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ARTICULO

19 de febrero de 2004

Sérvulo 90 Años
Es el artista más completo de su tiempo. Su vida, intensa y apasionada, linda en la leyenda.

El tiempo ha volado. Sérvulo Gutiérrez cumple esta semana noventa años. Lo decimos en tiempo presente porque Sérvulo sigue vivo, a través de sus obras, de la anécdota y el recuerdo de sus pocos amigos que aún continúan en esta grey del Señor. Sérvulo, sin ser limeño, fue uno de los personajes más identificados con la ciudad. Nos parece verlo, asomando por el jirón de la Unión, en la plenitud de su vida, respondiendo saludos... en el calor y el color de un verano de los cincuentas. Vamos a su encuentro.

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En una chinganita de Los Molinos, Ica. Dibuja al doctor Enrique Orihuela. Año.1952. Der.: Programa de la velada de boxeo en la que Sérvulo Gutiérrez debuta como peso pluma. Contaba 18 años de edad. Corría el año 1932.

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Escribe DOMINGO TAMARIZ

ESTABA en la universidad cuando supe del nombre y la fama de Sérvulo Gutiérrez. A los futuros periodistas, como era natural, nos picaba entonces el deseo de conocer a los personajes de la ciudad y, entre ellos, a Sérvulo, de quien se contaban sabrosas anécdotas.

Por entonces, el bar Zela, ubicado en los portales de la Plaza San Martín, era el punto estelar de la bohemia limeña y como quedaba a sólo tres cuadras de la universidad Católica, al terminar las clases, algunas noches nos dábamos un salto para chispear, aunque sea de lejos al artista que, entonces, alternaba con Tealdo y con el poeta Pool, compañeros de incontables noches de bohemia.

Dos o tres años después conocía al pintor, justamente en el Zela, que bullía de gente feliz, a pesar de la dictadura, en un mundo que estaba lejos de apachurrarse con los males que hoy nos acosan.

Sérvulo arriba a la gran ciudad a los once años para instalarse en la casa de su hermano Alberto, en el jirón Trujillo, Rímac. Atrás quedaba su amada Ica, tierra que lo vio nacer en 1914 y que nunca olvidaría. La Lima de entonces era pequeña, pacata, todavía querendona y de pocos carros, que Sérvulo cruzaba, cotidianamente a pie, entre el Puente de Piedra y la Plaza San Martín, recorrido que hizo acaso tres mil y una mañana en su adolescencia.
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  En uno de sus autorretratos. 1945. Derecha, en Paracas, con Alejandro Morel y Enrique Orihuela, en casa de Anita Belev. Año 1955.

La vida de Sérvulo fue corta pero intensa. A los 6 años trabaja como mozo en el restaurante de su padre; a los 11 aprende a dibujar; a los 13, se emplea como peón en la construcción de la carretera Pisco-Castrovirreyna: a los 17 aprende a boxear y al año siguiente debuta en el ring del gimnasio Rímac. Entretanto, en el taller de su hermano Alberto hace réplicas de cerámicas paraquenses que, años después, serían adquiridas como auténticas por importantes coleccionistas y museos de Europa y Estados Unidos.

A los 20 años es Campeón Nacional de Boxeo de peso gallo; a los 21 subcampeón sudamericano, en Córdoba, Argentina. Al concluir el certamen, se instala en Buenos Aires. Contrae matrimonio con la argentina Zulema Palomiere y nace Lucía, su única hija. A fines de 1937, decide embarcarse hacia Francia.

En París hace un aprendizaje artístico libre, visitando talleres, exposiciones y museos, y en las noches frecuenta la bohemia del barrio de Montparnasse. La cicatriz que tenía en la cara es el recuerdo de una noche de torrentosa bohemia. Ante la inminencia de la guerra, regresa a Buenos Aires, y un año después a Lima.
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Retrato de mujer, 1945. También plasmó con gran maestría paisajes e imágenes religiosas. Der.: Sérvulo, su hermana Cely y Alejandro Mesarina y Carmen Gutiérrez, sobrina, en el Embassy. 1951.

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A fines de los cuarentas, después de largos años de estudio y bohemia, Sérvulo se forja un estilo propio, en el que aflora un expresionismo de rico y espontáneo colorido. Plasma con igual maestría paisajes de nuestra naturaleza, imágenes religiosas y rostros humanos. Para los expertos su pintura maestra es Los Andes.

Es ya el artista que goza de gran prestigio y popularidad, y a la par el hombre apasionado y con mucho gancho para las mujeres.

Pequeño de estatura, vital, carismático, en esa curva de la vida su imagen se torna habitual en los portales de la Plaza San Martín, en el bar Zela, en el Negro Negro, al lado de entrañables amigos, como Tealdo, Pool, Quíspez Asín, Catita Recavarren, entre otros. Todos ya ausentes, el último en irse y apagar la luz fue el poeta Pool, que murió el año pasado.

Sus trazos -a decir de Teodoro Núñez Ureta- son febriles, dislocados, calígrafos, de un lenguaje plástico de gramática particular, en la que se atropellan todas las normas de la lógica y se imponen las de un orden propio, instintivo, iluminado". Esa es la pintura de Sérvulo, el artista, el hombre, que acaso para las nuevas generaciones no existe y que al leer estas líneas, recién, acaso también, lo descubran en este esbozo de su dimensión artística y humana.

Partió a la eternidad cuando sólo tenía 47 años.






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