Edición Nº 1794


 

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    ARTES & ENSARTES 16 de octubre de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Apariencias Secretas

    LOS actuales son tiempos imprecisos, liberados de dictaduras y tendencias, por eso hoy cada artista toma la opción que considere mejor para representar a su generación y su tiempo. Si por ejemplo, uno visita la espléndida exposición de Giancarlo Vitor en La Galería, una primera lectura ubicará al espectador en un espacio atemporal con ciertas reminiscencias del siglo XIX. Sin embargo, las apariencias nos engañan. Lo de él es absolutamente contemporáneo y su rigor lo ha llevado a una relectura de lo cotidiano, usando los objetos para crear lo que pudiera definirse como un bodegón, en obras que lucen entroncarse con la mejor tradición occidental. En realidad, los cuadros permiten múltiples lecturas, sobre todo cuando uno enfrenta la secuencia de plátanos con la de cuchillos, de inmediato se percibe esa relación Eros-Tánatos que domina una muestra que culmina en una instalación, donde se aprecia el carácter siniestro de la cotidianeidad, la mirada secreta y el lúcido horror infantil que suele escapar a nuestra comprensión. En este cuarto final se termina por reafirmar la perversión de lo oculto, de aquello que Vitor irónicamente llama banal.

    Un visitante se acerca y me pregunta si los cuadros son "dibujados del natural o proyectados". Como lo considero irrelevante le respondo sin pensarlo mucho que "parecen proyectados del natural". Me agradece y se retira poco convencido -igual que yo- de mi respuesta. Hubiera resultado demasiado largo explicar que Philip Steadman, un teórico londinense, investigó el conocimiento que Vermeer tenía de los avances ópticos en el siglo XVII. Con estos propósitos construyó un estudio, a modo de cámara oscura, demostrando que Vermeer usó este recurso -un enorme pin hole dentro del cual se encerraba- para crear algunos de los cuadros más importantes de la historia del arte. Cuatro siglos después no terminamos de comprender que por más equipos a su alcance, nadie puede limitarse a calcar una imagen. Se requiere de habilidad para crear de nuevo la ilusión tridimensional que la fotografía aplasta y, particularmente, en las cosas del cuerpo no hay proyección que valga, si no sabe dibujar. Sin esta habilidad no hay verosimilitud posible.

    Me tiene sin cuidado si Vitor proyecta sus imágenes o no; lo que me interesa de él, es la sutileza para narrar la perversión de la vida contemporánea a través de la banalidad de cada día. De cierto extraño modo su exposición me recuerda a una obra de José Triana, puesta dos veces en Lima, "La noche de los asesinos". En ella, tres hermanos liberados del yugo paterno se entregaban a un absurdo juego de maldad, subvirtiendo los conceptos de familia y hogar. Su estribillo a lo largo de la obra: "La sala no es la sala. La sala es la cocina. El cuarto no es el cuarto. El cuarto es la letrina". En este ejercicio freudiano de la crueldad, nada es lo que parece... o aparenta ser.

    Hay un desquiciamiento similar al de Triana en la propuesta de Vitor, sólo que infinitamente más sutil. Los caños, tazas de café, cigarrillos y ceniceros, lápices de labios, todos esos elementos que solemos considerar prosaicos, adquieren un carácter insólito, gracias, entre otras cosas, a la dimensión psicológica otorgada y a una austeridad que mantiene en todo el recorrido de la muestra hasta que el color estalla en el gran bodegón final. Frente a él, al otro extremo de la sala, se ubica un cuadro notable, el del escurridor de cubiertos, del cual emergen curvas y diagonales aceradas, sobredimensionadas, que en nuestro interior se transforman en descomunal amenaza doméstica.

    Una muestra de esta naturaleza fácilmente hubiera podido ser resuelta a través de una imaginería POP, bien asimilada entre nosotros. Fácilmente Vitor hubiera podido optar por trabajar "a-lo-Ronsenquist", pero al decidir hurgar en la historia del arte nos vuelve a recordar que en momentos de post-posmodernidad(sic) lo ocurrido hace más de 100 años puede resultar más contemporáneo que lo hecho 40 años atrás. Sin embargo, él no luce interesado en apropiar la historia, más bien -como Manet antes y Richter hoy- su mirada es más fotográfica que pictórica. Más aún, sus series de plátanos y cuchillos remiten a un lenguaje cinematográfico, en el cual se alternan distintos planos del objeto para mostrar todos sus lados a plenitud. Esto permite que cada serie adquiera un movimiento virtual gracias a los distintos puntos de vista de cada cuadro, que al final pudieran terminar convirtiéndose ante los ojos más informados en un fotograma pintado.

    Angela Dalle Vacche en su notable libro "Cinema and Painting" señala la capacidad de los artistas de volver visible lo oculto. Vitor también lo hace. Su poética en torno a la cotidianidad, la dimensión freudiana que otorga a cada forma, constituye un espléndido ejemplo de cómo el arte es capaz de hacernos ver a la vida en una diferente dimensión. Por eso, con esta primera individual en una galería no institucional, Vitor no sólo se reafirma como un brillante pintor, sino como un artista con un concepto definido, capaz de volver trascendente lo banal.


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