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ARTICULO

6 de mayo de 2004

Encrucijada Rospigliosi
Ministro del Interior enfrenta censura parlamentaria de tirios y troyanos, en medio de movilización cocalera.

Los sucesos de Ilave siguen trayendo cola. El ministro del Interior Fernando Rospigliosi fue blanco de una arremetida de congresistas opositores a la que se sumaron solícitos oficialistas buscando ganarse alguito. Las responsabilidades de Rospigliosi y del gobierno en general merecieron un tratamiento más serio de parte del Congreso y de los principales líderes políticos del país, pero aparentemente aquello es mucho pedir en estos días. El ministro optó por la infalibilidad, al no aceptar error alguno en su sector. El gobierno tarda siempre en responder y cuando lo hace deja cabos sueltos. En conjunto, la situación de Rospigliosi es insostenible y su alejamiento del gabinete ocurrirá pronto, con censura o sin ésta. Las implicancias de su salida están aún por verse, pero lo que sí es seguro es que el remezón vendrá muy fuerte.

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Rospigliosi ha sido un destacado ministro, pero se ha ganado adversarios en casi todas las tiendas políticas.

 

LOS asistentes a la sesión de la subcomisión encargada de investigar los sucesos de Ilave, presidida por el congresista Chávez Sivina, la noche del martes 4, no dejaron de notar el rostro cansino y el tono moderado del usualmente acelerado Fernando Rospigliosi. El ministro del Interior parecía llevar la procesión por dentro. Los impulsores de su censura tuvieron una primera victoria al lograr que se convoque a una sesión extraordinaria para el miércoles 5 y adelantar la crítica discusión sobre la permanencia del ministro en el gabinete. Una numerosa delegación de dirigentes del Partido Aprista, incluyendo varios parlamentarios, viajaba a México a un evento por los 80 años de la fundación del APRA, el jueves. Sorprendentemente, la mesa directiva y los líderes del oficialismo accedieron al pedido allanando el camino para que se debata la censura.

Las cartas del oficialismo, sin embargo, no estaban jugadas. La abierta disidencia de algunos parlamentarios de la chakana que, en la sesión del 29 de abril, anunciaron públicamente que votarían por la censura tuvo un inocultable sabor a diáspora. Las respuestas del gobierno fueron, como siempre, crípticas. Al principio, ni Toledo ni Ferrero se pronunciaron directamente sobre el asunto, pero luego habrían buscado que los díscolos del oficialismo se ausentaran de la sesión del miércoles argumentando que no podían concurrir ante una convocatoria tan precipitada. Algunos parlamentarios retiraron sus amenazas, aunque no mostraron mucho interés en salvarle la cabeza a Rospigliosi. En este sentir, no hacían sino interpretar las decisiones de su líder.

KILL ROSPI

Es público y notorio que el presidente Toledo no ve con buenos ojos la permanencia de Rospigliosi en el gabinete. El ministro se porta como un personaje completamente incómodo que mantiene una gran independencia de las decisiones del gobierno y se involucra en disputas con personajes del oficialismo como Daniel Mora o el ministro de Agricultura José León, por no mencionar al congresista Mufarech. Precisamente, uno de los gestos más celebrados por la amplia legión de fans que ha acumulado Rospigliosi en el último tiempo, es la forma pública en que se diferencia del detestado entorno de Palacio de gobierno. Este hecho es pasado por alto debido a la desaprobación masiva que tiene el Presidente, pero en términos de gobernabilidad es impensable sostener a un ministro del Interior que funcione por su cuenta.

A pesar de ello, Toledo no se puede dar el lujo de perder a su libérrimo ministro en una votación en el Congreso en la que la oposición triunfe arrancándole votos al oficialismo. La imagen de congresistas de Perú Posible desgranándose de la mazorca toledista actualiza el fantasma de la vacancia presidencial. Actualmente, se necesitan 61 votos del Congreso para imponer la remoción del Primer Mandatario. Esta semana fue aprobado un proyecto en comisiones que sube el número a 80, pero éste aún no ha sido aceptado por el pleno. Si a ello se suma la turbulencia social que sacude el país, se verá que no es el mejor momento para cambiar al titular del Interior.

De esta manera, Toledo se ha visto en la encrucijada de impedir, sin que se note, que le censuren a Rospigliosi en esas condiciones, aunque al mismo tiempo le busca reemplazo sin guardar modales. Al interior de la bancada oficialista no hay un sector identificable que se haya comprado abiertamente el pleito de defenderlo. El paso del ministro por el gobierno ha dejado heridos y contusos (la mayoría de veces en el amor propio) entre los peruposibilistas y no son pocos los que afirman haber sido maltratados de palabra o gesto por Rospigliosi. Independientemente de susceptibilidades, los congresistas oficialistas han tenido que aceptar, al igual que el mismo Toledo, que no cuentan con cuadros partidarios para hacerse cargo del sector. Huelga hacer un ejercicio para imaginar lo que habría sido la tragedia de Ilave con un Sanabria al mando.

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Rospigliosi abandona el hemiciclo la noche del martes, luego de declarar ante una subcomisión investigadora.

BONDADES Y RESPONSABILIDADES

La situación se encuentra tan polarizada, entre detractores e incondicionales de Rospigliosi, que se ha vuelto a producir un fenómeno mediático de exaltación de méritos que recuerda el caso de Beatriz Merino. En esta ocasión, el ministro del Interior ha sido alabado de manera desmesurada, llegando a ser considerado el mejor en el cargo de toda nuestra historia y mejor que cualquiera de los ministros de la década del ochenta que correspondieron a gobiernos democráticos. Sin desmerecer a Rospigliosi, la comparación es excesiva en tanto que los ministros del Interior de aquella época enfrentaron amenazas mucho más serias que las actuales, como las de Sendero Luminoso, el MRTA y el boom del narcotráfico. Fuera de ello, contaban con fuerzas policiales divididas en tres institutos rivales que ventilaban públicamente sus diferencias y compartían una alarmante precariedad de recursos.

