Edición Nº 1796


 

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    30 de octubre de 2003

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pucha, Mi Verdad en el Country

    A ver, hija, con qué te quedas: la denuncia de Risco contra la discriminación racial de la que es víctima en el Congreso o, pucha, la dignidad ofendida con la que el porcino del Alan García reaccionó cuando Madame Carrot le dijo lo que le dijo (que me da pavo atroz repetir). Cuando le planteé el dilema a Maripí en la mesa del café en el Country, pucha, me miró como si Einstein le estuviera tratando de explicar la diferencia entre la teoría de la relatividad y la de los quanta y me contestó, "China, he venido a relajarme porque estoy estresadísima y no para que me hables cojudeces antropológicas". De modo que lo dejé ahí y nos mandamos con un chisme sobre la depre que le ha dado a Raúl Modenesi ahora que le cerraron el Costa Verde y bueno, concluimos en que era lo mejor que podía haber pasado (no lo de la depre, no seas mala, sino la clausura del restaurante) porque últimamente ya no veías ahí a nadie, a nadie, pues, yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, en esas andábamos, disfrutando del último lugar en Lima donde puedes seguir sintiendo la continuidad de la historia (o al menos eso creíamos) cuando en eso, qué crees: se abre la puerta de vidrios y entra una especie de horda paleolítica que para comenzar, arrasó con la mesilla rodante de los postres. Hija, cuando vi a Doris Sánchez metiéndose a la boca con la manito una porción entera de crocante de lúcuma mientras a Garavito le colgaba una fresa de las comisuras de la bocota, pucha, me empezó a doler el brazo derecho y le dije a Maripí que esperara un ratito, que me iba al baño a acomodarme el infarto. Por supuesto que en el baño lo que me vino fue un ataque de llanto de tal magnitud que agoté los kleenex y el papel higiénico y cuando estaba en plena sobadera de nariz entran dos peruposibilistas a retocarse el maquillaje y eso ya fue demasié para mí: con lápiz Faber se pintoneaban las cejas y se ponían chapas de unas polveras que te juro, o sea, las colocabas sobre un pedestal en la galería de la Municipalidad de Miraflores y ya tenías una muestra sobre la post modernidad, el mundo andino y los desgarrones de nuestra identidad cultural, casi privo.

    Encima, chola, faltaba el cherry del pastel: don Pachi recién bajado de Asia, con más cara que nunca de pan de ayer, o sea, entrando al café cual Toparpa reivindicado por la historia gracias a la derrota de los chancas, no sabes lo que era. Ante semejante espectáculo, hija, yo comencé a sentir por dentro una cosa rarísima, que nunca antes me había pasado. Era como una necesidad de hablar fuerte, pucha, de hacer sentir mi conflicto intercultural regio, ¿ya?, sea como fuere, y entonces, o sea, mientras Pachi en su mesa se mandaba con una perorata tipo "Ho vonodo o onstolor lo poz o lo concordio on ol corozón do nuostro orgonozoción portodorio", pucha, yo por mi lado me trepé a la mesa, me clavé la servilleta como gorro frigio en la cabeza y con una Maripí que si abría un poco más los ojotes se la llevaban al frente para que conviva con los delfines del hotel; pucha, comencé a gritar mi verdad.

    "¡Tolerancia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre", arranqué casi en francés, no sabes, "porque si no es tolerancia lo que una debe tener por toneladas para aguantar que ese mundo, que pucha, siempre estuvo al frente, ahora se meta hasta a los predios de mis ancestros, entonces de qué estamos hablando. ¿Acaso yo me he ido a zampar a sus clubes interprovinciales a comer chiuruchi sin que me inviten? ¿Alguien podría acusarme, pucha, de haber invadido con mi presencia occidental y cristiana, los universos mágico religiosos de los que ustedes provienen? Entonces, si cada uno tiene su lugar en este mundo, establecido por la historia con minúscula y la Historia con mayúscula...¿qué carajo hacen en el Country Club, me pueden explicar?"

    Hija, cómo te explico que Pachi se clavó al hilo tres blues dobles y a pelo, mientras Waissman se despeinaba como un estropajo de cine de barrio, no sabes lo que era. Por supuesto que bajó el administrador, el gerente, la relacionista pública y la mamá de Tarzán pero nadie podía contener mi grito de rebeldía; qué hermanos Gutiérrez ni niño muerto. El asunto terminó cuando la pendeja de la Sánchez se le acercó en secreto a Pachi y parece que le dijo quién era yo. Pucha, tendrías que haberlo visto de color blanco por primera y última vez en su vida. "Vómonos do ocó quo so Oliono so ontoro quo ho ostodo bojo ol momo tocho con lo Chono Todolo, moñono solo o docloror sobro lo órobo o lo quo so torobo Olon Gorcío o mo popolorodod bojo o monos coro": y así, sin más ni más, pucha, desaparecieron los migrantes, hija, pero dejando el local como el Coliseo un domingo a las seis de la tarde. Maripí zafó apenas pudo, y yo terminé sola, desgarrada, expoliada, rendida, frente a un arete que había dejado Celina Palomino con el apuro y es tan feo, hija, tan pero tan feo que qué más te puedo decir. Chau, chau. (Rafo León).

     


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