Edición Nº 1803


 

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22 de diciembre de 2003
Por AUGUSTO ELMORE

LA circunstancia me obliga a empezar esta página con la noticia, recibida hoy domingo 14, de la captura de Sadam Hussein, el destronado sátrapa de Bagdad, padre de todas las maldades. No puedo menos que alegrarme, aunque no coincida con la guerra entablada por los Estados Unidos e Inglaterra contra Irak, países que mucho me temo se hayan metido allí en una tremenda camisota de once varas. Derrotar a un déspota no es tarea que le compete a un país, o dos países, porque para eso, en todo caso, están las Naciones Unidas. Entrar fue aparentemente fácil, dado el inmenso poderío bélico de ambos países, y en especial el de Estados Unidos; salir de allí será bastante más difícil. Ahora no cabe sino esperar a ver qué pasará con Sadam Hussein, que bien puede terminar siendo una papa caliente en manos de la coalición. Es decir, la papa caliente madre de todas las papas calientes.

Miro el Perú y me pongo a pensar si no nos habrá invadido un virus alienígena que haya atacado el cerebro de todos y cada uno de los peruanos. ¿Cómo puede ser que de repente nos hayamos convertido todos en devoradores de honras y de personas, en antropófagos de nosotros mismos? ¡Qué nos ha pasado, por Dios! Las noticias que llegan aquí en España son absolutamente deprimentes y nos dan la impresión de estar viendo desde esta lejanía una de esas películas de monstruos en las que todo sucede menos, claro, el desarrollo y el progreso, que cada vez están más lejos. Vemos la difamación y otros vicios nuestros saliendo de sus tumbas (si es que alguna vez estuvieron enterrados) y caminando en busca de víctimas y de sangre, devorando prestigios. ¡Atroz!

En busca de respuestas, acudo a la mitología y me encuentro con la figura de Saturno, gran Señor del Tiempo, poderoso dios preolímpico, uno de los llamados titanes, hijo de Urano, ante quien se rebeló, y derrocó, por instigación de su propia madre, Gea, la Tierra, con la idea de gobernar el mundo. Su hermano mayor, Titán, de cuyo nombre proviene el apelativo de titanes, le cedió el mando a Saturno, consentido de Gea, con la condición de que Saturno matara a sus hijos en cuanto nacieran, a fin de que algún descendiente de Titán gobernara posteriormente. ¿No les suena, estimados lectores, a algo conocido, a lo que sucede en el Perú últimamente?

La terrible figura de Saturno inspiró a dos de los más grandes pintores, Rubens y Goya, cuadros del mismo nombre que son considerados entre los más terribles de ambos: Saturno devorando a sus hijos. Con una vuelta de tuerca del tiempo, los dos parecen retratar la realidad peruana siglos después de haber sido pintados. Allí está pintada la política peruana tal cual es, o sea, devoradora de sus propios hijos. Ido el gabinete anterior hecho pedazos, la misma suerte le espera al recién nombrado, no importa el prestigio de sus integrantes. Ya casi parece increíble pensar o suponer que detrás de todo se encuentra una mano negra. Yo lo creía, y pensaba además que pertenecía a un ser taimado como Fujimori. Ahora empiezo a dudarlo, creo que el veneno lo tenemos dentro los peruanos, permítanme la desesperanza.

Todo eso se comprueba con la siguiente constatación. No había asumido todavía el nuevo Primer Ministro, hombre sensato y recto si los hay, con el que alguna vez podremos discrepar pero nada más, y aparece de repente ¡una encuesta!, que lógicamente le atribuye -a él que ni siquiera se ha ceñido la faja ministerial- 53% de desaprobación. Una encuesta retrospectiva. ¡Jamás visto! Los desenterradores de encuestas son de rechupete.

Otra: un congresista (¿adivinen de qué partido?) le augura, de arranque, apenas cinco meses de vida al nuevo gabinete. Los ministros ni siquiera habían alcanzado a tomar asiento y ya aparecía alguien que les quitaba la silla. Muy constructivo, ¿no?

He leído detenidamente la Declaración de Derechos Humanos y no he leído en ninguno de sus capítulos uno que señale el Derecho de ser pobres irremisiblemente, que parece el que la Asociación Pro Derechos humanos (Aprodeh) defiende con tenacidad en el caso del proyecto aurífero de Tambogrande, al que se opone, por cierto, como si el trasladar las casas pobres de los cultivadores de limón a un lugar en el que no obstaculicen la creación de una nueva fuente de trabajo y de riqueza, fuera un atentado contra un derecho humano consustancial. No voy a tocar más el tema, porque achaco antes que nada a la minera Manhattan la culpa del mal manejo de la situación, pero no deja de escandalizarme que se impida el desarrollo de una actividad que sólo podría llevar progreso a la población. Aprodeh y su socio Oxfam deberían ocuparse más bien en obtener y gestionar que los limones de Tambogrande puedan exportarse con justicia y equidad a mercados europeos en donde actualmente se evita competir con la calidad de los limones peruanos. Si no cambia la situación a ese respecto, los productores de limones de la zona serán sempiternamente pobres. Un derecho humano que parece proponer Aprodeh.

Lo había notado en viajes anteriores que hice a Madrid: en esta ciudad, en plena emblemática Gran Vía, existe un local de venta de lotería que tiene el honor de contar con colas larguísimas de clientes ansiosos de adquirir su huachito, como los llamamos nosotros. Se trata del local de Doña Manuelita, que alguna vez tuvo la suerte de venderle eso, la suerte mayor propiamente dicha, a un cliente, y desde entonces se ha hecho tradición entre los madrileños en comprar allí la lotería, que en España es varias veces millonaria. Uno de estos días haré allí mi cola.


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