Edición Nº 1779


 

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    ARTICULO

    3 de julio de 2003

    El Pasodoble del Ponte al Costado
    Al llamar a Bedoya Reyes, Toledo aceptaba ya un segundo plano.

    Ayer tarde me he mirado en un espejo, pues sentía por mi faz curiosidad, y el espejo al retratar mi cuerpo entero me ha brindado dolorosa realidad.

    Felipe Pinglo

    EN semanas últimas, el congresista Rafael Rey ha arreciado su campaña para que el Presidente Toledo "se vaya a su casa". Otros lo modulan más suavemente: que se haga "a un costado". En versión peculiar, Lourdes Flores ha pedido que el mandatario guarde silencio por algunos meses. La locuaz dama sueña con un mudo en Palacio.

    El 23 de junio, ante productores agrarios premiados, Toledo pareció dar razón a esos clamores. Dijo que se había mirado ante un espejo y se había percatado de algunas fallas. Por eso había decidido cambiar de gabinete.

    Con eso podía entenderse que las fallas no eran de él, sino de sus ministros.

    En todo caso, sus palabras dieron nuevos bríos a quienes piden que se borre del escenario. Por ejemplo, Henry Day, presidente del Instituto Peruano de Administración de Empresas y vicepresidente del consorcio petrolero Repsol, dio rienda suelta a su humor characato (es arequipeño, tiene 52 años). En El Comercio del domingo 29 de junio publicó una especie de cuento titulada "Reflexiones sobre el Mago de Oz". La parodia terminaba así: "Llegado el momento, el mago -que-fue se paró solo frente al espejo y en un supremo acto de contrición se desnudó el alma y logró encontrarse consigo mismo, enfrentó sus miedos, y halló la respuesta que tanto buscó: él no estaba para gobernar... y en un gesto impresionante se reservó el derecho de dar un paso al costado."

    Dos días después, un editorial del decano de la prensa nacional insistía en la tesis: "el presidente debe dar un paso al costado para dar al nuevo Gabinete el espacio y la autonomía necesarios". Es, en verdad, una formulación más benigna. No plantea que el jefe del Estado se retire o enmudezca, sino que ceda espacio al equipo ministerial.

    Pasito a paso, la idea de que Toledo abandone Palacio o atenúe su presencia ha ido avanzando. El propio Presidente la acogió en cierto modo, cuando pidió, primero, a Mario Vargas Llosa que aceptara el cargo de presidente del Consejo de Ministros y cuando, ante la renuencia de éste y por consejo del mismo novelista, propuso a Luis Bedoya Reyes el premierato. No se requiere imaginación febril para comprender que cualquiera de esos personajes se hubiera sobrepuesto a Toledo.

    Hubiera sido ésa una forma de dar un paso al costado. ¿Pero sería Toledo capaz de darlo? ¿Se habló de ese efecto inevitable en el diálogo con Bedoya?

    No lo sabemos ahora. Pero hay indicios alarmantes de que el primer mandatario no tiene cura en cuanto a sus defectos. Otra cosa es que, constitucionalmente, él no es fusible, los ministros sí.

    Dos defectos descuellan en el gobernante. Su soberbia, que le impide una autocrítica real (no la que consiste en echarle la culpa a los demás), y su discurso, cargado de excesos, muletillas y promesas, aparte de desmanes contra la sintaxis. Alguna vez prometió en Huacho acabar con la pobreza enseñando a los pobres a pescar, no regalándoles pescado. ¡Huacho es una ciudad de pescadores! Ahora acaba de decir al Comité Ejecutivo de Perú Posible: "Ustedes no se preocupen. Yo conozco mi pescao". ¿Cuál "pescao"? ¿Un lenguado? A lo mejor un tiburón que se lo quiere comer.

    En cuanto a promesas desmesuradas, el Presidente no se mide. En Chimbote prometió el domingo último carreteras para todas partes, agua, desagüe, títulos de propiedad y, en frenesí verbal, sostuvo "el plan Huascarán lo instalaré personalmente". Ese plan debe de ser una refrigeradora o un computador personal.

    En la misma ocasión, pidió a los parlamentarios que "chambeen y dejen de hablar demasiado". La receta de Lourdes Flores para él.
    Lourdes Flores quiere un Toledo mudo y el characato Henry Day pide algo más.

    SORPRESAS DE LA HISTORIA

    No es fácil deshacerse de un Presidente, a menos que una insurgencia ciudadana arremeta. No siendo ése el caso, un mandatario peruano sólo puede ser quitado de en medio, según la Constitución, artículo 113:

    Por permanente incapacidad moral o física declarada por el Congreso.

    Por renuncia aceptada por el Congreso.

    Por salir del país sin permiso del Congreso o no retornar dentro del plazo fijado.

    Por destitución (por traición a la patria, por impedir elecciones o disolver el Congreso sin fundamento constitucional).

    Los ciudadanos parecen poseer esas nociones de modo espontáneo. Encuesta reciente de CPI arroja, por ejemplo, que sólo 11.4 % de los consultados aprueban a Toledo y que 82.3 % lo desaprueba. Sin embargo, sólo 49 % cree que debería renunciar.

    En la historia reciente de América Latina hay un caso de paso al costado cortante: el del Presidente de la Argentina Fernando de la Rúa, que tuvo que renunciar a los dos años de su gobierno, es decir, en la mitad de su período, debido a una revuelta popular con 22 muertos.

    Es probable que esta lección esté presente en la idea de quienes plantean un paso al costado no traumático; es decir, sin renuncia o vacancia. Quieren prevenir una insurgencia. El problema es que suele ser el propio Toledo quien agita las aguas. En estos días se ha lanzado contra la "politiquería". ¿La de quiénes? ¿La inocultable de Fernando Olivera, embajador itinerante? ¿La de Perú Posible, con su incoherencia e indisciplina?

    La señora Eliane Karp aseveró en Loreto, el Día del Campesino, que quienes predican la vacancia presidencial no deben preocuparse, porque Toledo "está vivito y coleando, ya que los apus le han dado su fuerza". Por lo visto, los apus están sumamente débiles: sólo tienen once por ciento de vigor. Pero el problema no son los apus. El primer problema de Toledo es Toledo. Más que un paso al costado, necesita un viaje a su propio interior.

    Entretanto, esperemos que no incurra en un juego de sacamanteca con la doctora Beatriz Merino.

     


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