Edición Nº 1785


 

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    14 de agosto de 2003

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    La Hora de la Verdad

     

    BUENO, mira, o sea, hay cosas que uno calla porque se llevan a piedra y lodo enterradas en el fondo del corazón, hija, sobre todo si éstas tienen que ver con el hombre de la vida. Pero también hay circunstancias en las que la historia a una le exige decirlo todo y por eso, pucha, cual Micaela Bastidas ante el pelotón de fusilamiento (dicen, de paso, los historiadores modernos, que las últimas palabras de esta mártir fueron, "Prefiero la muerte a seguir aguantando a ese cholo mujeriego"), con los brazos abiertos y el chal colgando, me enfrento al mundo y suelto una amarga verdad, prepárate: yo fui comisionada por Diego para reunirme con todos los chanchos de Sendero. Ya lo dije, cargo con la responsabilidad de mis palabras, y si por esta razón el bolafloja de mi primo Rafi Rey me va a voltear la cara, la próxima vez que me lo encuentre en un cóctel de la embajada de Francia, que se pudra el chupacirios, porque hay deberes con la vida que sólo se entienden cuando la pasión manda.

    Te cuento. Una tarde estábamos con Diego discutiendo sobre la utopía y la paz en Paracas; hija, el sol hervía y los daiquiris, súper frozen. Yo, chau sostén, tetamenta al aire porque no había nadie en la playa del hotel y Diego, tú sabes, es de los que ante el menor estímulo se pone a buscar petróleo. "Chinita, vamos a bajar esto", me dijo, con la mirada gacha. "Sí, Diego, hay que bajar eso, te propongo, pucha, que organices una reunioncita entre alguien y Guzmán, porque si el monstruo sigue haciéndonos la revoluca desde su celda, pucha, va a ser difícil que podamos volver a Paracas cuando se nos dé la gana, ¿te imaginas la de atentados y bloques de carretera que tendríamos de nuevo?". Pucha, Diego puso cara de estar chupando limón de pica y me respondió, hecho un prócer de la Independencia: "Puta, creo que no me has entendido, China, pero tu idea no suena mal".

    Hija, que después el pobre Ciurlizza haya tenido que salir a decir que fue él, no es sino parte de una historia de secretos de Estado que a ti qué te importa, pero la verdad de la milanesa es que un día me fue a buscar un auto sin placas al consultorio y yo salí con un sastrecito negro que me lo hubiera envidiado a morir Blanca Nélida para ir a sus descerrajes, y con pañuelo en la cabeza -como refugiada rusa en pleno stalinismo, sólo me faltaban los mitones con hueco, la nieve y una col congelada en la mano- me fui a la Base Naval. ¡Qué fea que la tienen! Ni una planta, ni una gracia, nada, tanto que pensé, "una vez que pase este trance histórico, le voy a pedir a Marucha Benavides que nos haga un diseño paisajístico para mejorar esta vaina".

    Bueno, entré a un saloncito así de lo más sótano de tortura state of mind y a una mesa me esperaban sentados el viejo Guzmán, la Iparraguirre y un par de gordas, de esas que ahí donde las ves con sus caras de vendedoras de plantas medicinales en el mercado de Jesús María, pucha, son capaces de romperte la cabeza a pedradas en nombre de la Cuarta Espada.

    Guzmán, viejo zorro, me quiso abordar por la vanidad -sentimiento que ignoro- y me lanzó un "doctora, es para mí un honor conocer a la columnista más grande que tiene el Perú en su historia republicana". Pucha, no te voy a decir que no si sí, ¿ya?, pero me tuve que aguantar y con todo el hieratismo del que yo puedo ser capaz, pucha, le respondí: "Historia republicana es la que te voy a dar y ya sabes por dónde, ¿Qué es eso de estar jugando a la guerra desde la cárcel, me puedes explicar? Semejante viejonazo, ahí, que debería estar paseando a los nietos pero no, si por mí fuera lo metería a un club de caminantes de la tercera edad para que se le amengüen esas energías, so criminal". Pucha, hija, las gordas chaveteras no sabes, se pusieron como si a Martucha ag le hubieras refregado el expediente de extradición de El Innombrable delante de las narizotas. Pero yo, regia, miré a la Iparraguirre, que a esas alturas ya parecía una uva sultana arrebujada más fea que la comida de mi gato. "Y usted, ¿no cree que ya debería dejarse de vivir agudizando las contradicciones? A su edad usted ya tendría que estar con el loro y la mecedora esperando su novela, en lugar de amenazar la tranquilidad de Diego, el mejor Ministro de Justicia que ha tenido Latinoamérica".

    Y bueno, eso fue todo: como consecuencia de mi estáte quieto, pucha, no sé si te acuerdas pero se acabó la idiotez, esa de las huelgas de hambre en la cárcel y todas las huachaferías que a esos les encantan. Hija, me sentí regia por haber contribuido de esa manera a la paz de mi país y al buen sueño de Diego...¡y mira lo que le están haciendo ahora los apristas! Ay no, qué pesadilla, creo que me voy a tomar un capuchino a Delicás y vas a ver cómo se me pasa. Chau, chau. (Rafo León).


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