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ARTES & ENSARTES 19 de febrero de 2004
Por LUIS E. LAMA

Dominatrices

n

JORGE Villacorta dedica su espacio en la Sala Miró Quesada para hacer una puesta en escena que rompe con los patrones tradicionales de una exposición. Infinitamente más audaz de lo que alguien se hubiera atrevido en este ambiente timorato y con una actitud saludablemente narcisista, él ubica su cuerpo como un pivote alrededor del cual giran todas las actividades que allí deberían de hacerse. Bien por él. Considero que su idea es valiosa -y valiente- porque pone sobre el tapete el protagonismo del curador en el arte contemporáneo en momentos que se tiende a cuestionar severamente su papel y a ser controvertida su función.

Por la nota de prensa se pensaba que el planteamiento era regresar al cubo blanco, borrando los graffiti anteriores, en un proceso de que hubiera podido tener un carácter reflexivo en torno a la relación entre curador/artista y el espacio en el cual trabajan. Desafortunadamente la meditación no se logra debido a la decisión de incorporar junto al curador-obra-de-arte a una gran cantidad de participantes que vuelven confusos los propósitos anunciados. Ocurre que al ingresar a la LMQG más que ver algún work in progress se encuentran apariencias de (des)montaje que -a pesar los textos que pocos leen- obligan a retirarse pues no hay mayores indicios de lo que se está intentando hacer.

Pueden ser muy importantes las actividades multidisciplinarias programadas así como los artistas de la argolla-Villacorta que allí intervienen, pero la falta de información impide saber con precisión cuándo se llevarán a cabo. Por eso sería deseable evitar que todo se convierta en un guiño entre patas que pueden haberse divertido mucho pero que no han invitado a la juerga. A esto se suma el hecho de que 27 días de verano resultan excesivos para una actividad de esta naturaleza. Basta recordar el éxito del ajustadísimo "Terreno de Experiencia", cuando Villacorta dirigía la LMQG, para apreciar las diferencias entre una actividad multidisciplinaria perfectamente coordinada por Cecile Zoonens, con la actual, en la que todo aparenta habérsele escurrido de las manos a su responsable. Siento decirlo, pero resulta difícil comprender cómo ha terminado siendo distorsionada una idea espléndida que hubiera podido derivar en una importantísima labor didáctica, en un medio en el cual la mayoría confunde el trabajo de un curador con el de un ginecólogo, mientras muchos "informados" equiparan al curador con un dictador.

Esta semana, conversando con futuros alumnos de arte, me preguntaron si el curador, al dar forma a una exposición, hacía que los artistas trabajasen para ellos. Pudiera serlo. He sido testigo de cómo curadores de países con carencia de artistas "exportables" diseñan las obras que desarrollarán aquellos que representarán a su país en alguna Bienal. Se establece de este modo una asociación patológica en la cual más culpa tiene el artista-esclavo que el curador-dominatrix que le ordena lo que debe hacer. Es ese el tipo de relaciones peligrosas en las que se sugiere participar vestido de cuero negro y látigo en mano.

¿Y cuál es el papel de la crítica de arte en este embrollo? Carolee Thea en su libro FOCI sostiene que la principal diferencia entre el crítico y el curador es que el primero trabaja con palabras y el segundo principalmente con objetos. Parece un tanto primario, porque de ser cierto, ¿el curador no estaría haciendo un trabajo paralelo al del artista? En realidad un curador no construye obra alguna....aunque el artista tampoco tiene obligación de "hacerla", pues casi un siglo atrás Duchamp con sus ready mades los liberó de este trabajo. Pero no fue el único. Los conceptualistas demostraron que la obra de arte ni siquiera tenía por qué "realizarse" ¿Más? Un artista no tiene que hacer necesariamente la obra, en muchos casos es totalmente aceptable que delegue a terceros esta función.

Para intentar desenredar la madeja Thea sostiene que el medio con el cual trabaja un curador no es la obra de arte sino el artista, por lo que considera indispensable que el primero sea un devoto creyente del segundo, en la misma medida en la que un pintor tradicional, por ejemplo, lo es de la pintura. Menudo lío. La mayoría de curadores que conozco son cínicos y/o agnósticos. Y, sí, algunos son dominatrices. Pero al final tampoco creo que haya muchos problemas con estas cuestiones de fe, porque hasta Borges pensaba que "cada uno debería de tratar de creer en algo". Amen. Sin acento por favor.

 

 


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