Dejando de lado las exageraciones, los méritos de la gestión de Rospigliosi son indudables y diversos sectores coinciden en que su presencia es una garantía para la culminación de la reforma policial. A pesar de ello, los sucesos de Ilave plantean algunas responsabilidades de su sector que no fueron abordadas con suficiente objetividad durante el debate parlamentario del pasado jueves 29. Entonces, el ministro centró su defensa en eximir a la Policía Nacional de toda culpa en la muerte del alcalde Cirilo Robles (cargo que nadie había formulado), llevando al extremo el argumento de que había actuado correctamente al no enviar refuerzos policiales que pudieran haber causado un mayor número de muertes.

El punto quedaba claro, pero no explicaba el trasfondo del crimen ni el comportamiento de su sector y del gobierno ante lo acontecido en Ilave. Por ello, la presentación de Rospigliosi debió articular una explicación que sobrepasara el ámbito policial dada la gravedad del hecho. El ministro del Interior es el encargado de la política interior del gobierno y no sólo de la Policía Nacional, aspecto que conoce muy bien Rospigliosi. La trágica muerte del alcalde Robles fue el punto culminante de una paralización que llevaba más de tres semanas, con miles de personas movilizadas en una zona fronteriza próxima a una importante carretera internacional. Falló en este punto el trabajo de inteligencia del Ministerio del Interior y la coordinación con los prefectos y subprefectos que están, también, dentro del sector bajo responsabilidad del ministro. En concreto, se subestimó el tema puneño ante amenazas sobredimensionadas como la de los cocaleros. Errores que, lamentablemente, no fueron admitidos por el ministro.

CHIVO EXPIATORIO

Sin embargo, las deficiencias anotadas no conducen necesariamente a que Rospigliosi deba ser censurado y obligado a renunciar. Presionar en este sentido, sería convertirlo en chivo expiatorio de un conjunto de problemas que exceden su gestión y comprometen al Estado, los partidos políticos y la sociedad civil. No en vano, el caso Ilave se ha convertido en un pretexto político para impulsar agendas políticas particulares que poco tienen que ver con el destino de los ilaveños y la búsqueda de justicia por el crimen del alcalde.

El estilo bronco de Rospigliosi tiene sus admiradores, pero es también una fuente de irritación permanente para oficialistas y opositores que buscan ahora convertir el pitbull en chivo expiatorio. La moción de censura promovida por el Apra y sustentada por el congresista Mauricio Mulder en el pleno del jueves 29 es un magnífico ejemplo de cómo se hace política en el país, con intereses personales sobreponiéndose a los nacionales y como se promueven linchamientos simbólicos de saco y corbata. Mulder, en carrera por la secretaría general de su partido, cargó tanto las tintas contra Rospigliosi que terminó diluyendo el tema en debate. Luego, su bancada erró al abandonar el hemiciclo antes de que terminase la réplica de Rospigliosi. Fue una muestra de intolerancia injustificada que se convirtió en un bumerang contra el Apra al día siguiente. Otros congresistas, como Ántero Flores del PPC y Natale Amprimo de Somos Perú, golpearon más fuerte la posición de Rospigliosi sin tanto aspaviento y abrieron la posibilidad en serio de la censura.

A estas alturas, es claro que llegó a su fin la presencia de Rospigliosi en el Ejecutivo. Independientemente de si es por una censura o por una renuncia, tanta veces anunciada, allegados al ministro confirman que éste sólo espera que se logre aprobar leyes centrales para la reforma policial en curso, referidas al plan de la carrera y los regímenes personal, disciplinario y educativo. De esta manera, removido por la turba congresal (es un decir) o yéndose por su propio paso, el ministro terminó siendo la segunda baja de Ilave.

 

Paulina, ¿existes? Rodrich no es de Puno pero hay que preguntar por sus móviles. Pacheco prefirió un concurso de belleza en Puno antes que ir a Ilave. Yanarico clonó proyecto de ley.


El papel de varios de los congresistas oficialistas que quisieron traerse abajo a Fernando Rospigliosi es digno de ser analizado. Entre los de Puno, Paulina Arpasi (PP) fue la que más alta votación recibió, pero su labor pasó casi inadvertida. Está muy concentrada en sus estudios de Letras en la Pontificia Universidad Católica. Gustavo Pacheco (FIM) fue el menos votado de los 5 congresistas electos, pero es el que más alharaca hizo luego de los trágicos sucesos de Ilave. Pidió la renuncia del prefecto de Puno Edgar Mamani, por no advertirle la gravedad de la situación de Ilave. El prefecto, por su parte, dice que Pacheco prefirió quedarse en Puno asistiendo a un concurso de belleza. Por su parte, Rosa Yanarico (PP), también de Puno, generó un escándalo por plagiar un proyecto de ley mexicano. Entre los congresistas limeños, el caso de Jorge Mufarech (PP) es hepático y personal. Y también podría serlo el de Jacques Rodrich, quien hasta hace poco estuvo solicitándole al Ministerio del Interior seguridad para su esposa. El propio Rospigliosi terminó por explicarle que no contaba con suficientes efectivos y hoy Rodrich se queja de que le retiraron "sospechosamente" la seguridad luego de endosar su apoyo a la censura. Así estamos.

 

 

 


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