Edición Nº 1836


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ARTICULO

19 de agosto de 2004
Paginas 44 y 45 de la edición impresa.


Galardonados Mario Benites, Jesús Risco, José Enrique Falconi representando a su hijo José Luis, William Lingán (con su esposa Flor) representando a su hermano Walter, Rodrigo López, José Luis Torres Vitolas representando a su hermano Miguel Angel y Amalia Cuba representando a su sobrino Daniel Bouroncle. En cuclillas y sentados, Leonardo Aguirre, César Bedón y primer premio Andrés Cloud. Abajo, jurado María del Carmen Ghezzi y poeta Alonso Ruiz Rosas. Al lado: Andrés Cloud recibe felicitaciones del Ministro de Educación Javier Sota Nadal. Abajo: Zenaida Solís, Teresina Muñoz-Nájar y Gonzalo Iwasaki entonando himno arequipeño.

Música Para Narradores
Letras, música y tradición se reunieron en la ceremonia de premiación de El Cuento de las 2000 palabras en el Hotel Bolívar.

Pasadas las ocho de la noche del último viernes 13, un amplio y elegante salón alumbrado por estupendas lámparas de cristal -situado estratégicamente junto al bar- acogía a los invitados, amigos y, por supuesto, los premiados de esta vigésima primera edición. Entre ellos, el Ministro de Educación Javier Sota Nadal y el ex ministro de la misma cartera, Nicolás Lynch; escritores y poetas como José B. Adolph, Carlos Herrera, Alonso Ruiz Rosas, Iván Thays y Ricardo Sumalavia; periodistas como Zenaida Solís, Angel Páez, Pablo O´brien y Kela León, y personalidades del ambiente libresco como Chachi Sanseviero y la sempiterna biblioteca ambulante de las redacciones limeñas, Jorge Vega "Veguita".

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Actor y "cuenta cuentos" Javier Echevarría trasladó la sencillez e intimidad de la literatura oral al Hotel Bolívar. Al lado, ex Ministro de Educación Nicolás Lynch entrega premio a Mario Benites.

 

LOS mozos amenguaban la sed y la tensión. Los nervios estaban a punto para lo que se venía. La llegada y el breve discurso -en torno a la educación y su influencia en la creación literaria- del director de la revista Enrique Zileri desencadenó la premiación propiamente dicha. Rápidamente el maestro de ceremonias, Gonzalo Iwasaki, tomó el micro y presentó a María del Carmen Ghezzi, quien relató con singular brillo las cualidades de los cuentos premiados y la sorpresa de los jurados al descubrir insospechadas verdades -sexo, edad, procedencia- tras los narradores de los relatos.

Seguido, se entregaron las ya clásicas máscaras a los merecedores de las menciones honrosas: Miguel Ildefonso, Rodrigo López y Manuel Chinen, quien la recibió en representación de su hijo del mismo nombre. Luego, Nicolás Lynch le entregó una a Mario Benites, Alonso Ruiz Rosas a William Lingán, quien la recibió en nombre de su hermano Walter, Iván Thays a Jesús Risco y Zenaida Solís a Amalia Cuba, quien la recibió en nombre de su sobrino arequipeño Daniel Bouroncle, hecho que fue aprovechado por Gonzalo Iwasaki y Teresina Muñoz-Nájar, quienes entonaron el himno de la ciudad blanca con motivo de su próximo (era 13 de agosto) aniversario. Después, Angel Páez le entregó su máscara a José Luis Torres Vitolas, quien la recibió en nombre de su hermano Miguel Angel, y Carlos Herrera hizo lo propio con Leonardo Aguirre. Lamentablemente el profesor ayacuchano Dionisio Anampa Grados no asistió a la ceremonia.

Luego el actor y "cuenta cuentos" Javier Echevarría hizo su ingreso al salón. Las luces se apagaron y descalzo, vestido de blanco y provisto de un candelabro nos recordó la importancia de la literatura oral, narrando una fábula que dilucida las características del buen gobierno.

