Edición Nº 1773


 

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    22 de mayo de 2003
    Por AUGUSTO ELMORE

    PARA completar la racha pro peruana en España que he venido destacando, no crean que me he olvidado de la gran noticia del otorgamiento del importante premio Príncipe de Asturias al padre Gustavo Gutiérrez. Quien escribe, que tiene la satisfacción de haberlo conocido y conversar con él más de una vez hace unos años, y que conoce de su sapiencia y de su casi inaudita humildad (aspecto que suele distinguir a los hombre sabios), sintió verdadero regocijo por ese justo reconocimiento a su labor cristiana y humanitaria. Gustavo Gutiérrez merece con creces el premio que le ha sido designado, por su dedicación a los pobres. Él es el mejor ejemplo de verdadero y auténtico cristiano, seguidor las huellas y las enseñanzas de Cristo. Por eso, sin duda, fue apartado por la jerarquía. Hoy, gracias al Premio Príncipe de Asturias vuelve por la puerta grande, aunque él sea ajeno a todo protagonismo. Esta página lo saluda calurosamente, con afecto.

    Para concluir mis referencias a las actividades peruanas en España, y en Madrid en particular, no quiero dejar de mencionar la importante presencia de la comunidad peruana en la llegada del Papa. Cientos de peruanos, encabezados por el embajador Fernando Olivera y su esposa, estuvieron presentes en la plaza Perú -ubicada en el camino entre el aeropuerto y la Nunciatura- y allí le rindieron un colorido y entusiasta homenaje en el que participaron los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros -que aquí también son muchísimos-, y que se hicieron presentes llevando un anda con la imagen del Cristo de Pachacamilla, así como los fieles de la Virgen de la Puerta, también con su imagen. Aunque el protocolo señalaba que el Papa no se detendría en ningún momento, los fieles peruanos, ubicados en la plaza desde las 10 de la mañana y que estuvieron allí hasta el paso del Papamóvil a las 2.15 p.m., sintieron una gran emoción y para todos fue una suerte de reconocimiento papal el que el vehículo que transportaba al Sumo Pontífice redujera su marcha y Juan Pablo II bendijera a los allí presentes. Hubo alguna secretaria de la embajada que dejó escapar una lágrima de emoción. Y la presencia peruana en la plaza Perú no pasó desapercibida para la prensa madrileña, no siempre predispuesta a informar sobre actos de las colonias extranjeras (salvo cuando cometen delitos, claro).

    A ese respecto cabe destacar que a Dios gracias el comportamiento de la colectividad peruana ha mejorado notablemente en los últimos años, al punto que ya pasa desapercibida para las malas noticias, pese a su número, que es alto y que podría hacerla pasible de llamar la atención desfavorablemente. Felizmente hoy en día son los ecuatorianos los que dan la mala nota.

    Soy un viejo maniático de los zapatos limpios, al punto que a veces me los lustro yo mismo (cuando no encuentro quien lo haga por mí, y mejor por supuesto). Y cada vez que voy al extranjero me preocupo de encontrar algún lustrabotas experto. Cuando era joven y estudiante universitario en Buenos Aires, Argentina, me lustraba los zapatos en la estación de Retiro, uno de los pocos lugares en donde encontraba quien lo hiciera. En esta misma página he relatado el espectáculo que parecimos dar un lustrabotas turco, que me lustraba los zapatos en una galería comercial Berlín, y yo, rodeados de un público de todas las edades que miraba asombrado e incrédulo la lustrada, inaudita en un país desarrollado. Aquí en Madrid sólo en la Gran Vía se puede encontrar tres o cuatro lustradores de zapatos que nos eviten ese trabajo. Pero, señores y señoras, tengo el orgullo -bueno, es un decir- de afirmar que en ninguna parte se lustra los zapatos mejor, y más barato claro, que en Lima, Perú. Desde aquel casi mítico local del centro que, si no me equivoco, se llama o llamaba, Los Magos (¿o Los Reyes?) del Trapo, ubicado en el Jr. Carabaya, hasta cualquier otro puesto de Lince (aquel en la esquina de Domingo Cueto con Arenales) o Miraflores, la gente se gana el pan con gran habilidad y destreza. Lástima que el oficio no se encuentre comprendido en la oferta exportable peruana, porque allí sí que no tendríamos competencia.

    Si Biondi, el célebre cómico argentino, viviera y hubiese visto el resultado de las elecciones argentinas, hubiera repetido su famosa frase: ¡Que suerte para la desgracia!. Luego del inaudito y endeble primer lugar de Menem en la primera vuelta, hasta su renuncia a participar en la segunda, haciendo salir electo presidente de la república argentina a Néstor Kirchner con un mínimo vergonzoso de votos, la verdad es que qué suerte que tiene ese alguna vez gran país para la desgracia. Primero: que la disputa principal haya sido entre dos peronistas es algo que considero vergonzoso, porque evidentemente no se trata de una batalla ideológica sino de dos formas distintas, pero sin duda similares, de asaltar al estado. Dos maneras de dispendiar, de llevar para la granja. Ahora que está a punto de tomar el poder, ojalá que la cara de papanatas de Kirchner sea sólo una apariencia. En cambio la de Menem no daba lugar a dudas ni a especulaciones.

    Desde que Hemingway la escribiera, la frase "Paris es una fiesta" ha sido repetida innumerables veces, tanto dedicada a la hermosísima capital de Francia, como a todo otro lugar o ciudad que se haga merecedora a ella. La semana que pasó, Madrid fue también una fiesta. Y de verdad, porque el pasado 15 fue el día de San Isidro, patrono de la ciudad, que se celebra aquí a lo grande. Toda la ciudad festeja a San Isidro, y es habitual ver por las calles a chicas jóvenes o señoras mayores vestidas de manolas, aparte de que hay fiestas en todos los barrios, corridas de toros de gran caché y espectáculos musicales por doquier. La Plaza Mayor suele ser el lugar preferido de nacionales y turistas. Por de pronto, el sábado en la noche estuvimos allí para escuchar a distintos grupos musicales tocando y bailando el chotis o danzas flamencas, y hasta jazz, y el domingo participamos del 16º Cocido Madrileño que la Comunidad de Madrid ofrece a quienes lo deseen. Participamos miles de miles de personas haciendo ordenadas colas para recibir un plato de caliente cocido (un guisado de garbanzos con zanahoria, col, jamón o chorizo), servido en platos descartables desde grandes pailas de rancho militar por miembros del ejército. Parecía una porciúncula limeña. Fue un gran fin de esta festejada y celebrada fiesta popular de San Isidro.


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