Edición Nº 1785


 

  • Portada
  • Nos Escriben...
  • Mar de Fondo
  • Heduardo
  • China te Cuenta...
  • Ellos & Ellas
  • Culturales
  • Caretas TV
  • Lugar Común
  • Piedra de Toque
  • Artes y Ensartes
  • Mal Menor
  •  

     

     
    ARTES & ENSARTES 14 de agosto de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Alquimia

    EN los últimos años he visto cómo paulatinamente emergían artistas que cada vez más reaccionaban contra lo digital y daban una vuelta de tuerca para regresar a los orígenes de la fotografía. Algunos críticos los llamaron los "anticuarios de la vanguardia" con un tono irónico que solía irritar a algunos sobrevivientes de la posmodernidad. Entre los notorios que decidieron volver al cuarto oscuro y al laboratorio, se encuentra Chuck Close, cuyos daguerrotipos resultan memorables. Lo más notable que he visto en el presente año han sido fotografías impresas recurriendo a procesos elementales que vuelven a adquirir interés, como ocurre con los fotogramas de Man Ray y el cianotipo, que en el Perú sólo había visto en algunas obras de Chambi.

    Pocos hubieran dicho que en medio de la fiebre tecnológica se volvería a replantear la dicotomía entre pintura y fotografía, después de que lo digital pareciera abolir los antiguos procedimientos artesanales. En realidad, sucede todo lo contrario. Más que enfrentamiento, las murallas disciplinarias han sido derrumbadas y pudiéramos hablar de una integración, producto de la difuminación de los límites. Porque si la fotografía fue uno de los factores que más contribuyó al nacimiento del impresionismo, hoy -cuando la pintura aparenta estar siendo nuevamente relegada- es posible apreciar un proceso diametralmente opuesto en los pintores que se desplazan hacia la fotografía y el video.

    Esta búsqueda en el pasado fotográfico pudiera aparentar una repetición histórica de la transvanguardia pictórica. Sin embargo, nada más lejos de la pesimista visión de Bonito Oliva que la de los fotógrafos que se alejan de la perfección técnica que caracteriza a una Cindy Sherman, o de quienes hacen una tortilla de imágenes en su PC, como ocurre con Mariko Mori, cuya obra apasionadamente detesto. En realidad la actitud de rescatar el pasado, más que de posmoderno o arqueológico, tiene ese espíritu investigador de la vieja vanguardia, como ocurría con los "combines" de Rauschenberg, quien experimentaba con ensamblajes, pintura, fotogramas y cianotipos en los años cincuenta.

    La nueva turbulencia es positiva. Si ella nos regresa a técnicas del XIX, alejándonos de la terrible uniformidad de la impresión láser y del photoshop, no por eso rechaza una imagen obtenida digitalmente cuando así se requiere. Hoy, ya no existe dogma alguno, ni siquiera en el cine de Lars von Trier. Es cierto que muchos dirán que ahora es más "democrático" hacer arte, pues con una PC en casa cualquiera puede ser artista. Es una falacia. Si bien es cierto que después de Duchamp arte puede ser "cualquier cosa", también es cierto que no "todo" es arte. La diferencia podrá ser ambigua pero es tiempo de reconocerla antes de seguir abusando de lo que consideran democracia.

    La exposición de Miguel Aguirre en Frances Wu tiene, dentro de este contexto, particular interés. El es un artista sobresaliente que reúne dos méritos difíciles de combinar: el oficio y el sustento teórico necesario para otorgar el contenido preciso a su obra y saberlo comunicar al espectador. Ahora vive en Barcelona, cerca al mar. Si bien mantiene la relación entre lo fotográfico y lo pictórico, su pintura ha ganado inmensamente con la luz y la experiencia catalana. En su obra todo se vuelve luminosamente opaco como el rostro de Jimena Lindo o su cuerpo que luce levitar en la playa por efectos del color. Aguirre ha logrado convertirse en un espléndido pintor -en realidad siempre lo fue- que ya figura en las antologías dedicadas a los artistas sobresalientes del siglo XXI. Nada menos.

    Pero si él parte de la fotografía para hacer pintura, en el resto de la exposición ocurre exactamente lo contrario. El conjunto de cuadros grises con fragmentos coloreados es un ejemplo de ello. Son fotos que pudieran ser consideradas bodegones cuya definición el tiempo ha consumido, volviendo imprecisas las imágenes de un conjunto que, tanto a nivel de las formas que se insinúan, como por el soporte de tela y el barnizado final, crean ese tipo de ambigüedades interdisciplinarias que a lo largo de la historia han enriquecido el concepto de arte.

    Puede que las lucubraciones de Aguirre sean condensadas en las pequeñas imágenes reproducidas de los que son a la vez objetos y sujetos de las fotografías. Él transforma un envase industrial descartado en pin-hole para retratar un objeto similar al que está utilizando para fotografiar. El resultado es fascinante en su carácter antropofágico, pues contiene esa mórbida poética que se aprecia en los acentuados claroscuros, donde los objetos que descartamos, después de consumir su interior, son condenados al reciclaje. Un proceso de posesión, transfiguración y muerte, como ocurre con el amor. La de Aguirre es la exposición más lúcida y melancólica que haya visto en largo tiempo.


    ../secciones/Subir

    Portada | Nos Escriben... | Mar de Fondo | Heduardo | Culturales | Caretas TV | Ellos & Ellas | Lugar Común | China te Cuenta Que... | Piedra de Toque |Mal Menor

    Siguiente artículo...

     

       

       
    Pagina Principal