Edición Nº 1818


 

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ARTICULO

7 de abril de 2004

Cuando un Millón Murió en 100 Días
Fue una de las peores atrocidades del siglo XX y es una advertencia para quienes mezclan en su discurso invocaciones étnicas con la violencia. Una periodista peruana visitó ese hermoso y trágico país para registrar un documento histórico que es virtualmente ignorado aquí.

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Recordatorios Mortales. Miles de cadáveres fueron desenterrados y yacen sobre tarimas en Murambi. Der.: Presos visuales. Todos visten de rosado. Componen la población penal mayor del mundo.

 

Ruanda Hace 10 Años
Aún horrorizado, el mundo recuerda esa increíble masacre.

Escribe
DIANA ZILERI DOUGALL

RUANDA es un minúsculo país de Africa, que abarca apenas 26,338 kilómetros cuadrados (como Huancavelica), pero contando sus casi 8 millones de habitantes, es el más densamente poblado de ese continente.

Por su geografía se le conoce también como el país de las mil colinas. Estas montañas no muy grandes, que parecen ir al infinito, están divididas en pequeños campos de cultivo, y guardan unas historias aterradoras de lo que sucedió durante el genocidio de 1994.

El genocidio comenzó el 7 de abril de ese año cuando el avión del presidente de la República de Ruanda, Juvenal Habyarimana, fue derribado con dos misiles poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Kigali, la capital.

Habyarimana, un presidente de origen de la etnia hutu, volvía a la capital ruandesa junto con el presidente de Burundi después de haber firmado un pacto que pondría fin a los continuos enfrentamientos entre hutus y tutsis comprometiendo a ambos países y que comenzaron incluso antes que Ruanda lograra su independencia de Bélgica en 1962.

El gobierno acusó a la etnia minoritaria tutsi, liderada por el Movimiento Ruandés Frente Patriótico y encabezada entonces por el actual presidente de Ruanda, Paul Kagame, de haber asesinado a Habyarimana.

Justamente en marzo de este año, el diario francés Le Monde publicó los resultados secretos de una investigación policial donde se acusa a Kagame de haber ordenado el ataque. Kagame ha negado rotundamente la acusación y ha acusado a Francia por haber armado hace 10 años a la milicia hutu.

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Diminuto país del tamaño de Huancavelica. Todo comenzó cuando derribaron el avión del presidente hutu Habyarimana.

El régimen de Habyarimana era sin duda uno de los clientes de Francia. Lo más probable es que Francia no conocía hasta dónde eran capaces de llegar, siendo después demasiado tarde para poder hacer algo.

La matanza de la minoría tutsi -comprendiendo ésta el 15 % de la población contra el 84 % hutu- comenzó en el amanecer del 7 de abril. Esta no sólo fue perpetrada por las autoridades sino orquestada. Uno de los eslogans que se pasaba durante los 100 días que duró el genocidio por radio y televisión decía "las fosas aún no están llenas".

Las armas que se utilizaron no fueron de destrucción masiva sino simples armas de fuego, granadas, palos llamados "pangas" y sobre todo machetes.

Hoy en día prácticamente todo ruandés tiene un amigo o un familiar que murió o participó en lo que se considera, junto con el genocidio de Pol Pot en Cambodia y el Holocausto judío en Europa, una de las peores atrocidades del siglo XX.

En los valles entre estas colinas verdes hay cientos de monumentos y rastros conmemorativos que salpican todo el país que son el crudo recuerdo de estos hechos.

Durante los 100 días que duró el genocidio casi un millón de personas fueron asesinadas. Las víctimas en su mayoría fueron de la etnia tutsi.

También se asesinó a los hutus considerados moderados por oponerse al genocidio.

El memorial de Murambi y la iglesia en Ntarama son dos ejemplos de ello. El de Murambi queda en lo alto de una colina y en lo que fue hasta 1994 un antiguo colegio de la provincia de Gikongoro.

Si uno se para de espaldas a los salones de clase hay una vista maravillosa del paisaje típico ruandés y cuesta imaginarse que en un lugar como éste murieron 50,000 personas. Sólo cuatro lograron sobrevivir.

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Durante los 100 días del genocidio las emisoras de Tv y radio repetían: "Las fosas aún no están llenas". Der.: La mayoría de la etnia hutu arremetió contra los tutsis. Ahora 90,000 esperan juicio

 

Emmanuel Murangira es uno de ellos. Murangira perdió a 49 miembros de su familia, incluidos a su esposa y todos sus hijos. Dentro de cada uno de los salones de clase hay una especie de camillas de madera y sobre ellas cadáveres cubiertos con un polvo blanco que pareciera ser cal para preservarlos. La imagen es sobrecogedora y el olor a muerte es impresionantemente fuerte.

Algunos cadáveres todavía tienen pelo, otros llevan alguna prenda de vestir. Varios tienen el brazo en alto, el gesto final antes que los mataran.

Emmanuel Murangira cuenta que cuando comenzó el genocidio en Ruanda, ellos sabían que pronto la milicia hutu o el ejército llegaría a la zona. Inicialmente Emmanuel y su familia se refugiaron, al igual que cientos de pobladores del lugar, en la iglesia católica de la zona pensando que ahí estarían a salvo.

