Edición Nº 1775


 

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    5 de junio de 2003
    Por AUGUSTO ELMORE

    ANDO, pero mejor y más exactamente, camino acomplejado, porque aunque tengo por lo general un tranco largo, hasta ahora no alcanzo a igualar el paso de los españoles, y peor aún, las españolas, que pasan a mi lado como unas centellas inalcanzables cuando voy por las calles de mi barrio rumbo al metro, en el centro o donde sea. No sé a donde van tan apurados, pero todos pasan a mi lado, luego de alcanzarme y superarme y siguen como si el diablo les quisiese pisar la cola. Y digo que no sé a dónde van porque el trabajo de las oficinas y los negocios se hace aquí con parsimonia. Quizá lo que los lleva a apurarse son las ganas -o necesidad en algunos casos- de irse a tomar un café o de "tapas" a cualquier bar cercano, establecimientos que a todas horas del día están llenos de gente que, parada al pie de la barra, goza de la vida y comenta todo lo que pasa, incluyendo los horrendos programas basura de la televisión que aquí como en Lima también abundan. Eso de caminar rápido parece una manía a la que recientemente tuve que enfrentarme cuando, camino de regreso a casa, oí detrás de mí unos pasos evidentemente femeninos que estaban a punto no sólo de alcanzarme sino de superarme; pero yo me dije no, a mí no me pasa y, mismo Zatopek, apuré el paso hasta que estuve a punto de echar el bofe, como se dice. Pero aquella vez no me dejé sobrepasar. Esa fue la primera y la última. Ya no vuelvo a hacerlo más, no vaya a ser que me dé un infarto uno de estos días. Ahora, sobre todo a ellas, las dejo pasar: mejor es mirarlas cuando pasan, me dan su linda espalda y, lamentablemente, se alejan. Me comeré mi orgullo, pero me agito menos. Primero la salud.

    En cualquier barrio o distrito, como en el que vivo, Chamartín, uno puede enterarse de cuál es la tendencia política de los vecinos con sólo pararse unos minutos ante el puesto de periódicos. Antes de las elecciones supe que vivía en un barrio de los que aquí se llama de derechas porque de cada veinte personas que pedían el diario, trece o catorce solicitaban el ABC y el resto El País, El Mundo o La Razón. El portero dominical de mi edificio, que tiene cara de franquista pero que sin embargo es buena persona, lee por cierto ABC. Yo fluctúo entre El País y El Mundo, pero no por razones ideológicas sino porque me gustan más periodísticamente. Y en El País se ocupan algo más de los males sudamericanos (porque de las cosas buenas -si las hay, claro- casi nunca). Por eso pienso que mejor que nos ignoren, aunque parte de mi tarea sea la de hacer conocer que existe un pequeño gran país -problemático, ya lo sé, pero con una cultura ancestral- llamado Perú.

    Por eso, aún antes de las elecciones, yo ya sabía que la derecha, o sea el P.P. (el partido de Aznar) iba a ganar, como que ganó, en Chamartín, lo que había intuido con sólo detenerme algunos minutos diarios ante el puesto de periódicos. Será por eso que las calles que rodean el departamento en el que vivo parecen un salón de exhibición de automóviles que yo miro como cholito recién bajado. Allí están las mejores marcas y los más lujosos modelos, aunque tengan que estacionar en la calle a falta de donde aparcar. Auto de lujo, sí, pero sin garaje. ¡Pobres!

    Hablando de la prensa: Con todo lo que me entero que ocurre últimamente en el Perú, la verdad es que es preferible que nos ignore, aunque por cierto que los disturbios, el estado de emergencia, etc., no dejaron de aparecer en periódicos y noticieros de televisión.

    Alguna vez la derecha peruana fue acusada, con razón, de mantener al pueblo en la ignorancia a fin de evitar los reclamos, y para que la gente no se enterase de sus derechos. Creo que ese rol lo ha asumido hoy para los mismos fines una cierta izquierda, que es aquella que maneja o manipula el Sutep, por ejemplo, y sujetos exóticos, peripatéticos y atrabiliarios como los hermanos Humala, que quieren salir elegidos por los ignorantes, los ingenuos y los que acostumbran a tragarse sapos de tal naturaleza. A ellos les pueden hacer comulgar con las ruedas de molino de sus ideologías (por llamarlas de alguna manera), siempre y cuando permanezcan en la ignorancia. La izquierda esa ha suplantado a la derecha cavernaria de antes, mejor dicho son la misma cosa. De allí la prolongada huelga del Sutep.

    Madrid, no lo digo para mortificar a los que sufren frío prematuro en Lima, se encuentra en plena primavera, y los parques se han llenado de repente de gente de todas las edades que han salido a las calles y plazas a tomar el sol: las parejas jóvenes entrando en calor (ya saben a lo que me refiero), o las de adultos mayores calentando los huesos. Se han congregado allí sobre el césped impecable, iluminando de gente a la ciudad, que ahora más que nunca vive, los cafés llenos y bulliciosos y las terrazas callejeras en las que todos parecen haberse dado cita. Madrid es una fiesta iluminada.

    Hay gente maravillosa, como Pedro Cubas Escobar, nombre colocado como remitente en un sobre manila que me llegó de Lima por valija diplomática conteniendo ocho Geniogramas más una revista Somos, enviados como un regalo, como si fuera mi santo, que yo festejé como si en verdad lo fuera. ¡Gracias Pedro por el gesto! La próxima vez pediré el cielo, a ver si alguien me lo manda.


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