Edición Nº 1775


 

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    Concurso el Cuento de las 2,000 Palabras

    5 de junio de 2003


    Tiro al Cuento

    Diplomático Carlos Amézaga apuntó y disparó un relato que recrea la tensa espera de un peligroso voyeur y gana el primer premio.

    Esta ocasión no fue diferente. Durante semanas la pregunta llena de ansiedad y esperanza, se repetía inalterable: ¿Ya salieron los resultados? Pues sí y ahora les comunicamos que el jurado conformado por Chachi Sanseviero, Luis Peirano, Abelardo Sánchez-León, Carlos Herrera y Jaime Bedoya, determinó luego de una sesuda deliberación que tuvo presente los elegidos y comunicados por Mario Bellatin desde México, a los ganadores de esta vigésima edición del concurso. Así, se determinó que los US$ 2,000 del primer puesto eran para Carlos Amézaga por "Ventanas opuestas", los US$ 1,000 del segundo puesto eran para Fernando Armas Asin por "El instante de todos mis días" y los US$ 500 del tercer puesto eran para Claudia Ulloa por "La sangre llama". La premiación será el 13 de junio. Felicitaciones y avisen a los compañeros.

    Primer Premio
    Carlos Amézaga afirma que Praga, la mítica ciudad de Kafka, Kundera y Seifert, ha inspirado y atizado su versátil producción literaria.

    SIGUIENDO con una tradición que aúna la carrera diplomática con la literatura y de la que forman parte Saint John-Perse y Lawrence Durell, para mencionar cumbres, pasando por el sabio mexicano Alfonso Reyes y el peruano Ventura García- Calderón y reciente y localmente Harry Belevan y nuestro jurado Carlos Herrera, el diplomático Carlos Germán Amézaga (Lima, 1958) ganó el primer premio con un cuento titulado "Ventanas opuestas" donde recrea algunos eventos protagonizados por un voyerista de fatales designios. Amézaga, hincha de Alianza Lima y fanático del jazz, (llegó a ver a su músico favorito Miles Davis meses antes de su muerte en 1992), es un abogado graduado de la PUCP que luego de culminar sus estudios en la Academia Diplomática ha vivido desde 1985 en Bruselas, Viena, Belgrado y Praga, donde reside actualmente. Además de una cercanía con las letras que viene de antaño -su homónimo tío abuelo fue un poeta, periodista y discípulo de González Prada que vivió en Lima a fines del siglo XIX- es un aficionado al cine que lleva registradas en una libreta las más de 1, 300 películas vistas desde 1970 (sin contar las de TV y vídeos). Ello, contextualiza su inspiración en escenas de la "Ventana Indiscreta" de Hitchcock, "Nikita" de Luc Besson y "Día del Chacal" para la elaboración de su premiado texto: "Allí están todos los elementos del cuento, lo único que he hecho es arreglarlos un poco y, por ejemplo, describir lo que seguramente James Stewart quería ver cuando observaba a la chica que hacía ejercicios frente a su cuarto". Finalmente, este lector que se inició a los 8 años con Verne y siguió con Vargas Llosa, Cortázar, Rulfo y Bolaño señala una predilección por la novela latinoamericana (en su relato hay un guiño a "El vuelo de la reina" de Tomás Eloy Martínez) y apunta que si bien todavía no tiene ningún libro en los estantes de la librerías, tiene escritos varios cuentos y relatos, algunos versos sueltos y prepara una novela sobre sus años universitarios que espera poder concluir y publicar.

     

    Segundo Premio
    Historiador Fernando Armas se llevó segundo puesto con una sensual historia de desamor.

    HISTORIA DE LETRAS

    Fernando Armas (Cañete, 1969) es un licenciado en Historia de la PUCP con un posgrado en la Universidad de Navarra, que obtuvo el segundo premio por "El instante de todos mis días", un relato que exuda una sensualidad onírica gracias a un sugerente personaje femenino cuyo oficio se nos revelará sorpresivo y final. Armas, quien ha publicado tres libros de historia, cuenta que lo escribió en esos espacios en blanco que suele tener mientras escribe sus informes de investigación. Además, este admirador de la obra de Faulkner, Joyce y Amado y de los versos de Pound, Elliot y Verástegui, apunta que el viejo problema del Perú es creer que lo antiguo es nuevo: "Los grandes desaciertos políticos han consumido al país a una situación de pobreza con evidentes contradicciones sociales. Entre las ilusiones de 1820, donde se le prometía una vida mejor a los llamados ciudadanos y hoy, no hay mucha diferencia. El país no se ha desarrollado, ni somos realmente ciudadanos. Y es una promesa incumplida, a veces obviada, a veces reinvindicada, pero es también la base de una cólera histórica, que puede tomar las formas de justa rabia contenida. El punto es: ¿se ha tomado conciencia de ello?, ¿es posible seguir jugando con los sueños e ilusiones de este país? Tengo la impresión que las respuestas ya las saben los políticos, pero las obvian. Lamentablemente entre tanto forcejeo político podemos terminar en el autoritarismo de toda la vida, en una rabia convertida en miseria histórica, o en una breve calma. Pero sin ninguna solución concreta". Finalmente este admirador de Mijalkov, Kusturica, Wenders y Bertolucci encuentra mucha similitud entre su profesión y el ejercicio literario pues en ambos prima un interés por la (re) construcción de realidades mediante el lenguaje, por seducir al lector, además de compartir su origen en los cantores de poemas y de historias de los tiempos primigenios y medievales.

