Edición Nº 1774


 

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    EDITORIAL

    29 de mayo de 2003

    ¿Era Inevitable?

    ESTA semana se recordará por el hecho de que, llegado el 28 de mayo del 2003, resultó inevitable que el gobierno de Alejandro Toledo recurriera a la Fuerza Armada para confrontar la ola de desorden social que conmueve al país y decretara por primera vez en su mandato un estado de emergencia nacional.

    No podía, en efecto, seguir permitiendo que las acciones de protesta en diversos frentes llegaran al extremo de desarticular servicios y comunicaciones tan seriamente, y al cerrar esta edición sólo se esperaba que un ambiente de orden y serenidad se restableciera sin estropicios mayores.

    Por cierto que el Perú no es el único país de la región que confronta actualmente expresiones violentas de desaliento popular, y esta realidad quedó claramente reflejada en las alusiones a los problemas latinoamericanos de gobernabilidad que surgieron de la Cumbre del Grupo de Río.

    Pero el fenómeno peruano es diferente porque no está acompañado de una crisis económica como en otras naciones.

    Por el contrario, la inflación aquí es mínima, el cambio se mantiene estable, la economía ha crecido y las reservas también, y ciertas inversiones importantes en minería y gas se proyectan promisoriamente.

    Sin embargo, la popularidad del propio Presidente Toledo ha caído como una piedra y el descrédito de los poderes públicos está en marcada decadencia.

    ¿Por qué?

    Hay lecciones que aprender.

    Voceros del gobierno se refugian a menudo en alusiones a un gran designio saboteador que a veces atribuyen a la `mafia fujimontesinista', otras a Sendero y también al Apra.

    Y nadie duda de que en este río revuelto puede haber más de un pescador, pero no existen reales indicios de concertación entre los movimientos gremiales que alientan paros o, para tal caso, un cierto malestar en sectores de la Policía Nacional.

    Aquí lo que se ha dado sobre todo es un contagio de frustraciones, alentado no sólo por la miseria secular en que se desenvuelve gran parte de la población del país y por la disparidad socioeconómica que nos escinde, sino por irritantes sembrados por el propio gobierno.

    Las promesas grandilocuentes generan indignación cuando no se cumplen y proporcionan banderas de lucha.

    Los sueldos asignados a la cúpula del Ejecutivo y el Congreso, que son astronómicos en términos nacionales, no resolverán ningún problema masivo si se recortan, pero demuestran una falta de sensibilidad política pasmosa.

    La inexperiencia e indisciplina de tanto `outsider' político en el Congreso y en el partido oficialista con sus aliados, promueven a su vez esa sensación de incertidumbre que ha acompañado a más de una democracia en el Perú y estimulado cerriles añoranzas autoritarias.

    Al decretar el estado de excepción, Toledo puede estar dándose un respiro no sólo administrativo sino político, mirado inicialmente con alivio por la opinión pública si la sangre no llega al río. Después de todo, son muchos más los afectados por las huelgas que los huelguistas mismos.

    Pero para proyectar un futuro menos precario, el Presidente deberá ver cómo recupera una dosis de credibilidad, cómo pone orden en su casa política y cómo mantiene vivas las ilusiones de una sociedad cada vez más impaciente.

     


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