Edición Nº 1751


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    12 de diciembre de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    ¡Mis Pastiiiiiillas!

    OYE, ¿qué está pasando en este país, hija, que una ya ni puede hacer la cosita sin que se meta el gobierno? Pero es que es de locos. Mira, el otro día me di cuenta de que se me habían acabado las pastillas, ¿ya?...¡las pastillas, pues, las pastillas, las anticonceptivas, esas que tomas para que el pobre Gino no tenga que estar pujando para embutirse en una bolsita de jebe que el pobre cada vez que las ve se pone a cantar el Sapo Verde y no hay Cristo que lo haga entender la realidad del momento!

    Bueno, como tú sabes, o sea, yo jamás compro esas medicinas acá porque con tanta informalidad, pucha, fácil te venden un Clorotrimetón como si fuera un Eugynon y claro, al mes no tienes una sola alergia pero debes empezar a pensar en el nombre de la criatura. Pero hija, me había olvidado de comprar en NY la semana pasada y simplemente se me acabaron, así que en esos casos no queda más remedio que recurrir al país de origen. Pucha, consulté con mi mejor asesora de emergencias, la Jessikah's Jesseniah's y me contestó: "Llame al delivery de la botica, a mí me traen hasta pasta de dientes cuando se me acaba", y se alejó cantando el Aserejé.

    Bueno, marqué, hice mi pedido y una señorita de lo más engrupida me dijo que en veinticinco minutos llegaba el joven pero que lo esperara con el vuelto en la mano. Ya me tenías a mí, pucha, sentada en mi sillón Voltaire, con un billete de veinte soles en una mano esperando a que el joven de la botica venga en su moto a traerme las pastillas de las que dependía en ese momento el bienestar de las Fuerzas Policiales, no sé si me entiendes.

    A los veinticinco minutos exactamente llegó un joven retacón, con cara de Santo Domingo Savio al día siguiente de su primera polución nocturna, camisa cerrada hasta el último botón, anteojo de monaguillo y ya, pues, le di su billete. Pero no, hija, el caballero no tuvo mejor idea que sentarse en mi sala, cruzar la pierna y comenzar: "No le he traído exactamente el medicamento que usted pidió sino uno alternativo que da mejores resultados".

    Yo, hija, que miraba la hora como el conejo blanco de Alice in Wonderland -porque si llegaba Bebecrece y me encontraba en semejante situación, pucha, le iba a dar una chiripioca que no se la curaban ni Karina y Timoteo en persona- de lo puro educada me puse a escucharlo. "Si usted no está unida por la Iglesia, el mejor medicamento consiste en que se ponga su pijama, rece un rosario y se duerma mirando el Canal 32. Pero si usted está casada por Dios, entonces el remedio que le traigo es el que Él manda: cuente los días a partir de su última regla. Si le da par, multiplique el número por cuatro y divídalo entre seis. Puede usar una calculadora si le da más seguridad. Cuando tenga el resultado, sáquese una muestra de flujo vaginal y póngala entre el dedo índice y el pulgar, estirándola lo más que pueda. Si al romperse la muestra queda viscosa y temblando en su dedo inferior, significa que ese día puede cumplir sus deberes como esposa y mujer, pero recordando siempre que mejor es evitar gozarlo porque a Nuestro Señor eso no le agrada mucho..."

    Hija, qué quieres que te diga, mientras yo escuchaba lo que el joven me iba diciendo sobre las cuentas, pucha, llegué a la conclusión de que estaba en día difícil y bueno, pero de sólo imaginarme que iba a tener que pasar por todo ese otro trance de la viscosidad en el dedo gordo, con el pobre bebuchón allá afuera esperando para que le dé su papa, cómo te explico, sólo se me ocurrió preguntarle al delivery: "¿Dónde mierda están mis pastillas?"

    Bueno, ya después, más serena, comencé a interrogarlo y resulta que el Ministerio de Salud se ha puesto buenííííííísimo con las familias peruanas y ha decidido que sólo se puede tirar según el ánimo del Sodalitium, para lo cual, pucha, ha capacitado a todas las farmacias para que su personal haga lo que ese pobre zampatortas estaba haciendo conmigo, dime si son.

    En fin, comprenderás que a estas alturas de la vida nadie va a venir a decirme a mí qué debo hacer con mi tafanario, que bastante criterio he desarrollado con el tiempo, de modo que el problema no soy yo sino, como siempre, los pobres. Porque hija, yo adooooro a los pobres, son la reserva moral de mi país, pero no por eso tienen que ser tantos, ¿no crees? Pero qué puedes esperar de un gobierno, hija, que tiene un ministro (no te voy a decir quién es) más feo que Drácula con erisipela y dicen que cuando llegó el SIDA al Perú el hombre vivía tan aterrado...¡que se bañaba en la piscina del Regatas con su condón puesto! (Te juro que es verdad) Lindo, ¿no? Chau, chau. (Rafo León).


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