Edición Nº 1794


 

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    16 de octubrevde 2003
    Por AUGUSTO ELMORE

    AQUI en Madrid la gente está preparándose para las próximas elecciones autonómicas que se realizarán, repetirán en verdad porque las anteriores no dieron -gracias a dos tránsfugas- un resultado visible. La gente en general, digo, pero los políticos también, porque todos ellos se mandan día de por medio a ofrecer el oro y el moro, casi como si fueran proveedores de maná a domicilio, maná-delivering, digo. Claro que el gobierno tiene la ventaja que no necesita prometer mucho, sino sólo dar los dispositivos suficientes para convencer a la gente de que no se olviden de votar en su favor. Es decir que aquí en España es igualito que en el Perú Y todo para elegir al presidente de la Comunidad de Madrid, que por ahora detenta, por continuidad y con carácter temporal, José Ruiz Gallardón, que era el presidente de la Comunidad de Madrid, que en las elecciones de abril salió elegido como Alcalde de la ciudad. Prometo, prometo, a ver si salgo, esa es la regla de la política. La misma fórmula internacional que los peruanos conocemos tan pero tan bien.

    Al escribir estas líneas me entero que todos los problemas del Perú han sido solucionados. Gracias especialmente a diligentes y sobre todo astutos miembros del partido Perú Posible, y también a los de la oposición, así como a la gran mayoría de los periódicos y sus comentaristas, el país avanza desde hace poco en busca de su destino, mejor aún que si Camisea estuviese ya en producción, sin que tropiezos descomunales como Guillermo Gonzales Arica se interpongan en su camino. El país está finalmente en posibilidades de avanzar, porque ya no hay ningún Willy que se oponga a ello. El Enemigo Público Nº 1 ya no lo es más. ¡Demos gracias al Señor! El periodismo ya puede descansar en paz. Hasta la próxima, claro.

    Como algunos lectores de esta página recordarán, hubo una época en la que hice una decidida e insistente campaña en contra de los enormes letreros que empresas desaprensivas colocaban en las mejores avenidas de la capital y, sobre todo, en la autopista a Pucusana. No una sino decenas de veces les dediqué mis comentarios sin que, lamentablemente, las autoridades municipales hiciesen mucho por poner orden en ese abusivo trato que daban a la ciudad, lo que no suele suceder en ninguna capital del mundo que se honre de serlo. Fui yo el que denominó a ese atropello de "contaminación visual". Es por eso que hoy, sin modestia alguna, quiero atribuirme algo del enorme mérito de las municipalidades, en primer lugar, de Santiago de Surco, y luego de las de Miraflores, San Isidro, La Molina y San Borja, que se han puesto las pilas y parecen decididas a acabar con esa plaga, amparada, ¡cuándo no!, por malos elementos pertenecientes al poder judicial (con minúsculas), que protegen a quienes desacatan las ordenanzas municipales, que son tan autónomas como, por su lado, pretende serlo el poder judicial. Me permitirán, pues, los lectores que tienen buena memoria, que cometa sin ninguna falsa modestia el pecado de vanidad al atribuirme ser el iniciador de la causa en la que están empeñados dichos alcaldes contra los letreros gigantes que afean aún ahora las principales vías de la ciudad

    He sido uno de los muchos miles de peruanos que, aún desde la distancia, seguimos con inquietud el caso del secuestro que conmovió recientemente a Lima. El nefando crimen del secuestro, quizá el más cobarde y punible de los que existen, no puede causar sino repulsa. Felizmente, como en algunos casos anteriores, y debido esencialmente a la presión pública, el plagio -en este caso singularmente abusivo- fue finalmente resuelto para bien. Desde lejos nos alegramos hasta el alborozo por ese resultado.

    Pero eso no quiere decir que por ello hayamos perdido la sindéresis, como es el caso de la nota publicada nada menos que por el diario más importante del Perú titulada "Los héroes del Puente Huáscar", refiriéndose a los vigilantes Vivar e Ipanaqué, que se hicieron famosos por haber sido testigos del momento en que el joven secuestrado era abandonado por sus plagiarios. ¿Es que un hecho de tal naturaleza les ha hecho perder al autor de la nota y a sus editores de toda capacidad de discernimiento?. ¡¡¡¿Héroes?!!! si ni siquiera fueron capaces de apuntar el número de la placa del auto en el que se movilizaban los autores de la fechoría y, además, se quedaron con las evidencias, quizá como souvenir para mostrárselas a sus amigos. Héroe, señores, tiene varias acepciones: 1) Varón ilustre; 2) Protagonista o personaje importante de un poema épico, de una leyenda; 3) Semidiós; 4) Persona muy admirada por sus calidades; ninguna de las cuales encaja con esos buenos muchachos que se dieron de bruces con la fama. La petit fama, desde luego.

    Yo creo que esa noticia y ese titular en verdad descubren algo que estando sumergido parece brotar de la conciencia colectiva peruana. No es sólo falta de sindéresis (¿sindéresis?: ¿que es eso?), sino una aparente e imperiosa necesidad de triunfo, cualquiera que fuera, de una medalla, aunque sea de hojalata, de un título, así sea producido en Azángaro, de un gol que no sea autogol. Preocupante, en verdad. ¡Los héroes del puente Huáscar! ¡Madre!

    Vista la dimensión de los disturbios protagonizados por mineros y populacho boliviano en contra de la probable decisión de su gobierno de hacer salir el gas de su país por territorio chileno, me arrepiento de la nota que publiqué en el número anterior, en la que me solidarizaba "patrióticamente" con esa voluntad del pueblo boliviano de cobrarse el despojo cometido por Chile, que los privó de su salida al mar. La reivindicación boliviana podrá ser justa, pero inspirada por demagogos de tan bajo calibre como el dirigente Ivo Morales, no merece apoyo de ninguna naturaleza, ni siquiera en chanza.

    La voluntad de algunos grupos políticos (los conocidos de siempre) sirvió para una causa muy apropiada: que muchos periodistas de investigación se dedicaran a sumar las veces que otros (¿otro?) presidente(s) y otros congresistas viajaron también al extranjero sin tener ninguna misión aparente. Es que no se puede tirar piedras teniendo tejado de vidrio.


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