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7 de abril de 2004
Por MARIO VARGAS LLOSA

En el Darién

LA señora Nora Elena es mucho más pequeñita que ese nombre sonoro que la adorna, y además tan delgada que no sé de dónde saca fuerzas para tener en sus brazos filiformes al último de sus hijos mientras conversamos, en la minúscula aldea de Yape, perdida en las selvas panameñas del Darién. Cae un sol de plomo y yo sudo por todos los poros, pero ella, que ha sobrevivido a tantas pruebas, no siente calor ni se inmuta con el revoloteo y los chillidos de sus siete hijos que corren y saltan a nuestro rededor y estremecen la frágil vivienda de cañas y techo de palma, montada sobre pilotes, donde se apiña la familia. Doña Nora ha perdido casi todos los dientes y muchas cosas más pero no la energía ni esas ganas de vivir que, de tanto en tanto, iluminan su cara con una gran sonrisa.

Ella no es de aquí sino de Unguía, en el Chocó, la región colombiana que colinda con Panamá. Doña Nora y su marido José Ignacio tenían allí una pequeña finca y como eran serviciales y les gustaba ayudar a la gente de las veredas, a él las autoridades lo hicieron promotor, y, luego de adiestrarlo, le confiaron el centro de salud. En 1996, empezaron a desaparecer personas en el pueblo y alrededores y a morir otras, a veces luego de atroces torturas. "Hasta les abrían los vientres a las embarazadas y les sacaban los fetos", se santigua. ¿Eran guerrilleros de las FARC o paramilitares los asesinos? "Hombres armados, no sé más" (Todos los refugiados colombianos con los que hablo en el Darién se niegan a identificar a los victimarios de los que han huido). Entonces, Nora, Ignacio y sus cinco hijos abandonaron todo lo que tenían en Unguía y se lanzaron a caminar por la tupida selva y luego de mil y una aventuras entraron clandestinamente a Panamá, donde se instalaron en esta aldea de Yape, en la que los habían precedido ya muchos colombianos procedentes de distintas aldeas y veredas del Chocó, ahuyentados también por las carnicerías.

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Pero el Darién, la provincia más grande de Panamá es también la más despoblada e inhóspita, y la más difícil de proteger por sus bosques enmarañados y esos ríos que en los meses de lluvias se desbordan y aniegan y enfangan la tierra desapareciendo las trochas y dejando totalmente aisladas a las escasas aldeas. Los puestos de vigilancia panameños son insuficientes y, por eso, según rumores que las autoridades niegan pero la mayoría de pobladores confirman, las guerrillas y los paramilitares colombianos entran y prosiguen en el Darién sin mayores tropiezos sus enfrentamientos y crímenes.

A los pocos meses de estar Nora, Ignacio y su familia instalados en Yape, en junio de 1997, un destacamento de hombres armados procedentes de Colombia ocupó el pueblo. Pese a los llantos de doña Nora y sus hijos, se llevaron a Ignacio. Su cadáver, decapitado y con las manos cercenadas, fue encontrado días después en el bosque. En la pizarra de la escuela los asesinos dejaron una inscripción explicando que así "morían los sapos" (delatores). Doña Nora no se dejó abatir por la tragedia y, compensando su mínima fortaleza física con la prodigiosa energía que la anima, trabajó la tierra e "hizo comercio" para sacar adelante a sus cinco hijos. Y, al cabo del tiempo, maridó con un nuevo señor, un panameño de la zona, con el que ha tenido estos dos últimos niños que se disputan ahora su regazo. Cuando le pregunto si cree que alguna vez volverá a vivir en su tierra natal de Unguía se levanta en sus ojitos una niebla triste y escéptica.

