Edición Nº 1794


 

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    16 de octubre de 2003

    Alas con Viento en Contra

    LA idea de viajar al exterior desde el alto cargo de Presidente de la República no sólo enciende los ánimos sino también la imaginación.

    En el peor momento de las críticas, el presidente Alejandro Toledo ha llevado las cosas hasta el punto de decir que lo maltratan por ser indígena, una suerte de cóndor convertido en jalapato.

    La imagen de un mandatario en viaje y en encanto de gira victoriosa la presta una célebre novela del mexicano José Vasconcelos, "El Ulises criollo", que nos recuerda dos cosas: viajar es aventurarse, siempre es un albur y un destino inconcluso: y viajar es encontrar que no hay isla que nos lo brinde todo, que Itaca es más un anhelo que una realidad. Por eso que empeñarse en decir mediante esta gira el mundo se encandilará con el Perú y conseguiremos el oro y el moro, es exagerar.

    Lo contrario tampoco nos alivia a los peruanos, codiciosos de nuestra querencia (como el Perú no hay dos) pero parroquiales, sin ojos de ver más allá y apostar por otros horizontes.

    No hemos sido pródigos en viajes presidenciales, salvo de los tres últimos presidentes que se presentan como el símbolo de la globalización: Alan García, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, la triple A.

    En el siglo XIX, los mandatarios viajeros hicieron incursiones militares (Agustín Gamarra en Bolivia, Ramón Castilla en Guayaquil) o marcharon por los vaivenes crueles de la política o, como en el caso de Mariano Ignacio Prado, en aciagos y controvertidos días, en la guerra del Pacífico. Nadie pensaba en que los presidentes deberían viajar, pues el mar era proceloso y los vaivenes en tierra lo eran más aún.

    Siendo pocos, estos viajes han parecido siempre rodeados de boato y fasto. Ahora alguien dijo que era un lujo que a un avión peruano le rindieran en suelos extranjeros honores militares, una forma de deificar al avión con prescindencia del contenido. Hábilmente algunos de los tiempos recientes, como Alberto Fujimori, han mostrado parquedad y retaceo en sus viajes y por ello no recibieron tantas críticas.

    Dos grandes figuras presidenciales, del primer tercio del siglo XX, don Augusto B. Leguía y el general Oscar R. Benavides, sea por los años que duraron, sea porque antes y después de gobernar en un primer período paseaban su humanidad aprovechada por Europa, suelen alimentar la idea de una vida palaciega regia, europea y bonancible.

    Pero hasta en eso el Perú ha ido para atrás. Ya no hay Leguías, Benavides, Prados; se han sucedido clasemedieros como AGP, AFF y ATM a quienes la opinión pública exige cuidar el centavo, y en cada marcha al exterior partir acompañado de queja vocinglera.

    En los tiempos relativamente recientes el Dr. José Luis Bustamante y Rivero no tuvo tiempo de viajar acuciado por las urgencias locales y su único baño internacional fue el lanzar al mundo la tesis de las 200 millas con la reticencia de las grandes potencias. Don Manuel Prado no se privó de algunos viajes memorables en su primer mandato a Estados Unidos -es célebre el encuentro con F.D. Roosevelt-, Cuba,Venezuela, Panamá y Colombia, pero sobre todo dejará imborrable recuerdo como el "teniente seductor" que comandó la campaña del '41 y logró plasmar el Protocolo de Rio de Janeiro, donde jugó mucho su pronta adhesión a la causa aliada en la II Guerra Mundial.

    Alan García por su parte gracias a los viajes y el encendido verbo quiere ser una figura candente, en disputa incluso con Fidel Castro, e irá por el mundo como lancero del no alineamiento. En Naciones Unidas plantea el 10% del pago de la deuda. En Zimbabwe brama con discurso antiimperialista. Encandila en México donde se siente Villa, anima al grupo de Contadora, viaja a la Argentina ( para celos de Alfonsín), a Roma para estremecer a la FAO, a Cartagena de Indias para lanzar la ofensiva antinarcóticos, a Managua para sostener al sandinismo de los primeros tiempos, a Ecuador para una cita en las islas Galápagos. Y en algún momento García galvanizó a la prensa norteamericana con su prédica de resistencia a la gran potencia del norte, pero luego los cada vez más pequeños logros económicos le hicieron perder predicamento.Ahora que el Apra critica los viajes de Toledo, no deja de ser una ironía que la vaca ignore que alguna vez fue ternera y, además, seducida por el kilometraje aéreo.

    Retornará el viajero andino, adicto al avión presidencial, lleno de promesas y entusiasmos. En ese momento debemos recordarle, cuando trate de calmar la marmita partidaria que devora a los correligionarios entre sí, dos grandes frases: "viajar es reformarse" de José Enrique Rodó y "el andar tierras y comunicar con gentes hace a los hombres discretos" de Miguel de Cervantes. Ojalá esto funcione con Toledo.



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