Cuando las luces se encendieron, el atento silencio de la concurrencia se distendió pues ya se anunciaba al ganador de los 500 dólares del tercer premio: César Bedón recibió su cheque y su máscara de manos de José B. Adolph. Los 1000 dólares del segundo premio fueron entregados por el Ministro de Educación Javier Sota Nadal a José Enrique Falconi, quien representó a su hijo José Luis. Finalmente, los 2000 dólares del primer premio fueron entregados por el director de la revista Enrique Zileri a Andrés Cloud, quien cerró la ceremonia con un breve pero sentido discurso. Luego, el baile comenzó. Pero ese ya es otro cuento.

 
   

José B. Adolph y tercer premio César Bedón. Der.: Narrador huanuqueño Andrés Cloud, vino, vio y tocó. Premio afianzará una carrera que ya cuenta con algunos libros de relatos y novelas. al lado: Poeta Miguel Ildefonso dejó, por un momento, los versos por la prosa y se llevó clásica máscara  

 


 

 
2°Premio

Náyade

 
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Por JOSE FALCONI

Este es un relato donde las acciones son casi dejadas de lado por un narrador que prefiere conscientemente construir texturas y ambientes que sugieren un conflicto donde el agua - como elemento narrativo- es signo y significante. Así, la monotonía de la relación de pareja, cierto ímpetu tanático y la reflexión monologante marcan un texto que sin embargo no se debería definir por estas características. Si no por algo inasible que sólo se desmadeja con una lectura atenta.


"Any and all water is the color of drowning".
Emil Cioran.

LAS ráfagas del agua contra los vidrios la habían terminado por despertar esa mañana. Llovía fuerte desde temprano y desde la ventana del departamento podía ver cómo el agua comenzaba a empozarse en algunos de los techos aledaños.

No duró mucho en esa posición. Le gustaba sentir la lluvia en el cuerpo, no mirarla a lo lejos, y menos desde ese lado del vidrio en donde la ciudad aparecía siempre como un aletargado pantano gris.

Un día más de lluvia.

Salió de la habitación y se dirigió al baño. El estudio apenas consistía de dos habitaciones contiguas, separadas por una pared endeble y un baño demasiado grande en relación a ellas. Por ello, la bañera, aún perfectamente esmaltada, terminaba siempre pareciéndole el espacio más amplio del estudio -el único en el cual podía estar completamente sola, sin que él se apareciera de repente y no dejara casi espacio, tal como en ese momento en que salía del cuarto para entrar en la especie de cocina-comedor contigua y él estaba allí, en la mesa junto a la puerta, leyendo el periódico del día. No se dijeron nada. Después de todo, no había mucho que decir. El día recién empezaba y una vez más, a pesar de que no se había articulado palabra alguna, podía percibirse la sensación de que se había hablado demasiado la noche anterior. El silencio persistía esa mañana.

Pasó a su lado, rozándolo levemente con los dedos. Se había acostumbrado a casi no hablar durante las mañanas, por lo que algunas de sus acciones más frecuentes -como el rozarlo levemente mientras pasaba a su lado-se habían hecho mecánicas, hasta convertirse en un vocabulario mudo y previsible. Él también conocía la rutina de memoria: ella iría directamente al refrigerador, sacaría la jarra con agua y se serviría un vaso lleno antes de dirigirse al baño y quedarse por unos segundos mirando por la ventana del tragaluz hasta seguramente recordar que estaba desnuda, que debía ir al baño, que la vecina de abajo, y que había que apartarse de la ventana, pues la lluvia salpicaba de vez en cuando en el piso.

- ¿Me podrías servir un poco de agua? Acabo de regresar de correr.

 
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Ella volteó a verlo: estaba leyendo, estaba empapado además, pero por más que quiso no pudo distinguir en él el sudor de la lluvia. No tenía importancia intentar diferenciar líquidos, las texturas de agua.

Regresó al refrigerador y comenzó a llenar el vaso que ya tenía en la mano. Abrió la congeladora, sacó algo de hielo y lo puso en el vaso que enseguida dejó sobre la mesa, mientras volvía levemente a rozarlo y él le agradecía el favor con la palma de la mano abierta, viéndola entrar al baño y cerrar la puerta.