     

    Tercer Premio
    Claudia Ulloa mereció tercer premio con un onírico y sangriento cuento enviado desde Noruega.

    EL LENGUAJE DE LA COCINA

    La joven Claudia Ulloa (Lima, 1979) es una conocida de Caretas, pues ha sido la única mujer en ganar el primer premio de este concurso en 1998. Ahora, recibe el tercer premio por "La sangre llama", relato que se sirve de guiños fantásticos para narrar una conflictuada historia de amor: "El cuento se me ocurrió porque yo a veces, ando como un gato que al final lo mata la curiosidad. Rebuscando entre cosas ajenas y pasadas, encontré por ahí unas fotos, que a lo mejor no sangraban, pero que sí me hicieron hervir la sangre". Ulloa confiesa además que siempre empieza un cuento desde el final: "tengo que tener el párrafo final, que para mí es el más importante porque si empiezo por el principio sin tener el final, se quedan siempre incompletos". Ella luego de concluir sus estudios de Administración Hotelera en Lima, partió a Valencia (España) para seguir algunos cursos de Filología Hispánica, trabajar en un taller de carpintería y cocinar en un restaurante italiano. Esa experiencia confirmó a esta seguidora de U2, ganadora del concurso "Terminemos el cuento" convocado por la Unión Latina y El Comercio en 1996 y avecindada desde hace un año en Bodø (Noruega), como una cocinera especialista en pastas y mariscos que disfruta cuando los lectores se "comen" lo que escribe y entiende una similitud entre ambos placeres, porque tanto en la mesa como en las letras el exceso y la combinación desprolija pueden provocar indigestión. La mesa está servida.

     

     

    Menciones Honrosas
    Variada selección de autores sin orden de preferencia.

    ESTE año el jurado determinó siete menciones honrosas. Luis Freire, miembro del comité divertido de "Monos y Monadas", ganador del primer premio de "El cuento..." en el 2000 y autor de la novela "El cronista que volvió del fuego" (2002), se ganó la clásica máscara con un limpio enroque del cuento "Jaque de dulcinea". Irma del Aguila, autora de la novela "El último capítulo" (2001), también ganó una mención con el sugerente "A solas" repitiendo el premio que mereció en 1992 . Fernando Armas además del segundo premio, se lleva una máscara por el reflexivo y añorante "Panamericana sur", mientras que Alfredo Villar confirma sus dotes para la ficción que le valieron reconocimientos en anteriores versiones de este concurso y en el de "Una carta de amor" con el futurista "El busca topos". Además, se hicieron de una mención César Llona Silva por "Fierita", Mathieu Pool Carmona por "Tendracom" y Manuel Camino Pajares por "La novia de muelitas". Felicitaciones.

     


     

    CUENTO GANADOR

    Ventanas Opuestas

    Por CARLOS AMEZAGA RODRIGUEZ

    LA habitación está allá al frente, sigue a oscuras, la mía también, hace ya cinco días. Sólo se alumbra a ratos nada más, con cada cigarrillo que enciendo, a veces uno tras otro. No hago más que esperar el momento, la llamada que acabará con mi encierro.

    Casi siempre pierdo la noción del tiempo, no sé qué hora es, sólo sé cuándo es de día y cuándo es de noche. Una mujer que no habla me deja los alimentos temprano en la mañana. Al caer la noche es más difícil, a veces me duermo, claro, pero entonces también la aguardo a ella, en la ventana del frente, que por ahora sigue aún a oscuras.

    No está en casa, pero no debe tardar. He llegado a conocer sus rutinas y a disfrutarlas. Vive sola. Los mejores momentos para mí son las mañanas, cuando se levanta y comienza con los ejercicios: abdominales, flexiones de brazos y piernas, saltos y carreras cortas en el sitio. Puedo gozarla en movimiento. A veces empiezo mirando a simple vista, sin nada, sin el lente, así la visión es más amplia, pero no basta Luego empiezo a observarla con detalle.

