Edición Nº 1813

 

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4 de marzo de 2004

Los Carnavales de Cenizas

ANTE la hermosa playa de Copacabana, en Rio, uno trata de imaginar cuál sería la visión de los primeros conquistadores portugueses ante la pródiga sucesión de bahías que componen fielmente la imagen de un Brasil inconmensurable. Desde Copacabana, el mundo parece tan organizado, armónico y eufórico, que cuesta trabajo mirar al lado oscuro de la realidad, la política carnavalesca, tan distante y distinta de los lupercales de la alegría y los quitapesares.

América fue, primero, la forja de un sueño, la idea de hacer nacer un mundo nuevo en el que la vida sana y limpia, llena de esperanza y de contento fuera posible. El Nuevo Mundo pronto se trocó, sin embargo, en un mundo arrugado, con problemas, sin cuajar, crujiendo siempre ante lo que debería ser y, por un raro destino, es incumplido.

El Perú de Toledo no es muy distinto del Brasil de Lula, y de ningún otro mandatario latinoamericano que por igual son recorridos por los monstruos de la ingobernabilidad, las macumbas de los opositores y la irrealidad de sus empeños.

No es una casualidad que los pueblos latinoamericanos hayan asumido con fruición las festividades carnavalescas y que a partir de ellas se despepiten, se olviden de la política y erijan el reino de la imaginación y el placer como los grandes sustitutos de la cruda, decepcionante, magra política. Los carnavales son el sueño de la transformación, de la mudanza, del cambio de piel. Breves, intensos, pero, ay, pasajeros.

Dejamos Lima bajo la probabilidad de la presentación del gabinete Ferrero ante el Congreso, que aún no ha ocurrido, pero no imaginamos que iban a sucederse las mascaradas singulares, primero, del tema de la nacionalidad del ministro de Economía Pedro Pablo Kuczynski, segundo, el desfile de los parientes presidenciales acosados bajo la sospecha de un tráfico de influencias naif y, si se quiere, tan exótico como el haitiano, y, tercero, las apuestas sobre el Impuesto a las Transacciones Financieras, que ofrecen ese estupendo espectáculo de los trabajadores apoyándolo, cual empecinados estatistas, para decirles a los bancos: "no estamos con vosotros". Ya habíamos batido el record de una marcha teniendo a los banqueros como militantes de mayo del '68, nos faltaban ahora los trabajadores haciendo vigilia a favor de nuevos tributos.

Parecería que el carnaval entre nosotros es una necesidad, un lenguaje, un modo de hacer política. PPK ha tenido una frase dura y reveladora respecto a la ola nacionalista que despierta su actuación y su nacionalidad norteamericana: "el nacionalista de pacotilla es el que busca ponerle la bandera a un cadáver", es decir, esta manera sistemática que tiene el país de negarse a las oportunidades, a salir del hueco, a regodearse en el impedimento. País a medio acabar.

La otra imagen, sobre la cual se ha exagerado, es la de la familia presidencial -no hay familia del poder que no sea objeto de escarnio, si no que lo digan su majestad británica o el príncipe heredero. Pero, como en las cortes europeas, quizá el mejor expediente sea, entonces, el del silencio. Tiene el presidente Toledo unos hermanos que no saben callar y por ancestro, la misma curiosa concepción de un lenguaje con tropos, esguinces y giros que los llevan al error. ¿Son imprudentes, quieren halagar al hermano poderoso, son parte al fin y al cabo del encanto cortesano? Que las familias presidenciales aquí y en Sebastopol son poco cautas en tratándose de poner en aprietos al gobernante es tan viejo como la política, pero esto ha tenido aquí una resonancia magnética y viciosa.

Es difícil creer que continúe la maquinaria desestabilizadora, tan aludida por el oficialismo, en casos como el de los hermanos parlanchines y oficiosos, pero indudablemente el país tiene al frente muchos más casos por los cuales preocuparse. Los carnavales continúan pero ya con menos jales y atractivo: los hermanos en falta no hacen temblar ya a un gobierno por los suelos.

Mal que les pese a muchos, la ciudadanía continúa a la expectativa de la actuación del nuevo gabinete y no son malas señales la solución de los conflictos de los transportistas y de los portuarios, aunque fueren momentáneos, y el apaciguamiento general no obstante signos de inflación que no se ven hace varios años. Hace bien el gobierno en no entrar en el debate sobre aspectos puntuales de denuncias menores, bulliciosas pero intrascendentes, y centrarse en sus propias tareas de regeneración económica y social. La única papa caliente es César Almeyda, ya entre rejas, y al parecer con ganas de hablar. Puede contarlo todo. Ese sería un desfleme de enorme utilidad para el gobierno. Después de la fiesta, hay que quitarse la careta. Cholo soy y no me compadezcas.

 


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