"Más agua", pensó al mover la llaves de la bañera y ver el pequeño chorro caer estrepitosamente sobre la brillosa superficie del esmalte. Por un rato se quedó mirando cómo ésta se iba empozando, haciendo cada vez más sordo su sonido. Recordó que desde niña siempre había creído que el agua tenía un sonido opaco, casi hueco que delataba, según ella, la aspereza oculta del líquido, la húmeda y fría fricción del agua sobre el agua. Ese recuerdo trajo consigo otros: mientras dejaba en el lavadero el par de aretes con los que había dormido, volvía a recordar que incluso hasta ya entrada en la adolescencia gustaba de suspender callada y levemente su mano izquierda sobre la empozada y verduzca agua de la pileta detrás de casa para, de repente, y haciendo lo posible para que ni ella misma lo supiera, dejarla caer bruscamente.

Una vez cortada la prolijidad de la superficie, habiendo despertado al líquido de su acuática tranquilidad, su leve satisfacción consistía en constatar que, invariablemente, después de unos segundos aparecería un tenue remolino en el cual se podía sentir cómo se desintegraban los oscuros restos de lo que podía haber sido una planta -un manojo de hojas apelmazado deshilachándose contra la corriente.

Al poner un pie en la bañera sintió la densidad del liquido alrededor de la pantorrilla primero, de los muslos, las caderas y la espalda después.

Con su cuerpo dentro, el agua subió casi hasta rebalsar la bañera, por lo que tuvo que buscar a tientas, casi debajo suyo, el tapón del agua, abrirlo levemente y comenzar a sentir un ligero remolino entre sus dedos. Una vez que el nivel bajó, pudo moverse con más tranquilidad y cerrar los ojos mientras acostumbraba su cuerpo a la ligera tibieza del agua: sus caderas encontraron un lugar, sus brazos se abrieron dejándose caer y sus piernas se extendieron hasta que sus pies pusieron de relieve el nuevo margen del agua en la bañera.

No debía quedarse dormida; se lo iba repitiendo mientras dejaba deslizar su nuca por la hendidura entre la pared y el pulido filo de la bañera. Envuelta en esa tibieza era tan sencillo revisitar las siempre pendientes y vagas pretensiones de un ahogamiento postergado. Podría parecer hasta natural dejar reposar el rostro en la superficie del agua, intentar quedarse dormida esperando despertarse siendo un objeto hinchado flotando a la deriva.

La especulación casi siempre terminaba en lo mismo: imaginar cómo él descubriría su inerte cuerpo, tratar de imaginar su rostro de muerta en el agua. ¿Cuál sería su reacción? ¿Acaso se sentiría culpable y aliviado al mismo tiempo, tal como ella intuía se sentiría de encontrarlo a él, de pronto, tirado en la cocina, aún sudado y en medio de los pedazos del vidrio del vaso?

Sin embargo, lo que más le sorprendía de todo este flujo de imágenes sobrepuestas era la manera cómo imaginaba todo aquello: como si lo viera por detrás de un vidrio empañado de vaho y humedad, esos en los que la ciudad se veía como aquellas imágenes difusas y encendidas en el fondo de un pozo. Comparando sus pies del otro lado de la bañera y el recuerdo de la calle detrás del vidrio esta mañana, llegó a la conclusión de que ambas imágenes asemejaban la diluída y lejana silueta de los peces en el estanque del acuario. Ambas tenían esa película uniforme que recubría todo de una distancia, de una irrealidad imposible de vencer. Sospechaba con fastidio, además, que si cerraba los ojos e intentara recordar sus pies debajo del agua, no podría distinguir la distancia del agua de aquella que impone la memoria. "Era imposible distinguir las aguas" pensó mientras entrecerraba los ojos y sus manos buscaban sus pies hasta encontrarlos: el agua de la lluvia era indistinguible de la del sudor, la de la bañera de la de la memoria. Distintas causas, para terminar en lo mismo, en el mismo líquido, la misma sustancia que lo cubría todo, haciendo indistinguibles causas, razones.

