre".

Y es que para el Dylan de Chronicles… toda historia siempre cabe en una canción. Cuando escribe sobre literatura, cine, política o decoración (sus descripciones son prueba irrefutable de una memoria prodigiosa y del más refinado gusto metrosexual), lo hace como quien a la vez masticara una pajita. Su curiosidad es devoradora, pero su acercamiento al arte tiene la pureza de un niño que va por primera vez a un acuario. Usa palabras como "tipo" y "cosa" para referirse a más de una vaca sagrada. Nada está dicho. El canon no importa. Dylan se ríe de Balzac y se confiesa voraz consumidor de comerciales de Tv. Cuando habla de música, en cambio, lo hace con seriedad científica y profunda admiración. La fascinación que siente por los músicos y por las canciones se distingue del resto como un solo de armónica. Quizás las partes más bellas del libro sean rendidos homenajes a grandes artistas de la música, sobre todo del folk, género al que considera una herencia.

ACOSO EN WOODSTOCK

En el capítulo tres, un Dylan ya famoso e instalado en el pueblo de Woodstock trata de sobrellevar una vida calmada, con cereales y juguetes regados por el piso. En ese entonces sólo le importaba su familia y la música se reducía a modestos conciertos junto a intérpretes locales en pequeños bares de la zona. Pero mientras Woodstock era un sueño, Vietnam estallaba en todas partes. Estados Unidos necesitaba a su "músico de protesta" cuanto antes y el bucólico escape se convirtió en pesadilla. Muchos son los que se instalaron en su puerta y lo reclamaron a gritos. Un Dylan asqueado escribe: "Quería dispararle a esa gente. Estos invasores, intrusos, demagogos, todos ellos asaltando mi hogar, exigiéndome cargos que no me interesaban y yo sin poder echarlos. Los días y noches transcurrían con dificultades. Todo estaba mal. El mundo era absurdo. Todo me arrinconaba. Incluso las personas cercanas y queridas no me aliviaban".

Sobre el final del libro, diecisiete años más tarde (1987), Bob Dylan vuelve a atravesar una etapa crítica. Una mano herida en un accidente y la sensación de no ser el mismo cuando tocaba en vivo, lo llevan a cuestionar el futuro de su carrera: no quiere escribir ni tocar más, se siente incapaz de expresar algo real sin caer en el cripticismo.

Chronicles… fue escrito durante tres años en una antigua maquina de escribir. Dylan utilizó mayúsculas para facilitarle la transcripción a una asistente. El libro, lejos de ser las memorias de alguien que ve su vida para atrás, o la excusa perfecta para experimentar con la literatura —como lo hizo en 1966 cuando escribió una novela post beat a la que llamó Tarántula—, es el testimonio de quien mira su vida de frente, tal y como es, sin venias ni vergüenzas. El mismo lo explica como si jugara al póquer: "es como si yo tuviera el mazo, cortara las cartas, y con lo que te toca juegas". Esta partida tiene un ganador. El libro es como cualquiera de sus mejores canciones. Suena, y suena bien. (Verónica Klingenberger).

 


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