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ARTICULO

19 de febrero de 2004

La insoportable levedad de la OEA

Escribe LUIS NAVAJAS

LA habitual y densa nube de tedio oprimía a los asistentes a la reunión extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA para considerar el apoyo de esta institución al gobierno de Alejandro "Alberto" Toledo (¡qué tal lapsus!). Entre lugares comunes y frases hechas, los embajadores y embajadoras dispensaban al pasar uno que otro elogio al Presidente del Perú, lo cual es ciertamente muy difícil de escuchar en estos días en el país. Este fútil ejercicio de alabanzas llevaba a pensar que quizá la salida a la crisis peruana estuviera en que Alejandro Toledo sucediera a César Gaviria en la Secretaría General de la OEA, en la elección que debe realizarse en junio de este año. De todas maneras, entre las intrascendentes funciones del cargo está la pasión de Gaviria, que es apoyar a presidentes en desgracia: Bucaram, Fujimori (que, según él debía "gerenciar la transición"), Mahuad y Carmona. A esta altura del partido, los presidentes deberían comenzar a pensar que el apoyo de Gaviria les trae mala suerte.

Aunque espero que no suceda lo mismo con Toledo, sí cabe pensar que el apoyo de Gaviria y de la OEA no sólo es un ejercicio en futileza sino también una clara muestra de la impotencia de aquellos gobiernos que se están derrumbando por sus propias acciones y omisiones. Se consigue fácilmente afuera (siempre que esté de acuerdo Estados Unidos) el apoyo que se es incapaz de ganar adentro. Estos apoyos son, a la vez, una desnaturalización de las funciones de un organismo internacional que no debe intervenir en cuestiones internas de los Estados. Junto con la impotencia viene la falta de tino de andar exponiendo afuera las limitaciones que no somos capaces de superar adentro.

En temas que conciernen a la convivencia interna, sólo los de derechos humanos y de institucionalidad democrática tienen cabida en el ámbito internacional; ningún otro asunto puede ser tratado por embajadores de otros países. Ese es uno de los vicios de la Carta Democrática: abre la puerta a la injerencia de países que nada tienen que hacer en el juego político interno de otros. Y esa es su principal contradicción con la Carta de la OEA que se basa en el principio de no intervención. En la crisis peruana de hoy, afortunadamente, no hay problemas de derechos humanos ni de institucionalidad democrática; hay un problema de liderazgo y de conducción del Estado. Y eso sólo lo resuelve el Presidente Toledo, que para eso fue democráticamente elegido. Si él no lo resuelve, la admirable capacidad negociadora de los peruanos encontrará los caminos constitucionales y pacíficos para hacerlo. Al resto de países solo les queda desearles buena suerte, pues los pueblos y sus gobernantes sólo tienen lo que son capaces de lograr.

 

 

 


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