Lo ocurrido con Ignacio no ha sido un episodio fortuito. El año pasado, un grupo en armas, al parecer de paramilitares colombianos, cruzó la frontera y ocupó las aldeas de Paya y Pucuru, donde asesinaron a cuatro dirigentes indígenas de la etnia kuna. Los acusaban de haber comerciado con guerrilleros de las FARC que entran al Darién para curar a sus heridos y renovar fuerzas. Cuando, en el poblado de Boca de Cupe, le pregunté al capitán jefe de la pequeña guarnición de policía si en la actualidad los pelotones de las FARC y de los paramilitares seguían invadiendo el Darién, su respuesta fue evasiva. Me dijo que hacía unos días había recibido una denuncia de que unos hombres con acémilas cargadas de pertrechos recorrían el monte, pero que sus patrullas, luego de peinar la zona, no habían encontrado huella de los intrusos.


¿Cuántos refugiados colombianos hay, dispersos, en las selvas del Darién? Me dicen que unos 800, pero la cifra exacta es sin duda muy difícil de establecer en este vasto territorio de 16 mil kmts cuadrados que parece todavía, en buena parte, fuera de la historia moderna: sin automóviles, sin caminos, sin electricidad, y por el que el único medio de transporte sigue siendo, como cuando llegaron las primeras olas de españoles hace cinco siglos, la piragua aborigen. Los refugiados, casi todos de origen campesino y provenientes del Chocó, comenzaron a llegar desde el año 1996, cuando la violencia política encendió toda la región de la frontera, y no todos están, como doña Nora, afincados en aldeas, sino diseminados en grupos mínimos en las cabeceras de los ríos, donde sobreviven gracias a minúsculos sembríos de panllevar.

Su condición no es nada fácil porque como no se trata de "refugiados individualizados", sobre los que pende una amenaza específica, sino de una colectividad que es víctima de un riesgo general, gregario, el Estado panameño no les reconoce el estatuto de refugiados políticos a parte entera, que les daría derecho a trabajar y desplazarse libremente por todo el país. Son refugiados de segunda clase, provisionales, sin derecho a moverse del sitio en el que están. Incluso para un desplazamiento de unos pocos kilómetros -para trabajar en una chacra próxima, por ejemplo, o para enviar a los hijos a un centro poblado que tenga escuela- deben pedir un permiso especial a la policía, lo que les dificulta mucho su ya difícil existencia. Incluso, ha habido en el pasado algún incidente cuyo recuerdo hace correr un escalofrío en la memoria de estos refugiados: 109 de ellos, entre los que había 64 niños, que se hallaban en el pueblo de Punusa, fueron devueltos a Colombia el 21 de abril de 2003, pese a las protestas de los religiosos y laicos que trabajan con la Vicaría del Darién, una de las instituciones que más apoyo presta a los refugiados colombianos, con el financiamiento del ACNUR (Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados). En los últimos días el gobierno panameño habría tomado la decisión de legalizar la situación incierta de estos refugiados.

En todas las aldeas que visité era notable la integración de los colombianos con la población local y según todos los testimonios que escuché nunca ha habido hostilidad hacia aquéllos de parte de ésta. Por el contrario, los matrimonios entre unos y otros son frecuentes y, mientras uno no los oiga hablar -el cantito del Chocó es inconfundible- unos y otros son indiferenciables. En el Darién sólo los indios -kunas y emberás- constituyen una entidad étnica separada: sus cabañas cónicas, sus tatuajes y las bellas telas pintadas con que se cubren ponen unas notas de color en un paisaje donde el ocre de los ríos contrasta con todos los matices del verde de los árboles. Pero, contrariamente a lo que dicen algunas guías, los kunas y emberás no son los más antiguos pobladores de la región, pues migraron de Colombia hacia el Darién sólo en el siglo XIX. En verdad, los vecinos más antiguos son los negros, descendientes de los esclavos cimarrones llegados en tiempos de la conquista y que escaparon de sus dueños a estos bosques en pos de la libertad.