    El lente me acerca su figura. Empiezo por la cara, agitada, sudorosa; sigo con el cuello, alargado, con dos venas que sobresalen a los lados con el esfuerzo. Sigo bajando Me detengo en el medio de los senos, cubiertos a duras penas por un top azul, rosa o amarillo. Desvío un poco el foco hacia cada lado y me esfuerzo en divisar cómo cada uno de los pezones revela su turgencia debajo de la tela.

    Luego sigue el pequeño ombligo -retorcido-, y el vientre ya no tan plano, hasta llegar al vértice de la entrepierna, donde siempre me inmovilizo más de la cuenta, buscando, quizás, distinguir un vello fuera de sitio. Pero el lente no ayuda, es bueno, pero no llega a ese detalle a la distancia.

     

    Me gustan también sus piernas, largas y delgadas, sus rodillas son pequeñas y las pantorrillas no le tiemblan mientras camina o trota en el sitio. Los pies están cubiertos siempre por un delgado calcetín y las zapatillas. Los imagino con dedos largos y finos y con las uñas pintadas de escarlata.

    En esos momentos, mientras se ejercita, es difícil mantener el tipo, mis manos tiemblan y el lente las sigue, me salgo de foco, empiezo a sudar, me agito, pero no puedo despegar el ojo, la sigo recorriendo de arriba abajo, hasta que termina, sale de la habitación y desaparece de mi vista. Entonces me desahogo, descanso.

    Mi campo de visión no es muy amplio, pero es suficiente. La habitación que alcanzo a distinguir es algo así como el cuarto principal: salón, comedor y cocina, todo en uno, con pocos muebles, los necesarios. A la derecha se va hacia el dormitorio seguramente, donde además debe encontrarse el baño y hacia la izquierda se extiende un pequeño corredor, el cual, sin duda, llega hasta el vestíbulo y la puerta de entrada al departamento.

    Me he quedado dormido y, de pronto, con ese sexto sentido que uno desarrolla en estas situaciones, me despierto y veo la luz allá a lo lejos, en la ventana. Es la de la entrada Entonces aparece ella, va leyendo algo que tiene en las manos. Recurro al lente. Sí, son algunos sobres que habrá recogido al entrar. Distraídamente se despoja de su saco sastre azul y lo cuelga en una de las sillas. Se acerca a la mesa y va dejando caer los sobres uno a uno. Camina hacia el pasillo de la derecha y antes de salir de mi vista me fijo en su blusa blanca escotada y la falda gris debajo de la rodilla.

    El teléfono sigue sin sonar.

    Unos minutos después reaparece. Se ha cambiado. Ahora lleva un polo largo que le llega a la mitad de los muslos. Se acerca otra vez a la mesa, coge una de las cartas y empieza a leerla con cierta atención. Se da la vuelta, ahora me da la espalda. Con una mano -la derecha- retiene la carta que está leyendo y la otra está colocada en la cintura, lo cual parece dislocar su cadera hacia un costado.

    Ha terminado de leer y se inclina hacia la mesa. Con la mano izquierda se levanta el polo y se acomoda la tira del slip, lo cual me permite observar un 90 por ciento de sus nalgas. El gesto ha durado sólo un instante pero para mí es suficiente, dejo el lente a un costado y me recuesto contra la pared. Me siento extenuado.

    ¿Por qué me tocan estos asuntos? Avanzo hasta la cama e intento recostarme y poner la mente en blanco. Enciendo un cigarrillo. El esfuerzo no dura mucho tiempo. Me levanto otra vez y voy hacia la ventana Recurro al lente para ver mejor lo que está pasando.

    Ahora está sentada en el pequeño sofá. La tengo de perfil pero alcanzo a distinguir sus piernas hasta bien arriba de los muslos. Con el teléfono en la mano parece distraída, asiente a ratos y sus labios gruesos sonríen, como si al otro lado su interlocutor no la dejara hablar.

    Ha cruzado la piema derecha sobre la izquierda, con lo que me ofrece una versión ampliada de sus extremidades. Las recorro con la vista hasta los pliegues más recónditos. Está descalza. De pronto cambia de posición. Se reclina hacia la izquierda y termina apoyando la cabeza en el brazo del mueble, el pie izquierdo queda en el piso y levanta la piema derecha y la extiende en el sofá. El teléfono lo retiene con la mano izquierda y la derecha se la lleva al pecho.

    Me detengo en su rostro, parece como que la conversación ha cambiado de tono, ahora está seria y concentrada. Empieza a mover la mano derecha hacia abajo y delicadamente comienza a levantar el polo, lo deja justo encima del ombligo y coloca la mano encima del triángulo del slip, como si quisiera taparlo todo con sus dedos largos. El medio y el anular, en el vértice mismo, inician un movimiento sincopado de abajo hacia arriba, cada vez más rápido.

