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1 de julio de 2004
Por MARIO VARGAS LLOSA

Neruda Cumple Cien Años

CUANDO yo era un niño de pantalón corto todavía, allá en Cochabamba, Bolivia, donde pasé mis primeros diez años de vida, mi madre tenía en su velador una edición de tapas azules, con un río de estrellas blancas, de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, que leía y releía. Yo apenas había aprendido a leer y, seducido por la devoción de mi madre a aquellas páginas, intenté también leerlas. Ella me lo había prohibido, explicándome que no eran poemas que debían leer los niños. La prohibición enriqueció extraordinariamente el atractivo de aquellos versos, coronándolos de una aureola inquietante. Los leía a escondidas, sin entender lo que decían, excitado y presintiendo que detrás de algunas de sus misteriosas exclamaciones ("Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra", "Ah, las rosas del pubis!") anidaba un mundo que tenía que ver con el pecado.

Neruda fue el primer poeta cuyos versos aprendí de memoria y recité de adolescente a las chicas que enamoraba, al que más imité cuando empecé a garabatear poesías, el poeta épico y revolucionario que acompañó mis años universitarios, mis tomas de conciencia políticas, mi militancia en la organización Cahuide durante los años siniestros de la dictadura de Odría. En las reuniones clandestinas de mi célula a veces interrumpíamos las lecturas del Qué hacer de Lenin o los Siete Ensayos de Mariátegui para recitar, en estado de trance, páginas del Canto General y de España en el corazón. Más tarde, cuando era ya un joven de lecturas más exclusivas y muy crítico de la poesía de propaganda y ataque, Neruda siguió siendo para mí un autor de cabecera -lo prefería incluso al gran César Vallejo, otro icono de mis años mozos-, pero ya no el Neruda del Canto General, sino el de Residencia en la tierra, un libro que he leído y releído tantas veces como sólo lo he hecho con los poemas de Góngora, de Baudelaire y de Rubén Darío, un libro algunos de cuyos poemas -"El tango del viudo", "Caballero solo"- todavía me electrizan la espalda y me producen ese desasosiego exaltado y ese pasmo feliz en que nos sumen las obras maestras absolutas. En todas las ramas de la creación artística, la genialidad es una anomalía inexplicable para las solas armas de la inteligencia y la razón, pero en la poesía lo es todavía mucho más, un don extraño, casi inhumano, para el que parece inevitable recurrir a esos horribles adjetivos tan maltratados: trascendente, milagroso, divino.

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Conocí en persona a Pablo Neruda en París, en los años sesenta, en casa de Jorge Edwards. Todavía recuerdo la emoción que sentí al estar frente al hombre de carne y hueso que había escrito aquella poesía que era como un océano de mares diversos e infinitas especies animales y vegetales, de insondable profundidad e ingentes riquezas. La impresión me cortó el habla. Por fin alcancé a balbucear unas frases llenas de admiración. Él, que recibía los halagos con la naturalidad de un consumado soberano, dijo que la noche estaba linda para comernos "esas prietas" (esas morcillas) que nos tenían preparadas los Edwards. Era gordo, simpático, chismoso, engreído, goloso ("Matilde, precipítese hacia esa fuente y resérveme la mejor presa"), conversador, y hacía esfuerzos desmedidos para romper el hielo y hacer sentir cómodo al interlocutor abrumado por su imponente presencia.

Aunque llegamos a ser bastante amigos, creo que es el único escritor con el que nunca me sentí de igual a igual, frente al cual, pese a su actitud cariñosa y a su generosidad para conmigo, siempre terminaba adoptando una actitud entre intimidada y reverencial. El personaje me intrigaba y fascinaba casi tanto como su poesía. Posaba de ser un antiintelectual, desdeñoso de las teorías y de las complicadas interpretaciones de los críticos. Cuando, delante de él, alguien suscitaba un tema abstracto, general, un diálogo de ideas -asuntos en los que un Octavio Paz fosforecía y deslumbraba- la cara de Neruda se entristecía y de inmediato se las arreglaba para que la conversación descendiera a ras de suelo, a la anécdota y el comentario prosaicos. Se empeñaba en mostrarse sencillo, directo, terrenal a más no poder y furiosamente alejado de esos escritores librescos que preferían los libros a la vida y podían decir como Borges "Muchas cosas he leído y pocas he vivido". Él quería hacer creer a todo el mundo que había vivido mucho y leído poco, pues era rarísimo que en su conversación asomaran referencias o entusiasmos literarios. Incluso cuando mostraba, y con qué satisfacción lo hacía, las primeras ediciones y los maravillosos manuscritos que llegó a coleccionar en su formidable biblioteca, evitaba las valoraciones literarias y se concentraba en el aspecto puramente material de aquellos preciosos objetos llenos de palabras. Su antiintelectualismo era una pose, desde luego, porque nadie que no hubiera leído mucho y asimilado muy bien la mejor literatura, y reflexionado intensamente, hubiera revolucionado la palabra poética en lengua española como él lo hizo, ni hubiera escrito una poesía tan diversa y esencial como la suya. Parecía considerar el mayor riesgo para un poeta el confinarse en un mundo de abstracciones y de ideas, como si esto pudiera cegar la vitalidad de la palabra y apartar a la poesía de la plaza pública y condenarla a la catacumba.