Impresiona la precaria vida que llevan los pobladores del Darién -una vida de mera subsistencia en la gran mayoría de los casos- con la deslumbrante naturaleza que los rodea. He viajado por muchos parajes todavía no invadidos por la llamada civilización y puedo asegurar que pocas veces he visto una vegetación tan exuberante y espléndida, de árboles tan variados y majestuosos, y una colectividad de pájaros tan rica, vistosa y musical como la que puebla el cielo y la tierra del Darién. Parece mentira que, a tan corta distancia de los rascacielos y los hormigueantes almacenes, restaurantes, complejos cinematográficos y tiendas de lujo de la ciudad de Panamá, se pueda todavía retroceder a un mundo prehistórico, de una naturaleza sin domesticar, donde el tiempo parece detenido y donde los únicos ruidos que vibran en esta atmósfera esencial son el rumor del viento entre las hojas, el discurrir de las aguas de los ríos entre las piedras de las orillas o el chillerío de las bandadas de loros que de pronto alborotan el cielo.

Llegué a la localidad de Yaviza remontando los ríos Tuira y Chucanaque y me encontré con que era la fiesta del pueblo. Había una procesión católica que recorría las calles y una ceremonia evangélica con orquesta, sermones y "testimonios de hermanos" a viva voz en una placita del centro del pueblo. Y allí conocí a una pareja magnífica, de esas que lo reconcilian a uno con la vida: el asturiano Xuaco Arnáiz y su mujer Ana Lorena, costarricense. Llevan ya media vida sepultados en el Darién, poniendo todo su talento, su energía y su generosidad ilimitada en lo que llaman "la economía solidaria": hacer más llevadera la vida de los nativos, vecinos y refugiados, a quienes ayudan a organizar cooperativas o montar pequeñas empresas, y a comerciar sus productos, batallando sin cesar porque los derechos humanos sean respetados también aquí. En su vivienda de madera a orillas del río, donde viven con sobriedad espartana, Xuaco y Ana Lorena reciben a los forasteros como príncipes, los instalan en sus sillas, hamacas o en el suelo y, a la vez que les ofrecen la especialidad de la familia, la tortilla española, los subyugan con unas historias, anécdotas y leyendas del Darién que no tienen nada que envidiar a las de Las Mil y una Noches.

Como ocurre con la Amazonía en América del Sur, en Panamá la tierra del Darién ha generado una mitología en la que se asocia la selva no sólo con la aventura y los paisajes exóticos, también con el crimen. Sin embargo, las autoridades de las aldeas son categóricas: en esta provincia, salvo casos excepcionales como los que he referido, la delincuencia es infinitamente más reducida que en el resto del país y en algunas aldeas nula. Me lo confirmó otra enamorada del Darién: la burgalesa Olga Robles, funcionaria de la ONU, que asesora a las poblaciones locales en proyectos de desarrollo, y quien dice sentirse aquí más segura que en Balboa o en Madrid.

Debe ser cierto aquello de que la función hace al órgano. Lo dura y brava que es la vida ha hecho de las mujeres del Darién unos seres de acero, vacunados contra la adversidad. Doña Nora, la de Yape, no es la única. Otra parecida a ella es doña Luzmeri, refugiada colombiana avecindada en Boca de Cupe. Ella y un grupo de compañeros han formado, con ayuda de la ACNUR, un proyecto para producir miel y panela (de caña de azúcar). Me lo mostraron y a mí, más que los cañaverales y el pequeño trapiche que pusieron en marcha para que viera lo bien que molía, me impresionó la irresistible energía de esa señora que mandaba, actuaba, animaba y dirigía las operaciones: una verdadera Doña Bárbara, pero de buen humor y simpatía desbordante, a cuya voluntad parecían plegarse, felices, no sólo los hombres, hasta las cañas y las muelas trituradoras.

Una leyenda dice que los conquistadores españoles pudieron vencer los Andes, los desiertos y la Amazonía, pero no el Darién, que una y otra vez los derrotó. Pues bien, esas gentes desamparadas entre las que se hallan doña Nora y doña Luzmeri lo han conseguido: ni la maleza, ni los bichos, ni los diluvios ni el aislamiento han impedido que su sabrosa humanidad eche raíces en el Darién.

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© Mario Vargas Llosa, 2004.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2004.


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