Con los ojos cerrados, y el jabón en la mano restregando el cuerpo, comenzó a llenarse de preguntas -¿Acaso no sería posible distinguir en el recuerdo el sudor del bañista que se ahoga en el mar? ¿Podría distinguir la humedad de la niebla de la humedad salina de las olas en los gastados cascos de los barcos?-para luego sorprenderse de lo absurdo de las mismas. Esbozó una vaga sonrisa al reconocerse, también, inundada de preguntas; el agua, el efecto del agua, elucidó, lo cubría todo, incluso los términos con los que intentaba calificar su vaga asociación de ideas.

Al abrir los ojos su mirada quedó fija en una de sus manos que mecánicamente se deslizaba a lo largo de la superficie tambaleante y dudosa del agua. La palma de la mano extendida, la punta de los dedos rozando la corrugada textura: una vez más bastaba presionar tan sólo un poco para romper la membrana del liquido empozado. Sin mirar, dejó que su pulgar penetrara lentamente en la superficie, cavando un pequeño agujero hasta sentir que podía rozar la superficie pero esta vez desde el otro lado, desde dentro del agua.

Empezó a moverlo. Por los siguientes minutos su pulgar cortó de manera uniforme el agua hasta que llegó al borde la bañera en donde se detuvo a auscultar el borde del agua, palpando la tenue marca de jabón y espuma que dejaba el agua en las paredes de la bañera y que se le figuró como una suerte de costa afilada, un acantilado empinado y definitivo: aquí había agua y aquí, sólo una milésima de centímetro más, ya no la había. A pesar de su poca uniformidad, toda costa tenía algo de rotundo que terminaba por sorprenderla siempre -era imposible no desconfiar de la capacidad de ser un espacio de separación, de ser un recordatorio de que a pesar de su cercanía extrema, la distancia entre un milímetro y otro es definitiva, cortante.

Previsiblemente, esto la llevó a recordar la tarde en que ambos caminaron por los acantilados de la ciudad costera. Con la temporada baja, el pueblo parecía deshabitado. Las mansiones a un lado solo mostraban sus costras de salitre, mientras que al otro, debajo de las peñas y las rocas, las olas subrayaban el rugiente vacío marino. Pero aquella vez, ambos contemplaron la costa sin poner énfasis en las separaciones sino en el conjunto. La costa se les planteó como una sorprendente conjunción de elementos disímiles, un espacio tan propicio como sobredeterminado para la ocasión, un estereotipo tan certero para las previsibles frases que intercambiarían, inevitablemente, bajo la ligera convicción del amor: "todo parece mar, todo parece tierra", "la garúa es también una ola", "cierra los ojos, ¿sientes el agua? Todo está cubierto de agua".

Era cierto. Al menos eso último lo era. El agua lo cubría todo como aquella vez: una mujer con los ojos cerrados en su bañera llena de agua y sobre ella el techo del edificio ajado, escamoso y chorreando agua como un pez recién sacado a tierra.

Lo sintió entrar y sentarse en el excusado. Podía sentir su mirada, aunque si se hacía la idea podía sentirlo cerrando los ojos, echando para atrás la cabeza. Daba lo mismo.

- Voy a salir. ¿Quieres algo? -preguntó.

Abrió los ojos y lo vio con el mismo vaso de agua.

- ¿Me dejas el agua? -respondió con una sonrisa.

Mecánicamente, él le entregó el vaso a medias lleno. Sus miradas se cruzaron por un instante para llegar ambas al agua enjabonada de la tina, donde terminaron perdiéndose.

No volvió a levantar la vista.

La puerta del baño se cerró, la puerta del estudio repitió el mismo sonido

Miró el vaso, se lo acercó a los labios para luego apartarlo y dejarlo lentamente escurrir de sus manos hasta sentir el fondo de vidrio empujar al agua empozada.

El agua, el vaso cayeron sobre el agua de la tina. Los cubos de hielo comenzaron a moverse y encallar como témpanos entre sus pechos y brazos, empujando hasta deshacerse y ser sólo un poco de agua indistinguible de la otra.

Tanteó y encontró el seguro del agua. Lo arrancó de su sitio. Cerró los ojos e intentó volver a sintonizar a la lluvia que de seguro seguiría cayendo allá afuera, a la vez que comenzaba a sentirse, una vez más, como un eco distante en el orificio de ese poco de agua que ya empezaba a arremolinarse, a jalarla delicadamente hacia abajo.

 


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