    Al volver hacia su cara noto que su expresión definitivamente ha variado, sigue aferrada al teléfono pero ahora sus labios entreabiertos emiten lo que interpreto como una forma de quejido ¿Quién estará al otro lado? Los dedos están casi frenéticos, también interviene el índice y no paran, no paran...

    Empiezo a ver todo borroso. El sudor ha sobrepasado mi ceja derecha y me obstruye la visión en el ojo. Me seco con cuidado y vuelvo a coger el lente. El movimiento frenético de la mano ha cesado, pero mientras me secaba se ha liberado del slip y ahora yace exánime con el sexo al aire y con el teléfono en el piso. Siento como que voy a explotar, me aparto rápido de la ventana y me tiendo en el lecho boca abajo. Al instante exhalo el último suspiro del día.

    La mujer de la comida me ha despertado, cuando le abro la puerta entra en la habitación y sin decir nada, como siempre, deja una bolsa con los alimentos sobre la mesa y se marcha sin una palabra.

    Recién entonces me doy cuenta que he dormido sin parar toda la noche y que es la primera vez que esto ocurre. Empiezo a recordar lo último que me pasó antes de caer en la cama. Me viene a la mente la mujer recostada en el sofá con las piernas separadas y la mano allí abajo, empiezo a sentir la misma tensión que entonces. Debo dejar de pensar en ello, siento que me hace daño.

    Pero no resisto. Me acerco a la ventana y miro hacia el frente. La habitación está vacía, el saco ya no está colgado en la silla y el teléfono está en su sitio. He perdido la sesión de ejercicios de la mañana y ya no sé hasta qué hora tendré que esperarla, es raro que aparezca al mediodía, a veces llega bastante tarde y se va directo a dormir.

    Otro día más de espera, ni la llamada que me libere, ni ella.

    Me dedico entonces a repasar un poco los últimos tiempos y encuentro que estoy perdiendo la vitalidad, que ya no estoy tan motivado como antes, que mi trabajo se ha vuelto rutinario, que ahora me aburro cuando antes estaba siempre excitado. Por suerte en esta ocasión me he cruzado con la mujer de la ventana, lo cual me ha permitido crearme un espacio de ilusión, las esperas se confunden y, mientras tanto, la disfruto desde lejos, aunque lo sienta, a ratos, casi como una tortura.

    Súbitamente, el retintín me hace saltar de la cama: ¡el teléfono! Voy hacia él y lo descuelgo. Una voz clara y profunda me dice las dos palabras que vengo aguardando desde hace días. Cuelgo sin soltar una palabra, no es necesasio, ya saben que he comprendido.

    "Esta noche", eso es lo que he oído, tendré entonces que aprovechar mi primera oportunidad. Faltan, sin embargo, todavía algunas horas, mis últimas horas, espero, en este encierro. Ahora todo depende de mí, de lo bien que cumpla mi trabajo. Intento relajarme y dormitar un poco, pero no puedo. Estoy extrañamente ansioso, como antes, como en mis primeros encargos.

    Sigo rumiando mi tensión, mientras preparo mis cosas para la partida, hasta que el día empieza a caer. Me asomo a la ventana. Al frente todo está oscuro, todavía no llega Me quedo allí atento, esperando.

    Al fin, allí está, precedida por la luz de la entrada aparece ante mi vista, despojándose de la chaqueta y leyendo algo que tiene entre las manos, como siempre. Desaparece hacia la derecha, volverá cambiada seguro.

    En efecto, diez minutos después reaparece con el pelo suelto y cubierta con una bata larga, casi hasta los tobillos. La estoy siguiendo ya con el lente. Se acerca a la pared del fondo y prende la radio, al instante se pone a bailar, se le ve contenta. Tengo que esperar a que deje de moverse para poder concentrarme. Sin embargo, su baile es rítmico, sensual y logra turbarme de nuevo, como todos estos días.

    Ha dejado de bailar. Se ha detenido y la tengo precisamente frente a mí. Ajusto el lente, la mira, y, sin respirar, pese a mi turbación, apreto el gatillo. El disparo sale casi inaudible, mi silenciador Hollenback 76 F sigue funcionando como el primer día. La veo trastabillar y llevarse las manos al pecho. Antes que caiga le alcanza el segundo en la frente. No va más.

    Desarmo el fusil y lo guardo en mi ajado maletín junto con el resto de mis cosas. Doy una mirada final a mi alrededor y salgo al corredor que me llevará a la calle. Tardarán algunas horas, quizás hasta un día, en encontrarla Mientras tanto, ya estaré lejos, mi aspecto de adulto mayor con ropas viejas y un maletín usado no llamarán la atención de nadie.

    Estoy envejeciendo, quizás acepte uno o dos trabajos más. Ya me toca el retiro.

     


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