Después de unos días las autoridades locales y los curas les dijeron que la milicia estaba incluso atacando las parroquias de todo el país y les ordenó que se fueran al colegio de la colina más cercana.

No pasó mucho tiempo hasta que la milicia y el ejército rodearan el lugar. A Emmanuel le cayó una bala en la cabeza. "Yo me escondí entre los cadáveres y como sangraba tanto me dieron por muerto". Después, en la noche, aprovechando la oscuridad logró escapar a un bosque cercano y de ahí a Burundi.

Días después de la matanza, las autoridades vinieron con tractores y cavaron unas grandes fosas comunes donde tiraron todos los cuerpos. Pasaron unos meses y ya casi en 1995 Emmanuel, junto a otros sobrevivientes, exhumaron una mitad de los restos.

"Si los enterráramos nuevamente nadie se acordaría que aquí ocurrió un genocidio", dice Emmanuel. "Por lo menos así, las personas que vienen a Murambi no sólo escuchan lo que pasó sino que lo ven con sus propios ojos".

En Ntarama al sur de Kigali, la milicia sí atacó la iglesia. Las pertenencias, como la ropa de las 5,000 personas que se refugiaron aún están allí pudriéndose entre las bancas de madera. Hay huesos humanos por todas partes y las calaveras han sido colocadas en fila y una sobre otra.

Pacifique Rutaganda es uno de los pocos sobrevivientes que se reúnen todos los días en el lugar. "La milicia llegó y empezó a tirar granadas dentro de la iglesia. Yo logré escapar por una de las ventanas".

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En la iglesia de Niarama y alrededores murieron 5,000. Al lado, pueblo hermoso y amable.

En la noche Rutaganda regresó para ver si habían otros sobrevivientes. Lo que encontró fue que la milicia los había rematado a machetazos. Algunas de las víctimas, pocas, todavía respiraban.

Uno de los líderes de planear el genocidio es el coronel Theoneste Bagosora, que era el principal aliado del presidente Habyarimana, y que ahora se encuentra juzgado en una corte internacional en Tanzania.

Otros involucrados fugaron mientras que una inmensa multitud está recluida en las cárceles de Ruanda, esperando ser juzgada.

Según Pascal Jequier, encargado de comunicaciones del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ruanda, "Ruanda es el país con el mayor número de presos per cápita en el mundo". Los casi 90,000 reclusos se encuentran en condiciones infrahumanas en las 14 cárceles que existen en Ruanda. Esperance Mwamimi, una mujer de 43 años, está en la Prisión Central en Kigali junto a 8,630 internos. Ella, que hasta antes del genocidio trabajaba como contadora de la línea Ruanda Airways, fue detenida en 1996 acusada de participar en la preparación del genocidio, de vestir el uniforme militar y del asesinato de cuatro personas.

En su mameluco carcelario de color rosado y bastante bien arreglada, Esperance dice: "Estas acusaciones son injustas. Yo lo hice para proteger a mi familia, porque mi marido es tutsi. Además yo estaba escondiendo a otras personas amigas. La milicia vino y yo pretendí colaborar con ellos para que no nos maten. Los llevé a un lugar donde yo no sabía que ahí se estaban escondiendo cuatro personas. Eran amigos de mi marido ...pero yo no sabía que estaban ahí ...los mataron con machete ...me siento culpable pero fue un accidente".

En esa misma prisión está Gregorie Nylimanzi, de 37 años. Durante el genocidio de 1994, el era el líder de Nyamilambo, en las afueras de Kigali. Para Nylimanzi, los asesinatos, saqueos y la violación de mujeres, así como la destrucción de la casa de un tutsi, era una ley que imperaba, ordenada por el gobierno, y que "la gente simplemente obedecía. No había policía ni líder a quien llamar para poner orden. Las autoridades alentaban el genocidio por la radio y televisión y la gente simplemente se mataba los unos a los otros". Y agrega: "Gente como yo, con menos poder no podíamos hacer nada".

Nylimanzi niega haber matado a alguien pero sí acepta haber colaborado con la milicia.

Debido a la gran cantidad de casos y a la complejidad de lo ocurrido hace una década, el actual gobierno de Kagame ha recurrido a lo que tradicionalmente en Ruanda se conoce como "gacaca". Es un sistema de tribunales populares donde la propia comunidad, tanto hutus y tutsis, decide la responsabilidad de cada acusado. El acusado, por su parte, tiene la oportunidad de explicar por qué lo hizo, qué lo condujo hacerlo y, por lo general, pide perdón. Para algunos la gacaca no sólo alivia la carga sobre el Poder Judicial sino que es parte del proceso de reconciliación entre hutus y tutsis que el gobierno ha puesto en marcha.

Otros señalan, sin embargo, que en los últimos meses ha habido una serie de asesinatos que son producto de venganzas inspiradas por las revelaciones en la gacaca.

Mientras tanto, ahora, a diferencia de otras épocas, el documento de identidad que portan los ruandeses no distingue entre hutus y tutsis. Simplemente dice ciudadano 'ruandés'. Y este pueblo, protagonista de tanto horror hace una década, sí confía en el presente que la reconciliación va ser posible, a pesar del escepticismo de la comunidad internacional.

 

 


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