Edición Nº 1770


 

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    30 de abril de 2003

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Ay, Buscando Libros

     

    AY hija, no sabes el Perú que tenemos, no sabes; resulta que ahora ELLOS se meten hasta en nuestro mundo académico y NOSOTROS tenemos que seguir viviendo. No, si esto ya se está pareciendo a la Revolución Francesa, sólo que nuestra plebe usa zapatos Calimod y habla con verbos inventados, te puedes morir.

    Mira me llama de París mi adorado amigo Stephan de la Fressange, "debo dominar la asfixia de vivir, necesito leer a José de la Riva Agüero en francés y en edición original, ayúdame a no morir". Pucha, como yo conozco a mi amigo y sé que cuando pierde demasiado aire, de verdad se puede suicidar, o sea, puse de inmediato manos a la obra y comencé a buscar por aquí y por allá algún coleccionista de libros que estuviera dispuesto a venderme lo que mi cher ami me estaba reclamando.

    Hija, fui donde los de siempre y nada, hasta que un día la Jessikah's Jesseniah's me dice, "señorita China, ¿no hay un congresista Valdez que tiene su colección de libros de un millón de dólares? Búsquelo para que le mande su libro a su amigo maricón y ya no la joda más". Hija, lloré, lloré lágrimas amargas y a la vez dulces al comprobar que una de las maravillas de la modernidad es que, ay no sé, o sea, por ejemplo mi muchacha, pucha, pueda estar al tanto del devenir académico en nuestro país, te juro que lloré. "Para qué hablaste, ahora tú me consigues el teléfono de ese señor". Y claro, como ellos tienen sus redes de interconexión antropológica, igualito que en la época del Taqui Oncoy, pucha, mediante la prima que es amiga del enamorado de la entenada, a los diez minutos ya tenía el teléfono, el celular y los E-mail de ese señor, de quien hasta ese momento no sabía nada pero por su apellido parecía interesante; con decirte que hasta hubo una Valdez en mi clase y aunque comía con la boca abierta en el recreo, pucha, tan mal tampoco estaba la chica.

    Hija, coordinamos día y hora (y te digo, ya por teléfono se me había aguado un poco el pastel, porque le descubrí al tal Valdez una voz así como de vendedor de frazadas que llega a alcalde en cuenca ribereña, que me hizo ponerme en guardia). Ay, te puedes morir. El tipejo ese vive en un edificio de vidrios templados y olereles samborjinos de ésos que a mí de inmediato me dan cistitis. Con decirte que en la recepción, junto al ascensor, hay una reproducción de los niños comiendo sandías de Murillo, firmada por un tal Procopio Valdez, y según me contó el portero, o sea, es sobrino del congresista y todos los vecinos la tuvieron que comprar en doscientos mil soles, "¿no ves que es traído del museo de La Ubre, señorita?"

    Hija, con semejante antecedente subí y bueno, lo que me tocó ver se le escapó al Dante como la paloma al mejor cazador, no sabes. En la sala -muebles Danny rosado chicle, ositos de peluche sobre los sillones, alfombra persa pero de Gamarra, más cuadros del museo de La Ubre en las paredes esponjadas lila con cholo pink- ahí, en esa especie de burdel posmoderno, me encuentro ni más ni menos que con los cuatro cabrones zopilotes que han acusado a mi Jóse de haberse levantado no sé qué huevada de plata, por culpa de lo cual no lo veo desde hace una semana y tú sabes que cuando a mí en ese aspecto me va mal, qué quieres que te diga, el resto es el silencio.

    Cuando me di cuenta rápidamente de la situación, de inmediato me hice la argentina coleccionista de libros que no sabe nada de la realidad peruana. El resortes ese del Valdez me hizo sentar en su comedor ante una ruma de Selecciones empastadas y me dijo, "busca nomás mamita lo que quieras comprar, que yo estoy aquí trabajando". Hija, yo a ese punto ya no sabía si escuchar la conversación de los hediondos esos o seguir enganchada con la decoración, que para mí es un indicador moral de la gente más importante que sus palabras, y si no, pucha, que te cuenten cómo está adornada la casa de Pachi y la Carrot, dicen que hay un Pachacútec calato en la pared con la cara del cholo, y que al pintor le exigieron que le haga el pirulín diez centímetros más grande que el original, ¿te puedes imaginar?

    Bueno, si te hago un resumen de lo que escuché hablar al borsifláis ese del Valdez, a Mufarech, a Juro por Dios y por La Patria y a otro musulungo que yo no lo aceptaría pero ni de limpiador de piscinas, qué quieres que te diga, o sea, me sale acá un legajo anticorrupción. Sólo te quiero contar que el juego de comedor tenía en marquetería de Villa El Salvador, el escudo de Pucallpa al centro de la mesa y eso, cómo te explico, es para la ciudadanía decente un motivo para pedir la revocatoria de los cuatro, ¿no te parece? Chau, chau. (Rafo León).

     


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