Edición Nº 1806

 

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ARTES & ENSARTES 15 de enero de 2004
Por LUIS E. LAMA

Testimonio de Parte
n

POCAS retrospectivas tan merecidas como la inaugurada ayer en el ICPNA a Regina Aprijaskis. Con una trayectoria digna de figurar en la historia del arte peruano, estudió en Bellas Artes donde frecuentó a notables indigenistas, a pesar de que son escasas las obras que se conservan de la joven Regina, tanto o más talentosa que varios de sus maestros. Sin embargo hubo un silencio -posiblemente ocasionado por la edad de los compromisos familiares- que se rompería con su inolvidable exposición en el antiguo IAC de la calle Belén. En esta muestra, decisiva en mis años de formación, Regina sentaría las bases de lo que sería su pintura posterior. Allí primaba un espacio de filos nerviosos y sobre todo un espléndido color, a disposición de una composición apenas definida por fragmentos que interrumpían el primer plano. Nada más...ni nada menos. Comprendí entonces que la austeridad va pareja a la sabiduría, que la síntesis es producto de un largo proceso de decantación y que la severidad no está reñida con la sensualidad.

Eran cuadros que hubieran podido contener la espiritualidad de Rothko y, en varios casos, el dinamismo de Diebenkorn, quien a su vez supo asimilar las lecciones de Matisse. (No conozco artista alguno que ame el color y no sea deudor del mayor pintor del siglo XX). Sin embargo, Regina mantenía en su casa obras secretas. La serie de desnudos que trabajara con Stamos en Nueva York, donde destacaba la soltura de la pincelada, la rapidez en la ejecución, el dominio del dibujo y una energía posiblemente derivada de la formación expresionista que tuvo la tardía generación de indigenistas.
En 1984, al asumir la dirección de la Miró Quesada, comencé a investigar quiénes eran los coleccionistas de Herskovitz para inaugurar la galería con una muestra del pintor. Regina tenía uno de los cuadros que más apreciaba y cuando me anunciaron que ella se encontraba en la sala, salté a conocer a la mujer que durante largo tiempo había admirado por una sola exposición. El flechazo fue automático. Le recriminé no haber continuado con esos cuadros que muchas veces me sirvieron de refugio, y la invité a exponer. Con sorprendente fortaleza, mirándome a los ojos me contestó aceradamente que lo iba a pensar. Unos diez años después me invitó a ver el proyecto que había preparado y al verlo consideré que me encontraba frente a la artista más joven de la plástica peruana. En sus nuevos cuadros desaparecían los rastros de pinceladas y veladuras. Todo era absolutamente plano rechazando cualquier tipo de concesiones a un medio que vivía los estertores del nuevo expresionismo. Nadie fue tan radical como ella para romper con los gustos del momento, nadie tan tajante para reducir la pintura a un plano de color.
Admito que Malevich se encuentra entre mis devociones prioritarias. Reconozco que Ellsworth Kelly supo sorprenderme con lo que originalmente me resultaba un enigma. Que Albers y los geométricos me resultan de especial interés. Por eso cuando a mediados de los noventas me enfrenté a una obra que privilegiaba el color sobre la forma y al espacio sobre el significado, terminé por cuestionarme si acaso allí no estaba la esencia misma de la pintura y el resto no será sólo ornamento. Y eso se lo debo a ella.
En el catálogo, Castrillón habla de la "fortuna crítica" de Regina. Es cierto. Ella es la única artista que ha expuesto tres veces en la Sala Miró Quesada, y la última vez logró perfeccionar ese intento de integración de la pintura al espacio creando ritmos esencialmente musicales que pudieran remitir a Kandinsky. Pero Regina es también mujer de combates. Recuerdo por ejemplo la audacia de su bandera peruana, hecha simplemente con tres franjas paralelas, que donaría a la Municipalidad de Miraflores. Cuando Germán Kruger -cuyo nombre lleva la sala de la retrospectiva- fue alcalde, ordenó retirarla del ingreso a su despacho para reemplazarla por obras más afines a su gusto, digamos... derivados que exhiben en el Parque Central. Sorpresas te da la vida.
Algunos llamarán a estos cuadros geométricos, otros filo duro, los más cosmopolitas lo llamarán "hard edge" o quizás superflat. Para mí sólo es pintura -absolutamente apasionada y contradictoriamente racional- que se debate entre la libertad y el cálculo, para dar como resultado esas obras que -no tengo dudas- la llevarán a nuestra historia como una de las mujeres con más agallas de estos tiempos mazamorra en que vivimos.
Como la "fortuna crítica" es antítesis de las predilecciones locales por el suspiro a la limeña o el chicle bomba, estoy convencido que llegará el momento en el cual, la generación que nos sucederá, comprenderá a quienes hoy sólo bordean el reconocimiento mayoritario. A Regina parece importarle muy poco. Su triunfo es haber logrado hacer obras para una posteridad, en la que confío se asimilará mejor el rigor que caracteriza a la obra y la vida de una mujer que es uno de mis entrañables personajes inolvidables.
   

   
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