Lo que no era pose en él era su amor a la materia, a las cosas, a los objetos que se pueden palpar, ver, oler, y, eventualmente, beber y comer. Todas las casas de Neruda, pero sobre todo la de Isla Negra, fueron unas creaciones tan poderosas y personales como sus mejores poemas. Coleccionaba todo, desde mascarones de proa hasta barquitos construidos con palillos de fósforos dentro de botellas, desde mariposas a caracolas marinas, desde artesanías hasta incunables, y en sus casas uno se sentía envuelto en una atmósfera de fantasía y de inmensa sensualidad. Tenía un ojo infalible para detectar lo inusitado y lo excepcional y cuando algo le gustaba se volvía un niño caprichoso y enloquecido que no paraba hasta poseer lo que quería. Recuerdo una maravillosa carta que le escribió a Jorge Edwards, rogándole que fuera a Londres a comprarle un par de tambores que había visto en una tienda, a su paso por la capital inglesa. La vida es invivible, le decía, sin un tambor. En las mañanas de Isla Negra, tocaba la trompeta y, tocado con una gorra marinera, izaba en el mástil de la playa su bandera, que era un pez

Verlo comer era un hermoso espectáculo. Aquella vez que lo conocí, en París, lo entrevisté para la Radio-Televisión Francesa. Le pedí que leyera un poema de Residencia en la tierra que me encanta: "El joven monarca". Aceptó pero, al llegar a la página indicada, exclamó, sorprendido: "¡Ah, pero si es un poema en prosa!" Yo sentí una puñalada en el corazón: ¿cómo había podido olvidar una de las más perfectas composiciones salidas de la pluma de un poeta? Después de la entrevista, quiso ir a comer comida árabe. En el restaurante marroquí de la rue de l'Harpe, devolvió el tenedor y pidió una segunda cuchara. Comía con concentración y felicidad, blandiendo una cuchara en cada mano, como un alquimista que manipula las retortas y está a punto de alcanzar la aleación definitiva. Viendo comer a Neruda uno tenía la impresión de que la vida valía la pena de ser vivida, de que la dicha era posible y que su secreto chisporroteaba en una sartén.

Como llegó a ser tan famoso, y a tener tanto éxito en el mundo entero, y a vivir con tanta prosperidad, despertó envidias, resentimientos y odios que lo persiguieron por doquier y, en algunos períodos, le hicieron la vida imposible. Recuerdo una vez, en Londres, en que le mostré, indignado, un recorte de un periódico de Lima donde me atacaban. Me miró como a un niño que cree todavía que los bebes vienen de París. "Tengo baúles llenos de recortes así", me dijo. "Creo que no hay una sola maldad, perversidad o vileza de la que no haya sido acusado alguna vez". La verdad es que, llegado el caso, sabía defenderse y que, en algunos momentos de su vida, sus poemas se impregnaron de dicterios y diatribas estentóreas y feroces contra sus enemigos. Pero, curiosamente, no recuerdo haberle oído hablar nunca mal de nadie ni haberle visto practicar nunca en mi presencia ese deporte favorito entre escritores que es despedazar verbalmente a los colegas ausentes. Una noche, en Isla Negra, después de una cena copiosa, entornando sus ojos de tortuga soñolienta, contó que de su último libro recién publicado había enviado, dedicados, cinco ejemplares a cinco poetas jóvenes chilenos. "Y ni uno solo siquiera me acusó recibo", se quejó, con melancolía.

Era ya la última época de su vida, una época en la que quería que todos lo quisieran pues él se había olvidado de las viejas enemistades y rencillas y hecho las paces con todo el mundo. Para entonces, se habían apagado algo las convicciones ideológicas inamovibles de su juventud y madurez. Aunque fue siempre leal al Partido Comunista, y por esa lealtad llegó en ciertos períodos a cantar a Stalin y a defender posiciones dogmáticas, en su vejez un espíritu crítico se fue abriendo en él respecto a lo que había ocurrido en el mundo comunista, y ello se transparentaba en una actitud mucho más tolerante y abierta, y en una poesía liberada de toda pugnacidad, beligerancia o rencor, llena más bien de serenidad, alegría y comprensión por las cosas y los seres de este mundo.

No hay en lengua española una obra poética tan exuberante y multitudinaria como la de Neruda, una poesía que haya tocado tantos mundos diferentes e irrigado vocaciones y talentos tan varios. El único caso comparable que conozco en otras lenguas es el de Víctor Hugo. Como la del gran romántico francés, la inmensa obra que Neruda escribió es desigual y, en ella, al mismo tiempo que una poesía intensa y sorprendente, de originalidad fulgurante, hay una poesía fácil y convencional, a veces de mera circunstancia. Pero, no hay duda, su obra perdurará y seguirá hechizando a los lectores de las generaciones futuras como lo hizo con la nuestra.

Había en él algo de niño, con sus manías y apetitos que exhibía ante el mundo sin la menor hipocresía, con la buena salud y el entusiasmo de un adolescente travieso. Detrás de su apariencia bonachona y materialista, se agazapaba un astuto observador de la realidad y en ciertas excepcionales ocasiones, en un grupo reducido, luego de una comida bien rociada, podía de pronto dejar entrever una intimidad desgarrada. Aparecía entonces, detrás de esa figura olímpica, consagrada en todas las lenguas, el muchachito provinciano de Parral, lleno de ilusiones y estupefacción ante las maravillas del mundo, que nunca dejó de ser.

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© Mario Vargas Llosa, 2004.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2004.

 

 


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