Edición Nº 1773


 

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    ARTES & ENSARTES 22 de mayo de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Los Auténticos Decadentes

    ALFONSO Castrillón está realizando en el ICPNA la revisión más importante que se haya visto en nuestro país en torno al arte del siglo XX. El turno le toca ahora a los años '60 y '70, época en la que él fuera uno de los protagonistas del quehacer artístico en el Perú. Como en toda exposición de curador hay decisiones acertadas y de las otras. Confesamos no entender la razón de llamarla "Generación del 68", salvo el carácter ideológico que tiene ese año con París, Tlatelolco y Velasco. Por eso lo que mejor representa a esta muestra son los formidables afiches que Jesús Ruiz Durand hiciera para una de las mayores frustraciones de la Historia del Perú: La Reforma Agraria. Si bien los afiches se emparentan con la gráfica cubana -y éstos a su vez con la checa- este conjunto por sí solo merece la muestra completa.

    En tiempos en que la mayoría de los peruanos jóvenes reverencia las derivaciones del Pop y del conceptualismo, hubiera sido conveniente que la muestra estuviera dedicada a las experiencias de Arte Nuevo, a las prédicas de Juan Acha y a la influencia que sobre éste ejerciera Romero Brest. Lamentablemente la decisión de abarcar dos décadas vulnerables en América Latina (lean el indispensable libro de Marta Traba) hace que todo flote en un limbo en el que se mezclan generaciones e inquietudes tan disímiles, productos de contextos radicalmente diferentes. Por eso resulta chirriante ver a Zevallos frente a Laos Braché, Hernández oponiéndose a Llona, o Bob Dylan a espaldas de Navarrete.

    La decisión de abarcar estos veinte años hubiera podido apreciarse mejor en un espacio más extenso, donde el trabajo museográfico permitiera ser más didáctico. La muestra es muy buena y aunque haya artistas no bien representados -Navarrete, Hastings, Negib, etc.- su participación resulta de una valentía admirable, pues permite apreciar esa lucha interna por la que cada artista atraviesa hasta llegar a su meta. Lamentablemente hay decisiones que no pueden entenderse, como ubicar a maestros, por ejemplo Shinki (¿generación '68?) con una obra del 74 junto a otras que bien pudieran ser de sus alumnos. El catálogo deberá hacer malabares para definir el significado de la palabra generación, porque siguiendo el mismo criterio, Eielson debería estar presente, al igual que Bracamonte, las experiencias cinéticas de Dávila (Alberto), la abstracción de Lee, Roncevic, Fernández Huiman y otros tantos que integraron la subversión de la época. Ausencias cuestionables y carencia de información sobre el trabajo realizado por "Cultura y Libertad" o los empeños de Burga y Cathelat, entre otros. Todo curador tiene el derecho de preferir u omitir artistas que no encajan en su propuesta, por eso, sin un Museo de Arte Contemporáneo el Alzheimer cultural resulta ineludible: Representar, por ejemplo, a Gloria Gómez Sánchez, una de las mujeres más aguerridas de la década, con una tímida obra matérica resulta, por lo menos, desconcertante.

    El mayor interés se concentra en la zona dedicada a las experiencias que van del filo duro al Pop, los espléndidos ensamblajes de Moll y, por qué no decirlo, alguna estimulante abstracción. En el conjunto además se aprecia cómo antes de la posmodernidad todos apropiaban hasta la saciedad, generando monumentales deudas a norteamericanos e ingleses que revolucionaron las formas de ver y de hacer arte de su tiempo. En la muestra hay referencias a Kelly, Anuszkiewicz, Kline, Warhol, Rauschenberg, Wesselmann, Jones y muchísimos más (vean foto). Eran tiempos sin revistas, ni Internet, todos eran muy modernos y nadie conocía a nadie. Pero los tiempos han cambiado y el escándalo de Zevallos en Ancón -por reproducir un aviso publicitario- hoy hubiera parecido ridículo. Lamentablemente hay batallas que no merecen ganarse. Zevallos luego se dedicó a hacer bodegones que veríamos en el Parque de Miraflores, Emilio Hernández se unió a un grupo religioso y Juan Acha se fue a México después del atropello militar, en épocas en las que fumar marihuana consistía un grave delito. Alguna vez fuimos ingenuos.

    Arte Nuevo se quebró, la dictadura cerró las puertas a la importación del lujo y el consumo derivó al mercado de arte, que prosperó como nunca más lo haría. Chávez, Tilsa y Revilla regresaron y el surrealismo sintonizó con el Perú de los '70, conviviendo con la abstracción, que si bien ya no era hegemónica, mantenía espléndidos representantes en el país. En los ochenta Sendero pulverizaría la utopía, los viejos incendiarios se graduaron de bomberos y los dinosaurios fueron reemplazados por los nuevos revolucionarios que sintonizaron con la violencia expresionista. Supongo que esa historia formará parte del capítulo que continuará.


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